Internet de las cosas

Artefactos que se conectan por red y toman decisiones. Ciudades y gobiernos que mediante análisis de datos masivos enfocan sus políticas hacia el rumbo de los usos, costumbres o necesidades de los ciudadanos. Una nueva era que se abre debido a la hiperconexión en la vida cotidiana. ¿Hay nuevos peligros?

Parece que ha llegado la época en la que todo es inteligente. Desde el automóvil hasta la impresora, del celular al avión no tripulado. Nos rodean objetos smart. Uno de los pioneros de la informática, Alan Turing, decía que el comportamiento inteligente en la informática se lograría al no distinguir los desempeños del humano o de la máquina, el famoso test de Turing.

Pero, en rigor, la etiqueta smart alude a otra cualidad no tan ambiciosa, pero que de todos modos impacta de lleno en la sociedad actual: “Todos estos dispositivos que llevan la palabra smart son artefactos que pueden conversar máquina a máquina o que pueden ser direccionados desde la web a través de su identidad virtual. Eso es Smart, la posibilidad de conectarse en red”. Esta explicación la brinda el prosecretario de TICs de la Universidad, Hugo Ramón.

“Lo que existe actualmente es mucha interacción, no sólo cibernética sino también física. Así se potencia la creación de objetos autónomos, como automóviles, barcos o aviones, ya que se permite la conversación entre los dispositivos”, agrega.

“Internet de las cosas” implica también una nueva manera de desarrollar software que tiende a un universo más complejo de la informática, los denominados cyber-physical system (CPS). “Este enfoque de los sistemas permite hablar de smart city”, ejemplifica Ramón. En esta perspectiva, los sistemas se abastecen de múltiples fuentes informativas, entre ellas “internet de las cosas”. “Se trata de manejar mucho volumen de información, que proviene de diferentes tipos de dispositivos. Mediante la minería de datos se pueden tomar decisiones”. De esta manera, estos objetos interconectados entre sí y con centros de decisiones tienen un impacto mayor que el simple acceso a una cámara o a un regador automático.

-¿Se trata de poder pensar o decidir en base a la recolección de información, el famoso big data?

-Exacto. Todo ese cúmulo de información puede ser procesado mediante algoritmos que permiten saber qué dicen esos datos. Sobre todo se tiende al smart government, hacia tomar decisiones de gobierno basadas en esos análisis. Por ejemplo, un departamento de bomberos necesita que alguien llame por teléfono. En cambio, si estuviéramos en una ciudad inteligente habría sensores que estarían determinando la actividad de incendio y que de modo autónomo avisan; incluso la misma autobomba puede ir generando presión de agua con anticipación, y la bomba que está más cerca del incendio podría estar cargada y disponible. Se pueden tomar decisiones de control por fuera de la decisión humana y que se realicen solas. No dejan de ser dispositivos que se comunican en red para tomar decisiones básicas, por ahora.

-¿Cómo se traslada el tema al hogar ahora que vienen lavarropas o heladeras con wifi?

-¿Qué significa ese wifi? Que el aparato tiene posibilidad de conectividad y de participar en una red que le permita tomar decisiones o proveer información para producir una decisión, por ejemplo “hay que comprar alimentos de tal tipo”.

-¿Cuáles son los riesgos que corre la sociedad frente a desarrollos como estos? Parecería que son temas que hasta escapan a los propios gobiernos.

-Es el famoso Gran Hermano. Si vos estás con tu celular, Google sabe dónde estás, incluso te va pidiendo que subas las fotos de esos lugares. Por lo tanto, la privacidad es lo primero que se compromete. Google te dice “tu equipo va ganando 1 a 0”, pero ¿cómo sabe cuál es tu equipo?, simplemente es big data sobre todas las consultas y actividades que realizás en en internet. Pero no podemos hacer mucho para evitarlo.

-Sí se podría tener iniciativas concretas en el caso de la ciudad inteligente.

-En el concepto de smart city, por ejemplo, la idea es identificar al ciudadano para brindarle la mejor calidad de vida o los servicios de un modo inteligente, sin que la persona tenga que hacer colas o se encuentre con barreras administrativas permanentes. Pero para eso necesita poder identificarte de modo pleno.

Un ejemplo de ese tipo de usos podría provenir de modelos como la tarjeta de pago para transporte público SUBE, ya que desde un ministerio se podría saber qué recorridos son más demandados, qué frecuencias son las reales, y mejorar los servicios. Sin embargo también en este caso hay un riesgo: la posibilidad de seguimiento permanente y localización de la persona por parte de un ente de gobierno. Y si se generalizan tecnologías como la de los “dispositivos implantados en el cuerpo” el control podría ser total.

-¿Qué pasa con la utopía del software libre en este tipo de dispositivos? En general no se permite acceder al código fuente, es decir que se está retrocediendo en ese aspecto también.

-Podría ser software libre, pero eso no interesa, porque el problema no está ahí sino en el acceso a los datos que ese software genera, e incluso en el análisis posterior que se puede hacer del gran volumen de información.

La seguridad informática, entonces, se ha convertido en un tema sensible ahora que los dispositivos nos rodean. Hugo Ramón cuenta que empresas como Gardner, vanguardia en tecnología, plantean que “la seguridad física y lógica es un punto que necesita mucha investigación y apoyo todavía”, es decir que se reconoce ahí un punto crítico.

“¿Dónde están tus documentos ahora?”, se pregunta el funcionario de la Universidad. “En alguna nube, seguro, con Google Drive, Dropbox, o algún otro, eso significa que tus archivos, que dicen mucho de tu vida, están disponibles para cualquiera. Creo que la única seguridad actualmente es el volumen, buscar una aguja en el pajar”, asegura. Y finaliza con una sentencia: “Usar un artefacto o un software que hizo otra persona siempre implica un grado de fe, en términos de confianza”.