¿Qué significa la secundaria para quienes la cursan?

Por Patricio Díaz
Cuando se transitan las aulas y los pasillos de las escuelas secundarias, se escuchan conversaciones entre estudiantes y se es testigo de sus reacciones a la aplicación de la normativa vigente: “Yo tengo diez materias, me importan tres, en las otras siete sobrevivo”, “Lo aburrido es que es siempre el mismo método: explicación, actividad, nota y explicación, actividad, nota… eso cansa”, "Ese tiempito de ir al baño o llevarle una cosa al preceptor es como que descomprime, te resetea”, “La secundaria es el uniforme, las reglas y el comportamiento. Si cumplís con eso, ya está”, “Las faltas son para gastarlas”.
En la búsqueda de intentar comprender sus conductas, las y los docentes se preguntan frecuentemente: ¿Cuál es el o los motivos por los cuales las y los adolescentes manifiestan que se aburren en la escuela? ¿Por qué durante las horas de clases buscan salir del aula con distintos pretextos? ¿Por qué razón es cada vez más común que lleguen al receso invernal con la mitad de las faltas permitidas? ¿Cómo se explica que durante los actos escolares se los ve charlando, escuchando música con los auriculares o interactuando con sus celulares? ¿Por qué es común que se retiren antes de la jornada escolar?
El sistema educativo fue muy funcional a la sociedad, motor del desarrollo y del progreso durante buena parte del siglo pasado en el que nacieron, se formaron e insertaron laboralmente abuelos, padres y docentes de los y las estudiantes de hoy. La educación formal, tal como hoy se la conoce, con la concurrencia a clases de lunes a viernes, a determinados horarios y aulas y durante un determinado tiempo; instrumentada por ciclos y con un sistema de evaluación y certificación, es una herramienta emergida de la modernidad para dar respuesta a sus problemáticas: disciplinar, organizar y controlar la vida urbana e industrial, difundir el conocimiento científico y construir identidad nacional.
Hoy el sistema educativo enfrenta los desafíos de una sociedad posindustrial, en donde el empleo dejó de ser la forma preponderante de trabajo. Globalizada, con enormes y veloces flujos de mercadería, personas, información; sociedades cruzadas por la inteligencia artificial y en las cuales los sectores más dinámicos de la economía son los servicios y las finanzas; con Estados Nacionales más desdibujados frente al poder transnacional.
A esta situación mundial, se suma en nuestro país la falta de visión consensuada del rumbo y de estrategias educativas, lo cual ha llevado en las últimas décadas a que cada vez que hay cambios de gobiernos nacionales o provinciales se hagan modificaciones no menores en el sistema educativo, que además no siempre han sido instrumentadas en todo el territorio, ya que, por ejemplo, la reforma educativa de los años noventa no fue implementada en todas las provincias del país.
En la actualidad, la escuela no es el único lugar de acceso al conocimiento, los y las docentes no son los exclusivos portadores de él, y el libro papel ya no es el soporte central de la información con la que se trabaja en las aulas. Entonces, a partir de las preguntas formuladas anteriormente y del nuevo contexto histórico, la pregunta que se nos impone es: ¿qué significa la escuela secundaria para quienes hoy la están finalizando en esta Argentina en crisis, y en este mundo en el que se presentan profundas incertidumbres?
Una institución en crisis
Del debate sobre cómo es y cómo debería ser la escuela secundaria participan todos los actores que de alguna manera están vinculados a los establecimientos educativos y a la formación que en ellos se imparte: madres y padres, docentes, medios de comunicación, especialistas, sindicalistas, funcionarios públicos y políticos opositores, y actores de la esfera económica productiva.
Cuando se habla de educación, de la situación por la que atraviesa la escuela secundaria, de la “crisis de la educación”, suele referenciarse a los contenidos y planes de estudio; a la formación, vocación y sueldos docentes, a las carencias o déficit de los edificios escolares; a las situaciones sociales de las familias y a los contextos sociales de los y las estudiantes. Se habla hasta del clima escolar en referencia a la convivencia entre estudiantes, a las normas de disciplina, a lo “duro” o “blando” de las sanciones; de lo capacitado o entrenado que egresan los y las estudiantes para proseguir sus estudios o ingresar al mundo laboral, de la necesidad de masificar el uso de las tecnologías de información y comunicación en las escuelas; del desafío del sistema educativo de adecuar sus ofertas y metodologías a unas nuevas generaciones que viven y son atravesados por la inmediatez de las redes sociales y la accesibilidad a la información con solo oprimir un botón.
La necesidad de reformar contenidos, las cargas horarias, las formas de evaluar, las normas de desempeño de los y las adolescentes en las instituciones, son aspectos recurrentes en esos debates, pero poco se habla de cómo viven los y las estudiantes sus trayectorias escolares, como son impactados por la relación con los y las docentes, los pares y la institución a la cual concurren y sobre todo qué significados y sentidos asignan a ese tránsito que atraviesan en su preadolescencia y adolescencia, aspectos que podría ser útiles tener en cuenta a la hora de pensar modificaciones en el sistema.
Cursar la secundaria en otro mundo, otra realidad
Tras dos años de trabajo teórico y de campo presenté Las narrativas de los adolescentes sobre sus trayectorias en tres escuelas públicas de Junín. Un estudio sistémico acerca de los significados que otorgan los estudiantes de sexto año. El trabajo de investigación fue la tesis final de la Maestría en Pensamiento Sistémico, cursada en la Universidad Nacional de Rosario, con una beca del Programa de Fortalecimiento de Recursos Humanos para el Desarrollo de Actividades Científicas y Tecnológicas del Instituto de Posgrado de la UNNOBA.
La investigación se prepuso identificar y comprender las significaciones que tiene la escuela secundaria para ellos y ellas, cómo vivieron y viven esa escolaridad y el grado de utilidad que le encuentran. Casi cincuenta adolescentes fueron consultados, en diversas circunstancias y contextos, en entrevistas individuales y conversaciones grupales, en los pasillos, luego de actos escolares o situaciones de exámenes.
Contrariamente a lo que sucede en el mundo adulto, en el imaginario de muchos/as docentes y en las normativas vigentes, en donde la escuela secundaria está concebida como una etapa de formación académica y adquisición de conocimientos y habilidades necesarias para la incorporación a la vida adulta, al mundo del trabajo o para continuar los estudios superiores, los hallazgos de esta investigación exponen que estos y estas adolescentes viven la escuela secundaria como una etapa obligatoria, que muchas/os no elegirían y que tienen poca utilidad.
La viven, también, como un espacio que les permite socializar, pero también enfrentarse a situaciones de injusticia y de conflictos relacionales; una experiencia de la que destacan la conexión con las y los docentes que no juzgan sus opiniones, como condición del aprendizaje.
La investigación, que contó con la dirección de la Dra. Josefa García de Ceretto, se llevó adelante con una metodología cualitativa, entrevistando en forma individual y grupal a estudiantes del último año del ciclo secundario, en tres escuelas públicas de Junín. El foco de la tesis estuvo puesto en los relatos en tanto estructuraciones narrativas orales de las vivencias, las experiencias, las formas particulares de transitar y vivenciar un momento de la vida adolescente.
El trabajo estuvo motivado por la inquietud docente de conocer más sobre cómo viven las y los estudiantes esta etapa de sus vidas y saber más sobre las condiciones de recepción del mensaje docente e institucional, con la convicción de que estos conocimientos puedan impulsar prácticas reflexivas que permitan revisar creencias, valores y prácticas para identificar situaciones que deben ser modificadas o reformuladas.
¿Para qué puede servir saber esto?
El trabajo de campo dejó en evidencia que las y los adolescentes se expresan libremente y sin tapujos cuando se construyen espacios de confianza en el cual se dan conversaciones libres, y con docentes a quienes se les reconoce el interés de establecer comunicaciones, sin juzgar. Si bien los hallazgos de este trabajo constituyen aportes generales que atraviesan a distintos grupos adolescentes, son una muestra de la diversidad de significaciones acerca del nivel secundario y de las diferentes formas de transitar y vivir hoy la secundaria.
Tener en cuenta estas significaciones identificadas, creemos que contribuye a una mejor comprensión de las acciones, pensamientos y expresiones de las y los adolescentes que están a punto de egresar. En tanto, el trabajo puede ser un insumo importante al momento de planificar las clases, ya que invita a reflexionar sobre la práctica docente, porque aporta información sobre las condiciones en las cuales se recibe el mensaje de educadores e instituciones.
*El autor es docente de nivel secundario y en la UNNOBA. Licenciado en Comunicación Social (UNLP); Magíster en Pensamiento Sistémico (UNR). Actualmente, estudia el Doctorado en Comunicación Social en la UNR.
Algo más que sellos negros

