Salud y enfermedad en la Buenos Aires del siglo XIX

“Era un mundo muy distinto al nuestro”, señala el historiador Pablo Cowen. En las ciudades del pasado, como Buenos Aires, el agua, el baño o la basura ocupaban otro lugar, ya que “la higiene no era una preocupación de primer orden”. El rol del movimiento higienista en los cambios culturales.

Acciones cotidianas como sacar la basura, bañarse, o ir al baño, pueden parecer simples y hasta naturales. Sin embargo el abordaje histórico muestra cómo, para llegar a contar con servicios básicos, se ha tenido que lidiar con problemas sociales serios como las epidemias, desterrar mitos como que bañarse es malo, o hacer grandes esfuerzos gubernamentales para contar con agua limpia.

“El baño, tal cual lo entendemos hoy, no era una preocupación para la comunidad médica. Incluso se suponía que si una persona se tiraba agua para limpiarse muy asiduamente podía perjudicar su salud”, explica el investigador Pablo Cowen. El pasaje hacia un pensamiento científico, que permitiera contar con prácticas saludables y comprender el origen de la enfermedad en las ciudades, se desarrolló en un seminario dictado en el marco del Doctorado en Historia que se dictó en la UNNOBA. Específicamente, el docente Pablo Cowen abordó “los problemas del ciclo vital en la ciudad de Buenos Aires en los siglos XIX y XX”.

Cowen es doctor en Historia y dirige el programa de Estudio de las Formaciones Familiares en la Universidad Nacional de La Plata. Ha publicado diversos artículos y libros sobre la infancia y los modos en que fue concebida en la historia. En la actualidad dirige un proyecto sobre formaciones familiares en el Río de La Plata.

-¿De qué se enfermaban las personas en el siglo XIX?

-Podríamos decir que la gente se enfermaba de las mismas patologías que hoy nos siguen afectando, salvo excepciones como la viruela. Tanto en el siglo XIX como en la actualidad la posición social de una persona o las posibilidades que tenía para recibir atención médica se muestran como condicionantes en relación con el tratamiento frente a un problema de salud. Lo que ha cambiado es esencialmente el propio concepto de salud y, por tanto, el de enfermedad.

-¿Cómo se diagnosticaban las enfermedades?

-De una manera muy general, se podría dividir el siglo XIX en distintas etapas considerando la visión que desde la medicina occidental se tenía sobre los orígenes de las enfermedades. En la primera etapa prevalece el paradigma miasmático, que buscaba la causa de la enfermedad a partir de los olores. De ahí la importancia del perfume y el incienso. No se tenía en cuenta lo que hoy podríamos llamar los “microorganismos patógenos”. Esto comienza a tener vigencia, estimativamente, recién en las últimas décadas del siglo XIX.

-Es decir que, con aquel paradigma, el olor era tanto signo como remedio para la enfermedad.

-Sí. Se podría decir que los aromas se empleaban en un doble sentido: servían como diagnóstico, pero también como terapia. Esto no tenía ninguna base científica, pero tuvo un gran impacto social. A partir de 1870 se inicia una nueva etapa: un grupo de médicos que adherían a la ideología higienista ponen en duda todas estas creencias. Son fundamentales los trabajos de [Louis] Pasteur y [Joseph] Lister, ya que son los primeros que comprueban que existe una relación directa entre un microorganismo y una patología. Ahí entramos en lo que se conoce como paradigma microbiano, que va a cambiar la manera en que la medicina y la sociedad conciben la enfermedad.

-En relación a los aromas, existe una corriente dentro de la Historia que intenta imaginar cómo eran las sociedades del pasado a partir de los órganos sensoriales. En esa línea, ¿se puede pensar cómo era Buenos Aires en el siglo XIX a partir de los aromas que predominaban?

-Pensemos que en esas sociedades preindustriales había olores que para nosotros hoy serían insoportables. En Europa, los nobles no se bañaban, los burgueses tampoco y los pobres menos. En particular en Buenos Aires, el baño, tal cual lo entendemos hoy, no era una preocupación para la comunidad médica. Incluso se suponía que si una persona se tiraba agua para limpiarse muy asiduamente podía perjudicar su salud. Pensemos en los olores que eso provocaba: un conjunto de personas que no se bañaban, no en días, sino en meses, años. Esto se veía agravado por el hacinamiento y la ausencia total de saneamiento que había a fines del XVIII: podemos encontrar diez personas sin bañarse compartiendo una pequeña habitación. Además al no contar con un sistema de aprovisionamiento de agua potable y de evacuación de material orgánico, sin recolección de residuos y de manejo de los cuerpos de las personas fallecidas, la situación era, de acuerdo a criterios actuales, insoportable. Incluso los contemporáneos no dejaban de manifestar las incomodidades y penurias que debían padecer. Los desperdicios y la podredumbre que originaban estaban en continuo contacto con las personas. La fetidez, tanto en las casas como en la calle, era notable.

