Un simulador para potenciar la enseñanza

Por Gricelda Incerti
La tecnología cumple su verdadero propósito cuando ayuda a derribar barreras. Con esta premisa un equipo interdisciplinario de la Universidad desarrolló tecnología abierta aplicada a la formación en salud, con el objetivo de ampliar el uso de simuladores clínicos avanzados y fortalecer la capacitación profesional mediante herramientas innovadoras.
La formación en salud mediante simulación clínica suele depender de equipos comerciales de alto costo, lo que limita su acceso en muchas instituciones educativas. Frente a este escenario, dos equipos de investigación de la UNNOBA, el Instituto de Investigación y Transferencia en Tecnología (ITT) y el Instituto Académico de Desarrollo Humano (IADH), impulsan un proyecto orientado a desarrollar un simulador clínico de bajo costo, alta fidelidad y hardware abierto, pensado para ampliar las posibilidades de formación en el ámbito universitario público.

La iniciativa comenzó en 2022 y propone la creación de una herramienta tecnológica accesible que combine conocimientos de distintas disciplinas. En el proyecto convergen áreas como la ingeniería y la enfermería, con el objetivo de diseñar dispositivos replicables que permitan mejorar las prácticas de enseñanza y aprendizaje en el campo de la salud.
La magíster en Tecnologías Informáticas Aplicadas a la Educación Paula Lencina, investigadora del Instituto de Investigación y Transferencia en Tecnología (ITT) de la UNNOBA, docente y directora del proyecto, explicó: “En el campo de la formación en salud, la simulación clínica es una herramienta fundamental, aunque históricamente ha estado asociada a equipamiento extremadamente costoso. Esa situación genera desigualdades en el acceso a experiencias educativas de alta calidad. Frente a ese escenario, desde la universidad pública el equipo decidió preguntarse si era posible desafiar ese límite mediante el desarrollo de tecnología propia, accesible y replicable”.

Tecnología accesible con alto realismo clínico
El proyecto propone repensar el modelo tradicional de tecnología educativa mediante el desarrollo de un simulador de bajo costo, pero con altos niveles de fidelidad clínica. Para ello se utilizan tecnologías accesibles como impresión 3D, microcontroladores y software abierto.
Lencina explicó que la “alta fidelidad” implica que el simulador pueda reproducir de manera realista “distintas situaciones clínicas”, mientras que el enfoque de hardware abierto permite que su diseño sea comprendido, replicado y mejorado por otras instituciones. “De esta manera, el conocimiento generado no queda restringido a empresas o patentes, sino que puede circular dentro de la comunidad académica”, sostuvo.

En este punto, la licenciada Naian Luhaces, coordinadora del Laboratorio de Simulación de Enfermería y codirectora del proyecto, remarcó la importancia de diferenciar el concepto de simulador del de maniquí, dentro de la simulación clínica. Mientras que un maniquí constituye una estructura inerte “el simulador es un sistema diseñado específicamente para generar experiencias de aprendizaje con objetivos pedagógicos definidos”.
“El desarrollo de este dispositivo no debe entenderse únicamente como una innovación tecnológica, sino también como una forma diferente de investigar y construir conocimiento dentro de la universidad pública. Detrás del simulador existe un diseño pedagógico, procesos de validación clínica y un trabajo interdisciplinario sostenido que busca contribuir a la formación de calidad de las y los estudiantes de enfermería”, indicó Luhaces.

En ese sentido, destacó que el simulador trasciende su dimensión tecnológica para convertirse en una experiencia educativa integral: “Más que un objeto, se trata de un proyecto educativo en el que confluyen investigación, compromiso académico y reflexión permanente sobre cómo formar mejores profesionales de la salud”.
Avances tecnológicos y desarrollo interdisciplinario
Desde su inicio, el proyecto logró avances tecnológicos significativos. Entre ellos se destacan módulos de realismo clínico que incorporan sensores y sistemas electrónicos capaces de registrar parámetros durante las prácticas.
Dentro de los desarrollos alcanzados se encuentran dispositivos para la práctica de reanimación cardiopulmonar (RCP) basados en microcontroladores ESP32 (de bajo costo y consumo, con Wi-Fi y Bluetooth integrados), que permiten medir con precisión distintos parámetros durante los ejercicios, así como sistemas de movimiento ocular automatizado que aumentan el realismo de los escenarios clínicos.

El simulador también incorpora una interfaz digital que permite visualizar variables en tiempo real y ofrecer retroalimentación inmediata durante las prácticas. Según explicó Lencina, “esto transforma la simulación en una experiencia mucho más interactiva, en la que los estudiantes no solo realizan procedimientos, sino que también pueden observar cómo sus acciones impactan en el escenario clínico”.
Respecto del trabajo interdisciplinario, Luhaces señaló que “la articulación entre ingeniería informática y enfermería se construye a partir del diálogo permanente entre los equipos”. En un principio, desde el campo de la enfermería se definen las necesidades clínicas y las características que debe incorporar el simulador para alcanzar mayor realismo, como la presencia de pulso periférico, movimiento ocular o sistemas de monitorización. A partir de esos requerimientos, el equipo de ingeniería en informática traduce esas demandas en soluciones tecnológicas concretas.
“No se trata de que una disciplina esté al servicio de la otra, sino de una construcción conjunta en la que cada área aporta su conocimiento específico: la informática desde el desarrollo tecnológico y la programación, y la enfermería desde el criterio clínico, el enfoque pedagógico y la validación académica”, explicó Luhaces.