Por Guadalupe Carrera*
En un contexto en el que la obesidad y las enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT), como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y la hipertensión arterial, continúan aumentando en Argentina y en el mundo, la discusión sobre el futuro de la Ley Nacional Nº 27.642 de Promoción de la Alimentación Saludable trasciende lo regulatorio y se inscribe en el debate sobre el derecho a la información.
Sancionada en 2021, la ley incorporó el etiquetado frontal mediante octógonos negros que advierten cuando un alimento o bebida contiene cantidades excesivas de azúcares, sodio, grasas o calorías. También estableció medidas vinculadas a la publicidad dirigida a niños, niñas y adolescentes (NNyA), la promoción de entornos escolares más saludables, la educación alimentaria y nutricional y determinados criterios para las compras públicas de alimentos.
La importancia de esta normativa se comprende mejor al observar la situación epidemiológica actual. Según la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS 2) del Ministerio de Salud de la Nación, más de 6 de cada 10 personas adultas presentan exceso de peso, mientras que esta problemática afecta a más de 4 de cada 10 NNyA. La obesidad constituye hoy una de las formas más prevalentes de malnutrición en nuestro país y uno de los principales factores de riesgo para el desarrollo de ECNT.
Los datos nacionales muestran además un empeoramiento de los patrones alimentarios durante las últimas décadas, caracterizado por un aumento sostenido del consumo de productos ultraprocesados y una ingesta insuficiente de alimentos recomendados, como frutas y verduras. Esta situación resulta particularmente preocupante en los NNyA, que presentan patrones alimentarios significativamente menos saludables que los observados en la población adulta. Al mismo tiempo, el exceso de peso y los patrones alimentarios menos saludables afectan con mayor intensidad a los grupos socialmente más vulnerables.
Otro dato relevante es que, antes de la implementación de la ley, solo una minoría de la población lograba comprender adecuadamente la información nutricional presente en los envases. La evidencia también muestra una importante influencia de la publicidad y otras estrategias de marketing sobre las decisiones de consumo, especialmente durante la infancia. Estos aspectos ayudan a comprender por qué la normativa incorporó herramientas que exceden el etiquetado frontal.
Durante los últimos meses se impulsaron iniciativas orientadas a modificar aspectos centrales de la ley e incluso propuestas de derogación total o parcial. En este contexto, la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN) planteó la necesidad de revisar el sistema de perfil de nutrientes utilizado por la normativa. Sin embargo, también manifestó la importancia de preservar el etiquetado frontal y fortalecer componentes vinculados a la regulación de la publicidad, los entornos escolares y la educación alimentaria y nutricional.
Existen, sin dudas, aspectos técnicamente discutibles y potencialmente mejorables. Sin embargo, la eventual derogación de la ley genera preocupación porque podría implicar la pérdida de herramientas destinadas a mejorar los entornos alimentarios, fortalecer el acceso a información clara y promover condiciones más favorables para la salud de la población.
La alimentación adecuada es un derecho humano reconocido internacionalmente. Desde esta perspectiva, las elecciones alimentarias y sus efectos sobre la salud no dependen exclusivamente de decisiones individuales, sino también de factores sociales, económicos, culturales y ambientales que condicionan las posibilidades reales de elegir. En este sentido, la información disponible, la publicidad, la accesibilidad de los alimentos y las políticas públicas influyen en esas decisiones y pueden ampliar o limitar dichas posibilidades.
En un escenario en el que las ECNT continúan creciendo y donde el deterioro de los patrones alimentarios afecta a toda la sociedad —aunque con mayor impacto en la infancia y en los sectores socialmente más desfavorecidos— resulta necesario fortalecer el debate sobre estas herramientas, a partir de la mejor evidencia científica disponible, reconociendo que el acceso a información clara es una condición necesaria para ejercer el derecho a una alimentación adecuada y que esta constituye un pilar fundamental del derecho a la salud.
*La autora es profesora Adjunta de "Toxicología", "Nutrición y Análisis de Alimentos" y "Fundamentos de Nutrición" en las carreras de Alimentos de la UNNOBA. Licenciada en Nutrición (UBA) y Magíster en Política y Gestión de la Seguridad Alimentaria (UNR).
Fotos: Lautaro Chiesa
Zoonosis: de la tapa de los diarios a la conciencia colectiva

Por Lorena Berro
La convivencia del hombre con el ecosistema animal en distintos escenarios, los agentes patógenos que pueden habitar en uno y otro entorno y desencadenar enfermedades con implicancias en la salud pública, convierten a las zoonosis —enfermedades transmitidas por los animales a los seres humanos— en un tema de interés vital. Sin embargo, a muchas de ellas solo se les presta atención cuando ocurre un brote en determinada región o el riesgo se propaga a escala global, como sucedió con la pandemia de Covid-19.
A menudo, cuando estas enfermedades ganan la tapa de los diarios el foco se pone en ellas (el ejemplo más reciente fue el brote de hantavirus detectado en un crucero que partió de Ushuaia con destino final a las Islas Canarias que puso en vilo a los sistemas sanitarios de distintos países). Pero su relevancia no es una cuestión de opinión pública. Por el contrario, su estudio y abordaje requieren de estrategias articuladas y sostenidas, ya que para su prevención y control necesitan de una comunidad advertida y consciente de los riesgos. ¿Todos sabemos de qué hablamos cuando hacemos referencia a las zoonosis? ¿Existe en la sociedad una percepción respecto de su impacto? ¿Hay patrones comunes para entenderlas?
En la respuesta a estos y otros interrogantes reside la importancia del conocimiento y la formación de recursos humanos que ayuden a construir un lenguaje común que brinde a la sociedad las herramientas de cuidado.

Anabel Sinchi y Julia Brignone, graduadas y docentes de la Maestría en Prevención y Control de las Zoonosis de la UNNOBA, reflexionaron sobre la diversidad de estas enfermedades, destacando el valor de la interdisciplina en su abordaje.
“Tan importante como saber de zoonosis, es comprender los mecanismos que favorecen su aparición y generar los conocimientos para abordarlas en toda su complejidad”, señaló Anabel Sinchi, médica clínica, jefa del Departamento de Capacitación y del área de Epidemiología del Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui” (INEVH).
La profesional recordó que las zoonosis “son enfermedades que pertenecen a un ecosistema animal en el que el ser humano interviene como un huésped, que puede ser definitivo o funcionar como parte de una cadena de contagio”.
En el mismo sentido, la bioquímica Julia Brignone, responsable de la División Ecología, Epidemiología y Bioestadística del Departamento de Diagnóstico e Investigación del INEVH, acotó: “Vivimos inmersos en ecosistemas que pueden estar en equilibrio o ser desencadenantes de enfermedad. Internalizar la importancia del entorno en el desarrollo de enfermedades zoonóticas es crucial”.

En este punto, ambas enfatizaron la importancia estratégica de la Maestría en Prevención y Control de las Zoonosis que dicta la UNNOBA desde 2013 —en colaboración con el INEVH y el Hospital Muñiz—, la cual recientemente inició su quinta cohorte.
—¿Por qué las zoonosis son un tema de salud pública?
—Anabel Sinchi: Porque tienen implicancias a nivel de la comunidad donde ocurren. Muchas de ellas cuentan con medidas preventivas o de tratamiento y control que exigen implementar acciones para disminuir su morbilidad y letalidad. Estas enfermedades son de notificación obligatoria, es decir que su sospecha debe reportarse para que puedan tomar las medidas adecuadas. En Argentina existe un Sistema Nacional de Vigilancia y, muchas de las enfermedades zoonóticas, las más importantes en relación a su patogenicidad, letalidad y capacidad de generar brotes epidémicos, son monitoreadas.
—Julia Brignone: La existencia del Manual de Normas y Procedimientos de Vigilancia y Control de las enfermedades de notificación obligatoria permite la sistematización de la información e involucrar a todo el sistema de salud. Mediante el Sistema Nacional de Vigilancia se monitorean las diferentes patologías y desde el laboratorio se puede dar una respuesta rápida que permita la toma de decisiones en el terreno.
—¿Esta información que se vuelca al sistema nacional de vigilancia, es accesible a la comunidad?
—AS: El boletín epidemiológico, el cual se nutre de los datos que se procesan a través del sistema nacional de vigilancia, es un instrumento de acceso a la información sanitaria y está disponible. Es un material que elabora el propio sistema de salud, seleccionando los temas relevantes y dando prioridad a las situaciones que hay que atender en un determinado momento y región. Es una herramienta de mucha utilidad para el sistema sanitario y también para la propia comunidad que puede estar advertida de lo que ocurre. Este boletín epidemiológico no es privativo de las zoonosis, pero la información relevante sobre ellas cuando ocurre, se vuelca allí.

