Memoria, verdad, justicia y unidad

El funcionamiento de la democracia debe profundizarse en las prácticas cotidianas. En esa línea, resulta vital alentar diálogo social para resolver conflictos.

Por el rector Guillermo Tamarit

Cada 24 de marzo tenemos la oportunidad de ratificar la voluntad de los argentinos de construir una democracia sobre la base de valores compartidos.

El Presidente Raúl Alfonsín planteó en los albores de la democracia la imposibilidad de construir la república sobre la base de una claudicación ética. Allí se inició el camino con tres iniciativas muy claras: primero, la anulación de la ley de autoamnistía con la que el gobierno de la dictadura pretendía cerrar la investigación sobre las violaciones a los derechos humanos; segundo, la creación de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP) para saber realmente lo que había sucedido; y por último, el impulso a los juicios de la Juntas Militares para hacer justicia con los responsables que habían gobernado y generado un verdadero baño de sangre en el país. Todas estas acciones han marcado un camino compartido por la mayoría de sociedad argentina.

Si bien hubieron retrocesos, como las leyes de obediencia debida y punto final, los indultos otorgados por el presidente Menem, o la designación como Jefe del Ejército de un represor procesado, todo ello no puede hacernos perder de vista el consenso mayoritario en la sociedad argentina en el juzgamiento de los responsables de un genocidio único en nuestro país y en el compromiso de que no se repita nunca más.
En este sentido, todas las instituciones educativas de la república tenemos la responsabilidad y, en estas fechas en particular, de recordar y repasar los sucesos del pasado que no se deben repetir, y realizar conmemoraciones históricas que traigan al presente los hechos más repudiables. Además, desde nuestras prácticas cotidianas debemos profundizar el funcionamiento de nuestra democracia, alentando el diálogo social para resolver los conflictos, promoviendo el mejoramiento de la justicia y el desarrollo económico y humano para terminar con la pobreza.

Las nuevas generaciones nos exigen no solo memoria, verdad y justicia, sino también la unidad de los sectores democráticos y populares en pos de avanzar en estas políticas. Cuando pretendemos dirimir el presente sobre la base de disputar las visiones del pasado, dejamos de lado a nuestros jóvenes y a su futuro, quienes deben constituir nuestra verdadera preocupación.

Hoy estamos en una etapa de disputas y demandas sectoriales, la mayoría legítimas pero contradictorias entre sí: para que un sector se beneficie, otro tiene que perder, y ambos están al borde de la subsistencia. Estamos en el camino equivocado y no es la lucha para imponerse sobre el otro el camino correcto.

La confrontación permanente ha sido la marca en gran parte de nuestro proceso democrático desde 1983, la cual no nos ha permitido grandes avances. Entonces, como otras naciones lo han hecho, es importante incorporar a la democracia la dimensión de los acuerdos y consensos que nos permita dar un salto cualitativo en temas como la educación y la producción, en los que desde hace años sólo hemos tenido retrocesos.

Esta fecha histórica, entonces, debe permitirnos reflexionar para mantener viva la memoria, no sólo de las consecuencias de perder la democracia, sino además de mejorarla cada día con nuestros comportamientos y actitudes.