-¿Cuándo se inicia la práctica de bañarse a diario?

-Aproximadamente desde fines del siglo XIX. Tenemos testimonios de la segunda mitad del siglo XIX en los que se narra el llenado de una tina y, con la misma agua, se bañaba toda la familia. Pensemos lo que sería agua con el último integrante de la familia que, en general, era el más chiquito. Esto nos permite reflexionar acerca de las graves consecuencias para la salud. Debemos considerar las extremas dificultades que existían en ciudades como Buenos Aires para procurarse agua no contaminada, de ahí la gravedad de las enfermedades gastrointestinales o las parasitosis que afectaron a innumerables porteños durante décadas.

-¿Cómo eran las dimensiones de Buenos Aires en aquel momento?

-Buenos Aires era una población particularmente pequeña en comparación con capitales virreinales como México o Lima. Hacia fines del siglo XVIII había unas pocas cuadras en torno al Fuerte y las plazas. Luego, un sector periurbano y quintas. El campo estaba ahí nomás. Esta situación comenzó a ser distinta en la segunda mitad del siglo XIX. Pero recordemos que en la revolución de 1880 el presidente Nicolás Avellaneda se retiró a Belgrano para estar seguro y Palermo era, a principios del siglo XX, “un arrabal donde no se aventuraban las personas decentes”.

-¿Existieron hambrunas en Buenos Aires que pudieron haber impactado en la salud de los pobladores?

-Salvo en la primera fundación, en Buenos Aires nunca hubo hambrunas. Pero esto ocasionaba otros problemas. Como sobraba la comida, ésta se tiraba a la calle. Ratas, perros cimarrones, chanchos, todo tipo de animales que terminaban consumiendo las sobras. Estamos hablando de un mundo muy distinto al nuestro, en el que la higiene no era una preocupación de primer orden y donde el peligro acechaba. Hay testimonios de personas que tuvieron que pasar dos días arriba de un árbol porque los perros se los querían comer, o sobre un bebé destrozado, comido por un cerdo. O viajeros ingleses que se quejaban de la insoportable cantidad de pulgas que no los dejaban vivir en paz.

-¿El porteño pobre estaba mejor alimentado, en aquel momento, que el europeo pobre?

-Aquí, como en ciudades de América del Norte, el pobre podía consumir asiduamente proteínas de calidad, como carne de vaca. Sin embargo, existían otros factores que contrarrestaban esa ventaja. Uno de ellos era el agua, la cual se consumía contaminada. El agua se sacaba del río y, como todo río de llanura, que es lento, arrastra material orgánico que contamina. A esto se le sumaban otro tipo de prácticas, como la de no lavarse y comer con las manos, sin emplear utensilios. En otros lugares el problema del agua potable se solucionó antes, por lo menos en sectores de alta concentración poblacional, pero en Buenos Aires fue muy tardío. Recién en la década de 1870 se empieza a gestar la red de agua potable. ¿Cuál era el problema? Que Buenos Aires tenía 200 mil habitantes. Era una “bomba de tiempo” que no tardó en detonar.

-Una de las enfermedades más conocidas que afectaron a la sociedad porteña en esa época fue la fiebre amarilla, en 1871. ¿Qué ocurrió?

-Es lo que los demógrafos denominan “episodios catastróficos” porque mueren miles en pocos meses, sin tener conocimiento certero de cómo la enfermedad se producía. Los servicios de salud se vieron colapsados. Las personas de sectores acomodados se fueron de la ciudad. Los acontecimientos muestran una sociedad que se estaba descomponiendo y fueron los propios habitantes los que se organizaron en comités para enfrentar la situación. Una persona muy destacada en ese momento fue Roque Pérez, quien organizó la atención a los enfermos y termina muriendo de fiebre amarilla. La cantidad de muertos fue tan impresionante que tuvieron que abrir el cementerio de Chacarita.

-Otra de las enfermedades importantes durante 1800 fue la viruela.