—¿Cuáles son las zoonosis que tienen mayor prevalencia en la región del noroeste bonaerense?
—JB: Es muy variable. Por ejemplo, en el último semestre de 2025 hubo un aumento de casos de hantavirus mayor al esperado en el área central del país. Si bien la incidencia de la enfermedad es baja en relación a otras patologías, ese aumento generó una alerta desde el punto de vista sanitario. En otras oportunidades también ocurrió con Fiebre Hemorrágica Argentina, o dengue en las últimas temporadas estivales. Aunque en términos reales el número de casos de estas enfermedades suele ser menor al de otras, como las patologías respiratorias propias del invierno, hay momentos en que generan mayor impacto y esto alcanza a nuestra región, porque varias de ellas, como la Fiebre Hemorrágica Argentina, son endémicas para esta zona.
—¿Hay patrones comunes en las zoonosis que permitan comprenderlas mejor y prevenirlas?
—JB: Si bien hay denominadores comunes cuando se habla de zoonosis, no hay un único modo de abordarlas. Por el contrario, la complejidad es lo que determina la necesidad de generar investigación y nuevas estrategias. No hay una única variable para comprenderlas porque en determinados momentos ocurren más casos, porque los ciclos de las enfermedades cambian o su comportamiento se presenta con mayor o menor riesgo.
—AS: Cada patología, en sí misma, tiene múltiples artistas. Desde la investigación clínica, epidemiológica y ambiental tratamos de responder a estos interrogantes. Es parte de la tarea que realiza todo el tiempo la ciencia.

En clave de interdisciplina
—Frente a la complejidad que plantean las zoonosis, ¿qué importancia tiene la interdisciplina?
—AS: Es fundamental. Por ejemplo, desde hace más de cuarenta años el Instituto Maiztegui coordina el Programa Nacional de Prevención y Control de la Fiebre Hemorrágica Argentina, una iniciativa altamente exitosa que, desde su génesis, se nutrió de saberes de distintas disciplinas. En una zoonosis como esta, que existe solo en Argentina, esto permitió obtener un tratamiento efectivo, una vacuna preventiva y un sistema de vigilancia que funciona. Es un ejemplo de la importancia que tiene la articulación en la ciencia.
—JB: De la mano del trabajo en Fiebre Hemorrágica Argentina, en el INEVH estudiamos otras zoonosis, tales como, Síndrome Pulmonar por Hantavirus, y las zoonosis producidas por los arbovirus (virus que se transmiten al ser humano y otros animales por artrópodos, principalmente mosquitos y garrapatas), coordinando programas nacionales, dirigiendo laboratorios de referencia nacional y siendo referencia internacional para todas ellas. Toda la información que se genera en el INEVH a partir del diagnóstico de laboratorio y la investigación, está volcada al Sistema Nacional de Vigilancia, nutre el trabajo de otros actores del sistema sanitario y es insumo para el trazado de políticas públicas. Es imposible pensar las zoonosis escindidas de la mirada interdisciplinaria.

Construir consensos
Otro aspecto vinculado a las zoonosis es comprender las vicisitudes que plantea un mundo globalizado. Al respecto, Anabel Sinchi y Julia Brignone sostuvieron que esto añade complejidad y refuerza la necesidad de “seguir generando conocimientos que contribuyan a cuidar la salud”. En relación a ello, consideraron crucial la tarea de construir consensos. “El manejo de las zoonosis requiere de consensos y, el aporte académico de la Maestría en Control y Prevención de las Zoonosis, ayuda a construirlos”, añadió Julia Brignone.
Por último, las docentes e investigadoras resaltaron el valor de ese “lenguaje común”, no solo como “una contribución de la ciencia al entendimiento de las zoonosis”, sino como "una manera de llegar a la comunidad para mantener activa la percepción del riesgo y desarrollar una conciencia colectiva sobre la importancia de cuidar la salud".
Diseño imagen principal: Laura Caturla
Fotos: Bárbara Squillace (Aura)
La crisis de legitimidad de la Justicia

Por Guillermo Tamarit*
La democracia argentina atraviesa un tiempo de desafíos complejos y profundos. El sistema republicano y el Estado de Derecho se hallan hoy condicionados por un entorno de deterioro en los consensos políticos, una marcada fragmentación partidaria y una polarización ideológica que dificulta la construcción de políticas de largo plazo. Este escenario se ve agravado por crisis económicas recurrentes que profundizan la desigualdad social, el flagelo de la corrupción y una alarmante falta de rendición de cuentas. El resultado es un malestar social creciente que socava la legitimidad de las instituciones y abre la puerta a propuestas populistas que basan su crecimiento en el cuestionamiento del sistema democrático mismo.
En este marco de fragilidad, la insatisfacción respecto de la tarea del Poder Judicial ha alcanzado niveles alarmantes (1). No se trata de una percepción subjetiva, sino del reflejo de evaluaciones constantes que señalan cuestionamientos estructurales sobre la actuación de la Justicia. La ciudadanía identifica con claridad los puntos críticos: las demoras crónicas en el desarrollo de los juicios, la creciente interferencia de los poderes políticos y económicos, y una imperiosa necesidad de mayor transparencia en los procesos. Estos números deben motivar un esfuerzo institucional urgente, pues la autoridad judicial tiene como base su legitimidad; y dicha legitimidad depende, en última instancia, de la confianza y el prestigio. El Poder Judicial no puede funcionar adecuadamente si la sociedad no cree en su cohesión interna y en su desempeño.
Actualmente, el mayor foco de desprestigio se encuentra en los niveles más altos de la estructura judicial: la Corte Suprema de Justicia de la Nación y los tribunales federales, especialmente los de la Ciudad de Buenos Aires. El problema es multidimensional. Por un lado, una Corte Suprema incompleta no logra proyectar la visión de cohesión institucional necesaria para guiar al sistema. Por otro lado, existe un problema de presencia efectiva: más del 30% de los cargos judiciales federales en todo el país se encuentran vacantes. Esta acefalía no solo ralentiza la justicia, sino que contribuye al descrédito general. El prestigio institucional depende, en buena medida, de una presencia homogénea y plena del Estado en todo el territorio nacional.
A esta debilidad operativa se suma un problema estructural de fondo: la utilización del Poder Judicial como una herramienta para limitar la acción de los otros poderes. A lo largo de las últimas décadas, hemos visto cómo el “estado de excepción” termina siendo una constante en la discusión sobre los límites de intervención de la Corte Suprema. Esto nos obliga a preguntarnos qué tipo de Poder Judicial necesitamos para que funcione como un contrapeso real y no como un actor condicionado. Este equilibrio debe ser proactivo: no se trata de una parálisis mutua, sino de asegurar que el Estado funcione, que los legisladores cumplan sus mandatos y que el Ejecutivo se mantenga dentro de sus márgenes, siempre con intervenciones judiciales eficaces y en plazos razonables.
Al analizar este equilibrio, no podemos ignorar el avance persistente del Poder Ejecutivo sobre el resto de las funciones estatales, verificado desde la década del 90. El uso extensivo de los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) ha alterado la balanza constitucional. Ante el retraimiento del Poder Legislativo, el Poder Judicial asume un rol de "poder político" fundamental, actuando como garante último del derecho frente a los riesgos de regresión democrática. Sin embargo, este protagonismo judicial debe ser ejercido con extrema prudencia.
Las reflexiones de Andrés Rosler sobre liberalismo y democracia nos invitan a ser cautos con las reformas judiciales que, bajo un barniz democrático, pueden resultar regresivas (2). El caso actual de México es un ejemplo elocuente: una reforma basada en la elección popular de jueces podría terminar degradando la prestación del servicio de justicia. Por otra parte, desde la academia y desde nuestra responsabilidad en el Consejo de la Magistratura, debemos alertar sobre la peligrosa noción del juez como un "legislador del caso".
En los procesos de selección de magistrados, observamos con preocupación cómo los postulantes, al ser consultados sobre casos concretos, suelen buscar explicaciones sociales o de contexto antes que aplicar la ley vigente. Cuando la ley es clara, la tendencia a reinterpretarla para adecuarla a visiones personales es un síntoma de un problema serio. La función judicial exige coherencia, previsibilidad y respeto por el orden normativo. La congruencia en la actuación de cada juez individual es lo que sostiene el prestigio del sistema en su conjunto.
En conclusión, la calidad democrática y el equilibrio de poderes dependen hoy de nuestra capacidad para fortalecer la legitimidad del Poder Judicial como pilar de la República. Solo a través de una Justicia que sea garante del equilibrio entre las funciones del Estado, y que actúe con independencia y rigor legal, podremos enfrentar los desafíos de un tiempo que exige instituciones sólidas frente al abuso del poder y la desprotección de los derechos fundamentales.
* El autor es miembro del Consejo de la Magistratura de la Nación, en representación del ámbito científico y académico.
(1) En el Índice de Confianza en la Justicia, que elaboran en conjunto la Universidad Torcuato Di Tella y el Foro de Estudios sobre administración de justicia (FORES), si bien se evidencia alguna mejora en el índice semestral de mayo– diciembre/2025, la inmensa mayoría de los encuestados —casi el 90%—, consideran que la justicia es “nada confiable” o “poco confiable”.
(2) Ver el trabajo de Rosler, Andrés en: Rosler, Andrés; Tamarit, Guillermo; Galderisi, Hugo (compiladores): Aportes académicos. Equilibrio de poderes. Rol del Poder Judicial, C.E.D.I., Buenos Aires, 2026.
Descubriendo el sabor de la región