Realismo clínico y aprendizaje significativo
Uno de los aspectos centrales del proyecto es el desarrollo de módulos de realismo clínico que permiten recrear escenarios complejos durante las prácticas. En este sentido, Luhaces señaló: “El objetivo del realismo no es impresionar al estudiante, sino generar un compromiso cognitivo y emocional con la situación clínica. Cuando el escenario presenta coherencia fisiológica y contextual, los estudiantes dejan de ejecutar una práctica mecánica y comienzan a tomar decisiones clínicas reales”.
Este tipo de experiencias favorece la integración entre teoría y práctica y fortalece la confianza de los futuros profesionales, ya que permite enfrentarse a situaciones complejas sin poner en riesgo a pacientes reales.
Inteligencia artificial para interactuar con los estudiantes
Uno de los desafíos más innovadores del proyecto es la incorporación de tecnologías de inteligencia artificial que permiten una interacción más natural durante los escenarios de simulación. Para ello, el sistema integra herramientas de Speech-to-Text, que convierten la voz de los estudiantes en texto que el simulador puede interpretar, y Text-to-Speech , que permiten que el dispositivo responda mediante voz. De esta manera, los estudiantes podrían interactuar con el simulador como si estuvieran frente a un paciente real.

Estas tecnologías están diseñadas para funcionar de manera local, sin depender de servidores externos ni de conexión permanente a Internet. Para Lencina, “esto resulta fundamental en entornos educativos, ya que garantiza la autonomía tecnológica, la protección de datos y la posibilidad de utilizar el simulador incluso en contextos con conectividad limitada”. Luhaces agregó que “la inteligencia artificial abre la posibilidad de desarrollar escenarios de simulación más dinámicos, con respuestas automáticas e interactivas por parte del simulador”.
No obstante, ambas aclararon que estas herramientas no reemplazan el rol docente, sino que lo fortalecen y amplían. El sentido pedagógico y ético de la formación “continúa dependiendo de la intervención y del juicio profesional de quienes enseñan”.
Un espacio de formación científica
Más allá del desarrollo tecnológico, el proyecto se consolidó también como un espacio de formación para estudiantes y jóvenes docentes que participan activamente en la investigación. Para muchos de ellos representa su primer contacto con la ciencia aplicada, una experiencia que permite comprender cómo una idea inicial puede transformarse, paso a paso, en un prototipo funcional con un propósito concreto dentro de la formación en salud.

En ese proceso, los participantes aprenden a trabajar de manera interdisciplinaria, a formular preguntas, experimentar, corregir errores y sostener la curiosidad científica. Para la directora del proyecto “acompañar ese proceso resulta especialmente significativo, ya que formar profesionales no implica solamente transmitir contenidos, sino también despertar vocaciones científicas”.
Conocimiento al servicio de la comunidad
La meta final del proyecto es devolver a la comunidad el conocimiento generado dentro de la universidad. “Si más profesionales de la salud pueden formarse con mejores herramientas, eso se traducirá directamente en una atención sanitaria más segura y de mayor calidad”, afirmó Lencina, y agregó: “El desarrollo apunta a fortalecer la soberanía científica y tecnológica del país, promoviendo la generación de conocimiento local y la formación de profesionales capacitados”.
En esa misma línea, Luhaces sostuvo que los logros técnicos adquirieron verdadero valor cuando se integran a un proceso educativo: “Cada componente desarrollado, desde sensores hasta interfaces o algoritmos, se convierte en una herramienta que permite mejorar el aprendizaje, promover el trabajo colaborativo y contribuir a la formación de profesionales de la salud más preparados”.
El equipo de investigación, sostiene que, el proyecto representa también una forma de reafirmar el papel de la universidad pública en la producción de conocimiento y en la construcción de soluciones tecnológicas con impacto social. La convicción compartida es que la excelencia académica no debería depender de la capacidad económica de una institución, sino convertirse en un estándar accesible para todos.
Además de Lencina y Luhaces, el equipo de trabajo está formado por docentes y estudiantes de la Escuela de Tecnología (ET) y el Instituto Académico de Desarrollo Humano (IADH). Los docentes de la ET son Juan Pablo Beloso y Sebastián José Nievas, mientras que por parte del IADH participan las docentes Micaela Tolosa y Valeria Maggini. Entre los estudiantes de ET se encuentran Adriel Jared Micheref, Alfonso Zuccali, Ariel Vilche, Elías Uribe Curapil, Eric Doyle, Felipe Lucero, Juliana Degirolamo, Lucas Lovizzio, María Florencia Mulet, Mateo Ezequiel Hernández, Tomás Miquelez, Tomás Emanuel Toledo y William Pedro Uribe Curapil. En tanto, los estudiantes de IADH que integran el grupo son Arias Vicente, Débora Samanta Lescano, Josefina Rodríguez, Lourdes Pacheco y Magalí González.
Fotos: Lautaro Chiesa