-Fue una de las enfermedades más temidas, porque no discriminaba entre sectores sociales: hubo epidemias que barrieron con poblaciones enteras. Si alguien sobrevivía, quedaba con secuelas de la enfermedad muy visibles: como esos rostros desfigurados que tanta impresión causaban entre los contemporáneos. Mariano Moreno sufrió particularmente la situación.

-¿La vacuna de la viruela fue la primera de la historia?

-Claro, la viruela fue la primera gran enfermedad que el ser humano logró vencer. Si bien los orígenes de las prácticas de la inoculación son todavía hoy discutibles, es indudable la importancia que tuvo [Edward] Jenner y su prédica. Este médico rural fue quien advirtió que las ordeñadoras que tenían contacto con vacas enfermas de cow-pox, también conocida como ¨viruela de las vacas¨, no se enfermaban de viruela humana. De esa manera, a partir de este fluido que ocasionaba la infección con cow-pox es que se crea la vacuna.

-¿Qué ocurrió en Buenos Aires?

-La vacunación fue una de las pocas medidas que se perpetuó como política de Estado, sin interrupciones. Siempre hubo un administrador de la vacuna, había vacunatorios barriales y en las poblaciones de la campaña se designaban responsables de la inoculación. Ya para los últimos años del siglo XIX la viruela no era un tema importante. Tuvieron un rol destacado en su combate a nivel local Javier Muñiz, Saturnino Segurola, Justo Mesa, Emilio Coni y muchos profesionales que actuaban en los pueblos de la provincia.

-Otra de las enfermedades que causaron problemas en el siglo XIX fue la tuberculosis.

-Es una enfermedad muy antigua, cuya eclosión se ve favorecida por ciertas condiciones de vida. En Buenos Aires tuvo una particular incidencia desde fines del siglo XVIII y hasta fines del XIX. Los fármacos eficaces se empiezan a administrar recién a principios del XX.

-¿En ese retroceso influyeron las acciones llevadas adelante por los integrantes del movimiento higienista?

-Sin dudas. El higienismo tenía una obsesión: desinfectar, limpiar. Las superficies debían ser lisas y blancas. Querían terminar con ambientes recargados en su decoración, facilitadores de la proliferación de microorganismos. Todo tenía que ser limpio, simple y claro. Se le daba mucha importancia al aire que debía correr en los ambientes de la casa. Arquitectos higienistas empezaron a diseñar hospitales aireados y escuelas luminosas. La idea era que la limpieza llevaba a la salud, y la suciedad a la enfermedad. Sin embargo, este grupo debió emprender una lucha sustantiva contra pautas culturales anteriores.

-Entonces, a medida que avanza el conocimiento, creencias anteriores siguen conviviendo con las actuales.

-Seguramente se recuerda que a mediados del siglo XX hubo una epidemia de polio en Argentina. En ese momento, las mamás solían poner una bolsita de alcanfor en el cuello de sus niños porque sostenían que de esa manera prevenían el contagio. Eso no tiene ninguna solidez científica, pero la creencia de que el olor podía prevenir o curar la enfermedad, ¿de dónde provenía? Se trata de costumbres que perduran en el tiempo. En la historia, hay tanto cambio como permanencia. El higienismo se impone socialmente en el marco de un proceso de modernización, pero convive con ciertos saberes populares, creencias.

-Podría reconocer que, con el movimiento higienista, el Estado se mostró preocupado de una manera destacable y, por primera vez, por la salud de toda la población. ¿Por qué, entonces, ha sido tan criticada esta corriente?

-Este movimiento también toma conceptos de un período anterior. Ese cuerpo que está enfermo y que potencialmente puede contagiar, lo tengo que aislar y controlar. Entonces aparece el sanatorio para tuberculosos, para sifilíticos… Además, el higienismo aporta otra novedad: comienza a hablar de la miseria social y de ciertas enfermedades sociales, distintas a las físicas. Por ejemplo, un anarquista que piensa en contra del orden establecido también tiene una patología, entonces, lo tengo que aislar. Además, el higienismo sectorizaba desde el punto de vista arquitectónico cada problema. Recuerdo un asilo en Buenos Aires que tenía un “patio de las idiotas”. El higienismo, como un movimiento propio de la modernidad, está preocupado por etiquetar, clasificar, mensurar. Tiene todo un aspecto positivo, pero también tiene un aspecto particularmente represivo.