Por Ana Sagastume
Acusado de ser alto en grasas y sodio, durante mucho tiempo el queso fue excluido de dietas dirigidas a personas con sobrepeso, colesterol alto o hipertensión. Sin embargo, hoy vuelve a ser protagonista de una alimentación saludable, no solamente por sus cualidades nutricionales sino por su contribución al equilibrio del microbioma intestinal.
Desde esta perspectiva, el Laboratorio de Biotecnología y Desarrollo de Alimentos de la UNNOBA trabaja en dos proyectos de investigación que apuntan a la transferencia de conocimientos a empresas regionales que producen quesos. La búsqueda está centrada en, por un lado, encontrar perfiles sensoriales y distintivos de los quesos que se elaboran en el noroeste bonaerense, y por el otro, transferir ese conocimiento a los establecimientos queseros de la zona.

La investigadora Leticia Baccarini manifiesta su entusiasmo por haber ganado un subsidio del Fondo de Innovación Tecnológica de la Provincia de Buenos Aires, el cual le permitirá avanzar en la transferencia de conocimientos a una fábrica linqueña de productos lácteos: “La idea es contribuir al desarrollo de un producto regional, con agregado de valor y con transferencia a una empresa mediana que necesita ese conocimiento. Como argentinos creo que tenemos que poder avanzar en que la universidad pueda fortalecer a la industria y la industria a la universidad”.
Pero, ¿cómo hallar ese sabor regional?, ¿qué es lo que posibilita que un queso tenga un sabor distintivo? Uno de los factores más importantes está constituido por los fermentos diversos que, en un primer momento, transforman a la lactosa en ácido láctico (iniciando el proceso de coagulación y protegiendo al producto frente a los microorganismos patógenos) y, en una segunda instancia, definen la textura, “ojos” y sabores complejos de los quesos.
Precisamente, ese consorcio microbiano que constituyen los fermentos resulta beneficioso para la salud de las personas por varios motivos. Primero, porque los fermentos realizan una predigestión que mejora la absorción posterior de nutrientes. Segundo, porque se generan compuestos bioactivos, ácidos orgánicos y antioxidantes que reducen la inflamación y mejoran la salud intestinal. Finalmente, si al queso se le adiciona un microorganismo probiótico, también es capaz de mejorar la salud de la microbiota intestinal y, consecuentemente, fortalecer el sistema inmunológico.

De esta manera, queda claro que comer queso, no solamente resulta beneficioso por el aporte de calcio y proteínas a la dieta, sino también por los compuestos que son capaces de modular la microbiota del colon.
Los alimentos fermentados en el "segundo cerebro"
Dentro de la comunidad científica existen coincidencias en el rol crucial que desempeña el intestino, junto con su ecosistema de microbios, en la salud de las personas. De hecho, desde hace más de una década se lo caracteriza como el “segundo cerebro”. “Muchos neuromoduladores presentes en el cerebro también se encuentran en el intestino y, a la inversa, diversas moléculas intestinales participan en la modulación de señales en el cerebro”, señala Baccarini, biotecnóloga y doctora en Química Biológica.
De esta forma, el intestino, con su carga microbiana, influye en diversas funciones vitales, tales como el estado de ánimo, la respuesta al estrés y el sistema inmune. La buena noticia es que nosotros también podemos influir, de una manera muy simple, para que esa “flora intestinal” (como coloquialmente se la llama) sea más benéfica: a través de los alimentos que consumimos. Esto se logra, en primer lugar, mediante la ingesta de frutas y verduras, capaces de favorecer la proliferación de microorganismos benéficos. En segundo lugar, a través del consumo de alimentos fermentados.

Por ese potencial que tienen los alimentos fermentados en la salud es que se han y puesto de moda algunos sofisticados como el kéfir, el chucrut, el kimchi, o la kombucha. Sin embargo, existen dos alimentos fermentados que son capaces de aportar microbios benéficos y que están mucho más a nuestro alcance: el queso y el yogur.
Alquimia láctica
La ingeniera en alimentos de la UNNOBA Valentina Crosetti, integrante del equipo de investigación, explica el proceso tecnológico involucrado en la elaboración de quesos: “En base al Código Alimentario Argentino, es posible introducir determinados fermentos lácticos que transforman la leche en ácido láctico. Al hacerlo, se baja el pH al producto, lo que protege al alimento para que no crezcan bacterias patógenas y sea seguro de consumir”.
Crosetti, quien desde los inicios de su actividad científica centró sus indagaciones en torno a los quesos, lo explica de una manera llana: “¿Viste que vos comés un pedazo de queso, o tomás un yogur, y sentís un leve sabor ácido? Eso ocurre porque bajó el pH de la leche y se produjo el ácido láctico, que es uno de los pasos necesarios para que la leche se convierta en queso o yogur”.

Además de introducir el fermento primario (o starter), necesario para transformar la materia prima en el producto final, es posible agregar algunos fermentos específicos (denominados “adjuntos”) que les otorgan a los quesos sabores o texturas determinadas. Por ejemplo, el queso roquefort nace mediante la incorporación del hongo Penicillium roqueforti (otorgando vetas azules, sabor picante y textura cremosa); el Camambert, gracias a Penicillium camamberti (creando el manto blanco y esponjoso de la superficie); y el Emmental, por bacterias propiónicas (que le otorgan esos “ojos” característicos).
La becaria doctoral Valentina Crosetti defiende el consumo moderado de queso como parte de una dieta equilibrada, que también incluya frutas, verduras y cereales: “Además de tener proteínas, minerales y vitaminas, el queso es un excelente alimento porque contiene toda una serie de microorganismos que, no solamente aportan cuestiones sensoriales, sino que generan, por ejemplo, compuestos antimicrobianos que inhiben patógenos en el cuerpo humano”. “También, se ha demostrado que contiene compuestos bioactivos, como antioxidantes, que mejoran la salud en general”, expresa Crossetti, quien se desempeña como docente de Química Analítica y Análisis Instrumental.

