Accesibilidad digital, una cuestión de justicia social

Por Mariana Adó*

La educación virtual es la promesa de un acceso universal al conocimiento. Hoy, la migración masiva a plataformas digitales en la universidad revela una paradoja: en la búsqueda por democratizar las oportunidades de estudio, corremos el riesgo de no garantizar la igualdad de oportunidades para todas las personas, especialmente para aquellas con discapacidad. La accesibilidad en los entornos digitales no es un simple detalle técnico; es un tema central de justicia social. Afortunadamente, las mismas herramientas tecnológicas que pueden generar exclusión son, a su vez, la clave para construir soluciones inclusivas.

Las plataformas de e-learning, los recursos virtuales y las clases a distancia son la norma en los escenarios digitales universitarios. Si bien las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) han abierto grandes puertas, la falta de accesibilidad en estos entornos ha creado una brecha digital, generando inequidad y excluyendo a una minoría del acceso al conocimiento. Esta problemática se agudizó durante la pandemia 2020/2021 por COVID-19, cuando todas las personas dependimos de lo digital.

La inclusión es un mandato legal

Esta exigencia tiene una base legal sólida. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD) de Naciones Unidas (en 2006) exige a los Estados garantizar el acceso a la educación superior sin discriminación y en igualdad de condiciones. En Argentina, esta Convención tiene jerarquía constitucional desde 2014. Esto significa que es un deber de la universidad pública ofrecer una respuesta real y concreta a esta demanda.

Es por ello que organismos universitarios nacionales como la Red Interuniversitaria de Discapacidad (RID) y la Red Universitaria de Educación a Distancia (RUEDA), ambas pertenecientes al Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), han impulsado el fortalecimiento en las universidades de la accesibilidad física, académica y comunicacional, alineándose a guías metodológicas internacionales como el Proyecto ESVI-AL.

Tres claves para una educación digital para todas las personas

Para que una universidad sea realmente inclusiva, debe transformar su mirada:

1. Enfocarse en las barreras del entorno

El enfoque moderno de la discapacidad ya no la ve como un “problema individual” que debe ser “arreglado”. Hoy, entendemos que la discapacidad es el resultado de la interacción entre la persona y las barreras que pone el entorno (ya sean físicas, de comunicación o de actitud). Por lo tanto, si una plataforma virtual es inaccesible, es el entorno digital el que debe cambiar, no la persona.

2. Diseñar con flexibilidad desde el inicio

La Educación Inclusiva exige que el sistema educativo se adapte a la diversidad de todo el estudiantado. ¿Cómo se logra esto? A través del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA).

Enseñar para la diversidad no significa planificar una clase diferente para cada estudiante. Se trata de:

  • Diseñar el curso con suficiente flexibilidad en las actividades, los tiempos y los recursos.
  • Reconocer que todas las personas tienen diferentes maneras de aprender y motivaciones.
  • Asegurar que cada persona encuentre su propia puerta de entrada al conocimiento, lo que fomenta su autonomía.
  • Trabajar en equipos colaborativos, lo cual posibilita a todas las personas, incluyendo a aquellas con discapacidad, intercambiar opiniones y conocimientos desde un mismo nivel y con un lenguaje común.

3. Evaluar el proceso, no solo el resultado

  • La evaluación también debe ser inclusiva para todo el estudiantado. Para ello, utilizamos la evaluación formativa. Este método se enfoca en el proceso de construcción del conocimiento y no solo en la calificación final. Ofrece retroalimentación continua y adaptada para que cada docente pueda ajustar su enseñanza. Y en el contexto de la discapacidad, esto se complementa con la provisión y el diseño de los ajustes razonables y apoyos necesarios para garantizar una evaluación equitativa, adaptando las prácticas evaluativas para atender las necesidades específicas de cada persona con discapacidad.

La “hoja de ruta”: la guía ESVI-AL

Toda esta visión se concreta a través de la Guía Metodológica ESVI-AL.

Esta guía es la herramienta que permite a las universidades pasar de la teoría a un proyecto concreto y auditable. Esto se basa en la accesibilidad web, que no es otra cosa que diseñar sitios y contenidos digitales que puedan ser percibidos, comprendidos y utilizados por todas las personas, independientemente de sus capacidades.

Para ello, ESVI-AL se alinea con los estándares y normativas de accesibilidad internacionales, asegurando un diseño universal. Define un ciclo de trabajo que está siempre centrado en el estudiante y en el diseño universal del aprendizaje, garantizando que la accesibilidad se considere desde la concepción de cualquier curso virtual.

Afortunadamente, la gran mayoría de las universidades argentinas, a través de sus áreas dedicadas a la discapacidad y la inclusión, ya están trabajando activamente en esta transformación. Es fundamental recordar que cualquier cambio hacia la inclusión beneficia a todo el estudiantado. Por ejemplo, los subtítulos en un video no solo son vitales para personas sordas, sino también para una madre que estudia mientras hace dormir a su bebé o para cualquier persona que ve contenido en un ambiente ruidoso. Si bien el camino hacia la inclusión plena es largo y exige un compromiso continuo, es un camino que ha sido iniciado con firmeza y no tiene vuelta atrás. La Universidad que incluye es, sencillamente, la universidad del futuro.


La autora es docente-investigadora del Departamento de Informática y Tecnología, Instituto de Investigación y Transferencia y de Tecnología, UNNOBA. Maestranda en Educación en Entornos Virtuales (UNPA) y licenciada en Sistemas.