Un panorama actual de la educación en Argentina

La tecnología y la velocidad de las imágenes parecen atentar contra la reflexión. Los jóvenes, el sector más vulnerable frente a un mercado laboral cada vez más exigente.

imagesPor el doctor Guillermo R. Tamarit, rector de la UNNOBA

El contexto en que se desarrolla la actividad educativa en nuestro país reconoce tensiones externas e internas.

Tensiones externas

Las rupturas de la postmodernidad, aunque parecen lejanas, impactan en buena parte de nuestra juventud. A ella se le plantea un escenario de incertidumbre y, sin embargo, se ha revalorizado a la educación y a la cultura como herramientas idóneas para enfrentar el futuro.

Para ello, la democratización del acceso al conocimiento, la prevalencia de los valores de una sociedad democrática que ofrezca lugar para las visiones y opciones de vida en la construcción del futuro colectivo, cobran un valor social determinante.

Los jóvenes son el sector etáreo que más sufre la falta de certezas y hacia quienes van dirigidos los modelos sociales que promueve la internacionalización. Se enfatiza su rol de consumidores, presentado como un modo de vida y llevado al paroxismo, desarrollando la pulsión de vivir a puro presente.

Ante esto, la educación debe apelar a todas las herramientas a su alcance para vencer la instantaneidad, resaltar los valores de la reflexión y de la creación.

Como sostiene Vicente Verdú: “La imagen ha ganado mucho terreno a la imaginación. La emoción ha robado prestigio a la reflexión. Lo instantáneo, el suceso puro, vence al proceso y a la reflexión, prevalece la cultura de la imagen que apela a la emoción, en un mundo instantáneo de sucesos puros”.

En la medida en que el mundo de la tecnología y de las imágenes avanza, pasamos de ser protagonistas a convertirnos en simples espectadores. En este marco, apostar por la reflexión, la comprensión, el desarrollo de pensamiento crítico, la creatividad y el esfuerzo por saber (todas actividades no valoradas en la actualidad) le permite a la educación recuperar su carácter contracultural.

Debemos ser capaces de emparentar a la tecnología, tan afín a las nuevas generaciones, con la creatividad. Dar lugar a la posibilidad de generar pensamiento crítico original y desarrollar la imaginación, para promover la autonomía de las personas y su compromiso social.

Frente a la tentación de la satisfacción instantánea de la velocidad, debemos oponer la complejidad de los fundamentos, el espacio de la reflexión y la revalorización de la educación como herramienta de emancipación individual y social.

Tensiones internas

El proceso democratizador iniciado en 1983 suponía, como lo planteaba el Presidente Raúl Alfonsín, que con la democracia “se come, se cura y se educa”. Mientras que las cuestiones que refieren al ingreso y a la salud han sufrido diferentes vaivenes a lo largo de nuestra historia, la memoria colectiva de nuestra sociedad registra a la experiencia educativa argentina como un proceso virtuoso que efectivamente ha favorecido la movilidad social ascendente, la integración de distintos sectores sociales, una oferta razonable de recursos humanos idóneos para el desarrollo de los procesos productivos, así como las competencias necesarias para cubrir los distintos niveles del desarrollo social. Es más difícil encontrar, en las últimas décadas, un testimonio popular similar en relación a la calidad de nuestra educación.

Al mismo tiempo, existen coincidencias en relación a la situación del sistema educativo actual, caracterizado por su fragmentación (diferenciado por condiciones sociales y geográficas), problemas de gestión, bajos niveles de escolaridad y retención en amplios sectores sociales, todo lo que determina su deficiente calidad y las fuertes inequidades.

También se han producido avances, aunque éstos no son debidamente valorados por la comunidad. Los contenidos en torno a la democracia, los derechos humanos y la defensa del medio ambiente se han incorporado en la currícula de todos los niveles, así como se ha mejorado la escolarización, entendida como la cantidad de alumnos en instituciones educativas. Sin embargo, esto no ha tenido su correlato en términos de educación, porque escolarización y educación no son ni implican lo mismo.

Entre las tensiones internas debemos consignar el desarrollo de sectores de pobreza estructural en nuestro país, desde la década de 1970 en adelante. Esta novedad ha generado un nuevo conjunto de estrategias sociales por parte de estos sectores que impacta en las posibilidades de la educación al momento de llevar adelante su tarea.

La persistencia de la pobreza genera una nueva relación con la ley y con el Estado, por lo que es indispensable restituir la autoridad estatal. Cuando la pobreza se naturaliza, cambia su condición de excepción para convertirse en regla y se presenta como un testimonio indisimulable de la desigualdad, lo que legitima las herramientas de protesta de amplios sectores sociales y modela el conflicto social.

De esta manera, asistimos a la reproducción intergeneracional de la pobreza por desigualdades sociales, por bajos ingresos económicos, por la falta de acceso a bienes culturales, por condiciones no funcionales de estructuras familiares y por diferencias regionales. En casos, por todo esto junto.

Debemos retomar la cultura del trabajo y de la educación, la que ha retrocedido para un ejército de jóvenes desalentados, a quienes denominamos “Nini”* y hoy tienen serias dificultades para insertarse en la sociedad (y tendrán más problemas a futuro).

La mayoría de ellos ha perdido, en el período de formación educativa, entre 80 y 160 días de clases nominales y ha quedado muy lejos de obtener capacidades laborales en su trayecto primario y medio. En consecuencia, nos encontramos con un fuerte desajuste entre las competencias y las exigencias del mercado laboral.

Si el sistema público no ofrece respuestas en el corto plazo se acentuará la tendencia de migración hacia el sistema privado. Las familias llevan adelante distintas estrategias para enfrentar la problemática, desde pasarse a la gestión privada, hasta reemplazar a la escuela por formas personalizadas de educación. La gente toma decisiones, no espera.

El sistema de formación pública debe liderar el proceso educativo, sin dejar lugar a duda alguna. Mientras que en la memoria de los argentinos existe un sistema educativo de calidad, no tenemos en la actualidad un testimonio popular de esta situación. Por eso, debemos construirla.

Los temas son los de siempre: socialización, certificación de estudios, competencias, dimensiones educación formal y no formal, rendición de cuentas del sistema y desarrollo de la vocación docente a partir de la profesionalización.

En definitiva, mayor calidad de personas educadas y de calidad educativa para el desarrollo de una sociedad armónica.

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* “Nini” hace referencia a los jóvenes que ni trabajan ni estudian.