Si entre el conjunto de microorganismos que están presentes en la elaboración de quesos se le adiciona un probiótico, el beneficio para la salud se potencia. Baccarini insiste: “El microbioma intestinal tiene un papel fundamental en la respuesta inmune de nuestro cuerpo frente a los patógenos que producen enfermedades en nuestro cuerpo”.
Microbios salvajes
La Ingeniería en Alimentos aplicada a la producción de quesos se basa en el conocimiento y control de los microorganismos que participan en esa “alquimia láctica”. Aunque el saber científico ha logrado avances sustantivos en esa línea, el control absoluto es imposible: aquello que iluminamos mediante el conocimiento nos hace conscientes de lo que permanece velado a nuestro entendimiento. Tal es así que en la producción de quesos participan, además de las bacterias o levaduras introducidas por la ciencia, otras tantas que son benéficas y que les dan a los productos regionales un sabor distintivo. Precisamente, la línea de investigación dirigida por la doctora Baccarini busca aislar y caracterizar levaduras autóctonas del noroeste bonaerense que participan en la elaboración de quesos, sin haber sido introducidas intencionalmente por la industria.

“¿Qué es lo que hace que un queso tenga un perfil sensorial diferente? La materia prima con la cual se comienza a hacer queso y los fermentos comerciales empleados. Pero también a ese fermento se le añaden, naturalmente, microorganismos que son de ese ecosistema”, especifica Baccarini.
Puntualmente, el equipo científico está trabajando con tres establecimientos de la región, de distinta envergadura: una PyME de Junín, la cual tiene un proceso estandarizado y produce en mayor volumen; una de Lincoln, que elabora “quesos gourmet”; y un productor artesanal y de pequeña escala de Junín.
17 nativos entrometidos y ¿un migrante?
Como resultado de sus investigaciones, descubrieron la existencia de 17 levaduras “salvajes”, es decir, autóctonas de la región, que no fueron añadidas intencionalmente en el proceso de fabricación de quesos. “Todavía no les pudimos ‘poner nombre y apellido”, ya que aún tenemos que enviar a secuenciar el genoma. Lo que sí vimos es que tienen el potencial de desarrollar características sensoriales distintivas en los quesos”, señala Baccarini, docente en la UNNOBA de las materias “Biotecnología y herramientas genéticas", e "Introducción a Biología”.

Dentro de esas 17 cepas hallaron, a su vez, cuatro que tendrían un potencial probiótico. En otras palabras, microorganismos que podrían aportar un beneficio extra a la salud. Según aclara Baccarrini, restan aun estudios preclínicos y clínicos que determinen su cualidad probiótica: “Por ahora solo podemos determinar su potencialidad”.
Pero el proyecto sobre el cual recibieron una financiación importante por parte del Ministerio de Ciencia de la Provincia de Buenos Aires involucra a una de las tres empresas, la PyME de Lincoln, y al estudio de un fermento particular, Geotrichum candidum. Este hongo —responsable de crear una corteza blanca, aterciopelada y arrugada en quesos como Camembert, Brie, Saint-Nectaire y Reblochon— era importado por la empresa hasta que, por una cuestión de dificultades en la adquisición, se dejó de comprar. Sin embargo, una profesional de la PyME, con formación y experiencia en Microbiología, manifestó sus sospechas sobre la permanencia del microorganismo en el establecimiento.

—AS: ¿Y esto es posible?
—LB: Si ese microbio encontró las condiciones necesarias para sobrevivir y quedarse en el contexto de trabajo de producción de queso de la PyME, puede haberse quedado. ¿Por qué? Porque tiene “comida y hospedaje gratuito”. ¿Dónde se alojó? ¿En la vaca? ¿En la leche? ¿En el lugar? Eso es lo que tenemos que averiguar. No es tan fácil determinar de dónde viene específicamente, pero sí hay maneras de acercarse a la verdad. Es posible agregarlo intencionalmente en la producción, pero evidentemente a ellos les quedó en el ambiente, o también puede haber quedado en el tambo en donde recolectan su leche.
En una primera instancia, el equipo le confirmó a la empresa linqueña que, morfológicamente, podría tratarse de la misma levadura. Sin embargo, resta todo un camino por transitar: aislar el microorganismo, hacerlo crecer de manera masiva y luego determinar si posee las propiedades tecnológicas necesarias para someterlo al proceso estandarizado de producción de quesos.

Al reflexionar, la becaria doctoral Valentina Crosetti nos retrotrae, mediante la imaginación, al surgimiento del queso como alimento y nos interpela para que, teniendo en cuenta el conocimiento adquirido, podamos “recuperar” su modo de elaboración ancestral: “Antiguamente, las personas observaron que, si dejaban la leche a temperatura ambiente, la leche se cortaba. Al sacarle el suero, moldeaban al producto y comían lo que hoy conocemos como queso. Y quien lo probó dijo un día, ‘qué bueno que está’, e intentó reproducir el proceso. Luego, con el advenimiento de la Microbiología, se supo que había ‘seres microscópicos´ que hacían el trabajo, que no era magia. Y se fueron perfeccionando los métodos para que todo no sucediera por casualidad. Esa es la estandarización del proceso”.
“Lo que nosotros pretendemos —continúa Crosetti— es revalorizar los microorganismos autóctonos, que hoy no se están utilizando, o que no se tienen en cuenta por el uso exclusivo de fermentos comerciales importados. La idea es que, en un futuro, puedan ser incorporados de forma estandarizada al proceso y no de forma casual, como ocurre ahora”.

Baccarini, la directora del proyecto de transferencia vinculado con la empresa linqueña, sintetiza: “El objetivo es obtener un fermento autóctono, estable y adaptado a los procesos de elaboración de la empresa, que permita mejorar la calidad de la corteza, potenciar su perfil sensorial característico y reducir la dependencia de insumos externos”.
Los integrantes del equipo de investigación y desarrollo, titulado Fortalecimiento de la identidad productiva bonaerense mediante fermentos autóctonos de quesos, son: Leticia Baccarini (directora), María José Torres (codirectora), Valentina Crosetti, Mariana Andrade, Ignacio Hardoy, Agustín Sola, Leandro Fariña, Luisina Escudero, Eugenia Galazzi, Julieta Perdomo, Anabel Rodríguez, Thalía Alexandra Rivera Ashqui y Reinaldo Justino Silva Paz.

Puentes entre pantallas

Por Fernando Graffigna, María Belén Chilano, María Luz Muraciole y Yanina Frezzotti*
El equipo de profesionales que conformamos el nuevo Centro de Investigación y Prevención de Riesgos Digitales (CIPRED) hace años que venimos trabajando con niños, niñas y adolescentes de nuestra región. También con docentes, familias y profesionales. Entre ambos grupos, lamentablemente, encontramos una brecha que comienza a tornarse impostergable.
Detrás de las encuestas, los talleres, los grupos de discusión y las entrevistas que hemos realizado, siempre aparece la misma historia dolorosa: chicos y chicas que soportan riesgos y violencias facilitadas por las tecnologías durante meses, o incluso años, sin contárselo a ninguna persona adulta; situaciones de acoso, control, humillación o abuso en plataformas digitales que prefieren callar por temor a la respuesta del entorno. “No quería preocupar a mis viejos”, “Me daba vergüenza”, “Pensé que no me iban a creer”, “Tenía miedo de que me sacaran el teléfono”. Estas frases se repiten con una frecuencia que inquieta. Mientras tanto, las personas a cargo del cuidado seguimos pensando que “eso de las redes” es un tema menor, una cuestión de “exceso de pantallas” o simplemente “cosas de chicos”.
Esta desconexión es uno de los mayores problemas que enfrentamos hoy. Existe una desigualdad generacional profunda en la comprensión de lo que significa crecer en la era digital, donde las fronteras entre lo público y lo privado se redefinen todo el tiempo. Los adolescentes no están “un rato” en internet: ahí construyen su identidad, sus vínculos afectivos, su reputación social y gran parte de su vida emocional. Es donde viven, se muestran, sufren, aman, se comunican, se divierten y se critican. Para ellos, lo virtual no es un complemento de lo real; es parte constitutiva de su realidad.

Los adultos, en cambio, muchas veces observamos ese mundo desde afuera, con desconfianza, con desconocimiento o con una mezcla de ambas. Esa distancia genera un vacío de cuidado peligroso. Cuando algo grave ocurre —acoso sistemático, difusión de imágenes íntimas, grooming, control en el noviazgo—, los jóvenes no encuentran fácilmente a quién acudir. Y el silencio se vuelve su principal estrategia de supervivencia.
Frente a esta realidad, cobra pleno sentido la creación del CIPRED (UNNOBA), en el ámbito del Instituto de Política y Gobierno (IPG), un espacio pensado para tender puentes concretos entre el mundo de los adultos y el de las nuevas generaciones. Así, el Centro nace con la convicción de que la universidad pública debe cumplir un rol activo y comprometido: producir conocimiento riguroso sobre lo que realmente está ocurriendo, formar a docentes, familias y profesionales, y generar herramientas útiles que ayuden a cerrar esa distancia. No queremos solo investigar para difundir artículos científicos entre un público académico. Queremos conocer para intervenir, para capacitar, para escuchar mejor y para acompañar de manera más efectiva.
Porque creemos que necesitamos crear espacios de escucha auténtica, donde los jóvenes sientan que pueden hablar sin ser inmediatamente juzgados o castigados. Necesitamos adultos (padres, docentes, referentes) que estén dispuestos a entender cómo funcionan las dinámicas digitales actuales antes de pretender regularlas, de la misma manera que en generaciones anteriores nuestros padres debían saber conducir si querían enseñarnos. Y por último, necesitamos estudios que no se queden en los diagnósticos alarmistas, sino que entreguen respuestas concretas y contextualizadas a nuestra región.
El CIPRED busca exactamente eso: combinar investigación de calidad con acción territorial. Articular saberes jurídicos, educativos, psicológicos y comunicacionales. Trabajar junto a escuelas, fiscalías, municipios y organizaciones sociales. Y, sobre todo, poner en el centro la voz propia de infancias, juventudes y otros grupos vulnerables para que dejen de ser invisibles. Porque cuidar en la era digital ya no es solo una cuestión de límites o de control parental. Es, fundamentalmente, una cuestión de presencia, comprensión y confianza.

De esta forma, la creación del CIPRED representa una apuesta institucional importante: la decisión de la universidad de no mirar para otro lado frente a uno de los fenómenos sociales más relevantes de nuestro tiempo. Es también una invitación abierta a toda la comunidad: a docentes, familias, profesionales y jóvenes a sumarse, a participar, a construir juntos. Porque mientras haya alguien sufriendo en silencio, nuestra responsabilidad como sociedad sigue pendiente.
En conclusión, es hora de acortar distancias. Es hora de tender puentes.
*Fernando Graffigna, director del CIPRED. Abogado y especialista en cibercrimen. Secretario de Fiscalía de Cámara y titular de la Ayudantía Fiscal especializada en Delitos Conexos a la Trata de Personas, Ciberpedofilia y Grooming del Ministerio Público Fiscal de la Provincia de Buenos Aires (Departamento Judicial Junín).
María Belén Chilano, codirectora del CIPRED. Abogada y doctoranda en Derecho con especialidad en Derecho a la Intimidad.
María Luz Muraciole, a cargo del área de Educación del CIPRED. Licenciada en Psicopedagogía y responsable de la Escuela Municipal de Robótica de la Municipalidad de Junín.
Yanina Frezzotti, a cargo del área de Investigación del CIPRED. Doctora en Comunicación y directora del equipo multidisciplinario “Juventudes y pantallas”.
Accesibilidad digital, una cuestión de justicia social

Por Mariana Adó*
La educación virtual es la promesa de un acceso universal al conocimiento. Hoy, la migración masiva a plataformas digitales en la universidad revela una paradoja: en la búsqueda por democratizar las oportunidades de estudio, corremos el riesgo de no garantizar la igualdad de oportunidades para todas las personas, especialmente para aquellas con discapacidad. La accesibilidad en los entornos digitales no es un simple detalle técnico; es un tema central de justicia social. Afortunadamente, las mismas herramientas tecnológicas que pueden generar exclusión son, a su vez, la clave para construir soluciones inclusivas.
Las plataformas de e-learning, los recursos virtuales y las clases a distancia son la norma en los escenarios digitales universitarios. Si bien las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) han abierto grandes puertas, la falta de accesibilidad en estos entornos ha creado una brecha digital, generando inequidad y excluyendo a una minoría del acceso al conocimiento. Esta problemática se agudizó durante la pandemia 2020/2021 por COVID-19, cuando todas las personas dependimos de lo digital.
La inclusión es un mandato legal
Esta exigencia tiene una base legal sólida. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD) de Naciones Unidas (en 2006) exige a los Estados garantizar el acceso a la educación superior sin discriminación y en igualdad de condiciones. En Argentina, esta Convención tiene jerarquía constitucional desde 2014. Esto significa que es un deber de la universidad pública ofrecer una respuesta real y concreta a esta demanda.
Es por ello que organismos universitarios nacionales como la Red Interuniversitaria de Discapacidad (RID) y la Red Universitaria de Educación a Distancia (RUEDA), ambas pertenecientes al Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), han impulsado el fortalecimiento en las universidades de la accesibilidad física, académica y comunicacional, alineándose a guías metodológicas internacionales como el Proyecto ESVI-AL.
Tres claves para una educación digital para todas las personas
Para que una universidad sea realmente inclusiva, debe transformar su mirada:
1. Enfocarse en las barreras del entorno
El enfoque moderno de la discapacidad ya no la ve como un "problema individual" que debe ser "arreglado". Hoy, entendemos que la discapacidad es el resultado de la interacción entre la persona y las barreras que pone el entorno (ya sean físicas, de comunicación o de actitud). Por lo tanto, si una plataforma virtual es inaccesible, es el entorno digital el que debe cambiar, no la persona.
2. Diseñar con flexibilidad desde el inicio
La Educación Inclusiva exige que el sistema educativo se adapte a la diversidad de todo el estudiantado. ¿Cómo se logra esto? A través del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA).
Enseñar para la diversidad no significa planificar una clase diferente para cada estudiante. Se trata de:
- Diseñar el curso con suficiente flexibilidad en las actividades, los tiempos y los recursos.
- Reconocer que todas las personas tienen diferentes maneras de aprender y motivaciones.
- Asegurar que cada persona encuentre su propia puerta de entrada al conocimiento, lo que fomenta su autonomía.
- Trabajar en equipos colaborativos, lo cual posibilita a todas las personas, incluyendo a aquellas con discapacidad, intercambiar opiniones y conocimientos desde un mismo nivel y con un lenguaje común.
3. Evaluar el proceso, no solo el resultado
- La evaluación también debe ser inclusiva para todo el estudiantado. Para ello, utilizamos la evaluación formativa. Este método se enfoca en el proceso de construcción del conocimiento y no solo en la calificación final. Ofrece retroalimentación continua y adaptada para que cada docente pueda ajustar su enseñanza. Y en el contexto de la discapacidad, esto se complementa con la provisión y el diseño de los ajustes razonables y apoyos necesarios para garantizar una evaluación equitativa, adaptando las prácticas evaluativas para atender las necesidades específicas de cada persona con discapacidad.
La "hoja de ruta": la guía ESVI-AL
Toda esta visión se concreta a través de la Guía Metodológica ESVI-AL.
Esta guía es la herramienta que permite a las universidades pasar de la teoría a un proyecto concreto y auditable. Esto se basa en la accesibilidad web, que no es otra cosa que diseñar sitios y contenidos digitales que puedan ser percibidos, comprendidos y utilizados por todas las personas, independientemente de sus capacidades.
Para ello, ESVI-AL se alinea con los estándares y normativas de accesibilidad internacionales, asegurando un diseño universal. Define un ciclo de trabajo que está siempre centrado en el estudiante y en el diseño universal del aprendizaje, garantizando que la accesibilidad se considere desde la concepción de cualquier curso virtual.
Afortunadamente, la gran mayoría de las universidades argentinas, a través de sus áreas dedicadas a la discapacidad y la inclusión, ya están trabajando activamente en esta transformación. Es fundamental recordar que cualquier cambio hacia la inclusión beneficia a todo el estudiantado. Por ejemplo, los subtítulos en un video no solo son vitales para personas sordas, sino también para una madre que estudia mientras hace dormir a su bebé o para cualquier persona que ve contenido en un ambiente ruidoso. Si bien el camino hacia la inclusión plena es largo y exige un compromiso continuo, es un camino que ha sido iniciado con firmeza y no tiene vuelta atrás. La Universidad que incluye es, sencillamente, la universidad del futuro.
La autora es docente-investigadora del Departamento de Informática y Tecnología, Instituto de Investigación y Transferencia y de Tecnología, UNNOBA. Maestranda en Educación en Entornos Virtuales (UNPA) y licenciada en Sistemas.
Conectados y vulnerables

Por Yanina Frezzotti*
Los espacios digitales son actualmente un importante entorno donde infancias y juventudes socializan, se comunican, juegan, se informan, estudian, seducen, aprenden y se manifiestan. Con todo, las plataformas se convierten en nuevos canales para transformar o reproducir situaciones que antes tenían lugar en la calle, en el barrio o en el aula de la escuela, como la violencia o el acoso.
“Lo esencial es invisible a los ojos”, le dijo el zorro al Principito, a pesar de que probablemente nunca había visto un pack de nudes (paquete de desnudos o imágenes sexuales). Pero lo cierto es que subir, mandar y recibir fotos íntimas no significa lo mismo para jóvenes y adultos. Para las nuevas generaciones la intimidad no se vulnera cuando se exhibe sino cuando es profanada –por ejemplo, mediante jaqueos o comentarios ofensivos– y, en consecuencia, defienden la soberanía y la responsabilidad personal de lo que se muestra o se omite. El contacto con imágenes íntimas forma parte de su cotidianidad digital y, al llegar al secundario, la mayoría ya ha visto –y a veces producido– más de una foto o video que pondrían colorados a padres, madres y docentes.
Del sexting al grooming
La práctica del sexting consiste en el envío voluntario e intercambio de mensajes o imágenes sexuales a través de dispositivos tecnológicos. Aunque esta acción forma parte del ejercicio libre de la sexualidad, desde los estudios de género se advierte que estas conductas se encuentran atravesadas por el sexismo, ya que promueven la cultura de la violación entre los varones y la objetivación del cuerpo y sexualización temprana en el caso de las niñas. Además, pueden generar perjuicio a partir de su distribución sin consentimiento o derivar en otros tipos de conductas dañinas, como el acoso sexual, la extorsión o el grooming.
El grooming o engaño pederasta se da cuando una persona adulta contacta a menores con fines sexuales a través de medios digitales. En un primer momento, generalmente a través de sobornos o engaños, la persona agresora genera un vínculo de confianza donde normalmente finge tener una edad cercana a la de la víctima, escucha sus problemas, hace regalos, presta atención a sus intereses, ofrece halagos y recauda información para luego comenzar el chantaje. En una segunda etapa se persigue el aislamiento de la víctima, a partir de desprestigiar su red de apoyo (familiares, amistades, docentes) e insistir en la necesidad de mantener en secreto la relación. Una vez ganada la confianza, se comienzan a introducir conversaciones, vocabulario y temáticas sexuales de manera paulatina, hasta que, en la última fase, se utiliza la manipulación, las amenazas, el chantaje o la coerción para que la víctima envíe material íntimo, relate fantasías eróticas o acceda a un encuentro físico.
Esta es una realidad que experimentan tanto niños como niñas de todos los tipos de escuela –públicas, privadas, rurales y urbanas–, es decir, sin diferencias entre grupos sociales. Sin embargo, como en distintos órdenes de la existencia humana, las mujeres se ven especialmente afectadas.
¿Qué pasa en nuestra ciudad?
En Junín, más de la mitad de las adolescentes alguna vez ha sido víctima de situaciones de acoso digital, la mayoría desde edades muy tempranas. De hecho, entre 546 adolescentes, el 62% de las chicas encuestadas ha recibido mensajes de manera insistente, al 44% le han llegado fotos de genitales masculinos sin haberlas solicitado y el 34% ha sido acosada con el objetivo de que accediera a un encuentro. En los cursos correspondientes a los primeros años, afirman que han tenido comentarios “irrepetibles”, frente a los que se han asustado. Aunque la mayoría de situaciones de acoso se da por parte de personas desconocidas o “contactos virtuales”, también ha habido experiencias con novios, exnovios, compañeros de escuela o allegados de la familia.
En general, las actitudes más comunes que las adolescentes toman frente al acoso son pasivas: ignorar o bloquear. Si la situación se extiende, suelen reportar las cuentas agresoras o cerrar el propio perfil. Recién en los casos más graves lo comentan con otra gente, primero con amistades y, en última instancia, con la familia, con resultados variados. A veces las personas más cercanas son quienes apoyan, contienen, acompañan, consuelan o acuden a la justicia; pero otras veces, son quienes juzgan, se alejan, censuran, prohíben o recurren a la violencia.
Entre los testimonios, hay una chica que a los 12 sufrió el acoso de un hombre de 35 años, conocido de la familia, y luego tuvo que soportar el reproche paterno. Hay una nena que a los 9 quiso encontrarse con un “novio virtual”, la descubrió la mamá y la dejó sin celular dos años. Hay otra que, a los 11 años, un hombre le ofreció plata para tener relaciones sexuales y la amenazó durante un año y medio: “Decía que iba a seguirme hasta mi casa y abusar de mí. Yo tenía mucho miedo... Pero no se lo dije a nadie porque me daba vergüenza, me sentía culpable”.
El testimonio queda resonando en el aula. Un silencio incómodo invade al profe de Historia y se le llenan los ojos de lágrimas. Es padre de dos nenas. Piensa que cuando llegue a su casa va a tener que hablar con ellas. Pero, ¿qué decir? Es la reacción más común entre las personas adultas. Sin embargo, para las adolescencias, estas situaciones no tienen nada de sorprendente.
¿Cómo acercarnos a su realidad?
No hay recetas. No hay fórmulas mágicas. Nada de lo que hagamos puede garantizar una protección infalible. Pero sí podemos mencionar algunas de las cosas que es preferible evitar.
Evitemos la excusa de que ellos saben más de tecnología que nosotros. De la misma manera que ayer no los dejábamos solos en la plaza, hoy no podemos dejarlos solos en Roblox. Hay que involucrarse en los usos tecnológicos de las infancias. Veamos a qué juegan, con quién. Incluso podemos buscar algún juego para compartir.
El cansancio y la falta de tiempo no nos exime de la responsabilidad que tenemos como padres, madres, docentes. Pongamos reglas claras y hagámosla cumplir. Empecemos dando el ejemplo a partir de nuestro propio uso de la tecnología.
No se trata de prohibir sino de acompañar. Prohibir no evita que lo hagan, evita que nos cuenten. Tampoco se trata de vigilar. Lo importante es estar atentos y generar empatía. Que, ante un problema, pueden acudir a nosotros.
Busquemos capacitarnos para sensibilizar, prevenir y abordar situaciones de violencia de género digital. Y abramos espacios de escucha para las adolescencias. Nos necesitan. Estemos ahí.
* La autora es doctora en Comunicación (UNLP), docente de Socioantropología de la Salud (UNNOBA), directora del equipo interdisciplinario Juventudes y pantallas, investigadora del Centro de Investigación y Prevención de Riesgos en Entornos Digitales (CIPRED) del Instituto de Política y Gobierno (UNNOBA), y becaria posdoctoral del CONICET (CITNOBA).
Correo: juventudesypantallas@gmail.com
Foto: Lautaro Chiesa
Argentina, a contramano del Premio Nobel de Economía

Por Guillermo Tamarit*
Sorprende el contraste entre los recientes aportes de los Premios Nobel de Economía en los años 2024 y 2025, centrados en el rol de las instituciones y la innovación tecnológica en el crecimiento económico, y la situación actual de Argentina.
El país transita en dirección contraria a los principios fundamentales del desarrollo económico sustentable, con instituciones debilitadas, falta de previsibilidad jurídica y el menor nivel de inversión en ciencia y tecnología (CyT) de su historia reciente. Sin instituciones inclusivas ni una estrategia de desarrollo basada en el conocimiento, la Argentina no podrá revertir su tendencia al estancamiento.
Desde hace décadas, la economía institucional y la teoría del crecimiento innovador han aportado explicaciones sólidas sobre las causas del desarrollo económico sostenido. Los recientes ganadores del Premio Nobel de Economía en 2024 y 2025 ratifican esta línea de pensamiento: las instituciones inclusivas y la innovación tecnológica son condiciones necesarias —aunque no suficientes— para el progreso económico y social. No obstante, la Argentina parece avanzar en sentido contrario, deteriorando su arquitectura institucional, desinvirtiendo en sectores estratégicos y debilitando sus perspectivas de desarrollo.
Instituciones y desarrollo: aportes del Nobel 2024
El Premio Nobel de Economía 2024 fue otorgado a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson por sus contribuciones al entendimiento de cómo las instituciones políticas y económicas moldean el desarrollo de las naciones. En su obra más influyente, Why Nations Fail (Por qué fracasan los países, 2012), los autores sostienen que el éxito económico a largo plazo se basa en instituciones inclusivas, es decir, estructuras que promuevan la participación, aseguren derechos de propiedad, garanticen el cumplimiento de la ley y eviten la concentración del poder en manos de élites extractivas (Acemoglu & Robinson, 2012).
Este marco teórico plantea que el fracaso institucional ocurre cuando el poder económico y político se encuentra concentrado en grupos que impiden el surgimiento de innovaciones y de una economía dinámica.
La impersonalidad en la toma de decisiones, la independencia del Poder Judicial, la previsibilidad jurídica y la solidez de los órganos de control son características centrales de los países desarrollados.

Deficiencias institucionales en Argentina
En contraste con estas recomendaciones, el caso argentino presenta serias deficiencias institucionales. El país arrastra una prolongada falta de integración plena en la Corte Suprema de Justicia de la Nación, demoras en el nombramiento de jueces federales y vacancias prolongadas en organismos de control clave como la Auditoría General de la Nación (AGN) y la Defensoría del Pueblo, cuya titularidad permanece vacante desde hace más de 15 años.
Asimismo, la inestabilidad del marco normativo, el uso discrecional de herramientas institucionales, como el veto presidencial, y la falta de transparencia en los procesos de designación afectan negativamente la confianza en el Estado de derecho y alejan a la Argentina de los modelos institucionales que promueven el desarrollo sostenido.
Innovación tecnológica como motor del crecimiento: aportes del Nobel 2025
En 2025, el Premio Nobel fue concedido a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por sus investigaciones sobre el crecimiento económico impulsado por la innovación. Mokyr ha destacado cómo las condiciones culturales, educativas e institucionales fomentan (o bloquean) el avance científico y tecnológico (Mokyr, 2016). Aghion y Howitt, por su parte, desarrollaron la teoría del crecimiento por destrucción creativa, que explica cómo las innovaciones reemplazan tecnologías obsoletas y generan aumentos sostenidos de productividad (Aghion & Howitt, 1992).
Este enfoque enfatiza que la inversión en investigación, ciencia y tecnología (CyT) es indispensable para sostener el crecimiento económico en el largo plazo. Lejos de estas recomendaciones, la Argentina enfrenta el menor nivel de inversión en CyT de su historia reciente, con una política centrada exclusivamente en el ajuste fiscal y sin una estrategia que promueva el conocimiento como base del desarrollo.
En conclusión, la situación actual de Argentina pone en evidencia una profunda disonancia respecto a los principios defendidos por los economistas galardonados con el Nobel en 2024 y 2025. La falta de instituciones inclusivas, la inestabilidad jurídica y la desinversión en innovación y ciencia son barreras estructurales que impiden avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenido e inclusivo.
Mientras el mundo premia y adopta políticas basadas en la consolidación institucional y el impulso a la innovación, Argentina parece aferrarse a un modelo sin horizonte de crecimiento. En este contexto, el desafío no radica únicamente en corregir desajustes económicos coyunturales, sino en redefinir una estrategia de país que priorice el conocimiento, la legalidad y la inclusión como pilares del desarrollo.
Referencias bibliográficas
- Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty. Crown Business.
- Aghion, P., & Howitt, P. (1992). A Model of Growth through Creative Destruction. Econometrica, 60(2), 323–351.
- Mokyr, J. (2016). A Culture of Growth: The Origins of the Modern Economy. Princeton University Press.
- Sveriges Riksbank. (2024, 2025). Press releases on the Sveriges Riksbank Prize in Economic Sciences in Memory of Alfred Nobel. Retrieved from: https://www.nobelprize.org
*El autor es rector de la UNNOBA. Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor de Derecho Público y consejero de la Magistratura de la Nación.
Los verdes que te van a salvar

Vivimos en un momento clave: el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad que impacta en nuestras ciudades. Se habla mucho de energías renovables, reducción del plástico y consumo responsable. Pero hay una medida cotidiana que podemos tomar y que también es parte de la solución: el cuidado de los árboles de nuestras calles y plazas.
Los árboles urbanos regulan la temperatura, reducen la “isla de calor”, amortiguan lluvias intensas y nos ofrecen sombra y refugio. ¿Quién no estacionó alguna vez el auto bajo un árbol en primavera o buscó su copa durante una lluvia? También captan contaminantes atmosféricos, absorben ruido urbano, retienen agua en el suelo e incrementan la infiltración durante precipitaciones fuertes. Además, los árboles bien manejados contribuyen a la biodiversidad, ofreciendo hábitat para aves, insectos y otras especies menores. La ciencia lo confirma: los árboles bajan la temperatura del entorno, capturan contaminantes y mejoran la salud de quienes viven cerca. Sin embargo, aún falta que esa información llegue con claridad a la sociedad y a quienes toman decisiones.

Errores que venimos repitiendo
Durante décadas se plantaron especies por moda o estética, sin planificación: plátanos, eucaliptus, sauces, palo borracho. Hoy sabemos que muchos de ellos no son adecuados para veredas angostas ni para ambientes urbanos. Algo similar ocurre con la poda: todavía persiste la idea de que “en invierno hay que podar” en todos los casos. Pero las podas rutinarias, excesivas o mal hechas tienen consecuencias duraderas.
Imaginemos que estamos en la playa bajo el sol, y nos ofrecen tres sombrillas: una grande, una mediana y otra del tamaño de un paraguas. Sin dudarlo, elegiríamos la más grande para protegernos. Con los árboles sucede lo mismo: cuanto mayor es la copa, más sombra y beneficios brinda. Cuando los “mochamos”, les quitamos esa capacidad vital.

Beneficios de podas y manejo adecuado:
- Reducción del riesgo: eliminar ramas muertas o mal ubicadas previene accidentes con vientos o tormentas.
- Mejora de salud del árbol: cortes limpios, bien cicatrizados, preservando estructura, promueven un crecimiento vigoroso.
- Servicios ecosistémicos máximos: sombra, regulación térmica, absorción de contaminantes.
- Valor urbano y estético: árboles bien formados mejoran la calidad visual del entorno.
Perjuicios de malas podas y manejo deficiente:
- Daño estructural: el topping (desmoche) o los cortes extremos generan heridas grandes y mal cicatrizadas.
- Enfermedades y plagas: cortes mal hechos exponen al árbol a hongos, bacterias e insectos.
- Disminución de servicios ecosistémicos: menos sombra, menos enfriamiento, menor captura de contaminantes.
- Costos crecientes: más intervenciones y reemplazos.
- Impacto en biodiversidad y suelo: la reducción de la copa afecta la fauna y vegetación asociada.

Planificación y futuro
El arbolado urbano requiere planificación a largo plazo: elegir la especie adecuada para cada vereda, garantizar espacio para las raíces, evitar el exceso de ejemplares que compitan entre sí, y formar copas amplias y equilibradas.
Un árbol estresado por falta de espacio o podas indebidas se enferma más fácilmente y se vuelve riesgoso. Y, con el cambio climático, los episodios de lluvias intensas y vientos fuertes hacen que estos problemas se agraven.
El arbolado urbano no se renueva de un día para otro: los cambios que hagamos hoy recién se verán en 15 o 20 años. Por eso es vital pensar en las próximas generaciones.

Como ciudadanos podemos involucrarnos: cuidar el árbol frente a casa, evitar podas innecesarias, participar en planes municipales y, sobre todo, comprender que cada árbol sano es una inversión en nuestro bienestar y en el de quienes vendrán.
El desafío es colectivo: científicos, gobiernos locales, comunicadores y vecinos. Si logramos una gestión participativa y consciente, podremos construir ciudades más frescas, saludables y resilientes frente al cambio climático. Porque al cuidar un árbol, no solo estamos protegiendo un organismo vivo: estamos preservando nuestro propio futuro.

*La autora, Ana Clara Cobas, es Dra. en Ciencias Agrarias y Forestales. Es investigadora del CONICET e integrante de los laboratorios de Biomosa (LIBiMA) y de Ensayos de Materiales y Estructuras (LEMEJ), ambos pertenecientes a la UNNOBA.
Fotos de esta columna: Lautaro Chiesa
**La isla de calor es un fenómeno por el cual las áreas urbanas experimentan temperaturas del aire más altas que las zonas rurales circundantes, debido a la actividad humana y la infraestructura.










