Un grito de libertad

Diálogo con el docente e investigador en historia Guillermo Quinteros. “El grito fundamental en junio del 18 fue de libertad y ello suponía la pluralidad de ideas, la tolerancia y el respeto hacia lo diferente”. La Reforma Universitaria, en perspectiva, implica repensar también los modos políticos de concebir el conocimiento científico.

La Reforma Universitaria de Córdoba fue para Carlos Tünnermann Berheim la iniciativa que más contribuyó a dar “un perfil particular a la Universidad latinoamericana”. “El Movimiento originado en Córdoba logró muy pronto propagarse a lo largo y ancho de América Latina, demostrando que constituía una respuesta a necesidades similares experimentadas en toda la región”, sostenía el exministro de Educación nicaragüense en su libro, publicado en 2008, Noventa años de la Reforma Universitaria.

Sin embargo, resulta oportuno preguntarse: ¿cuáles eran condiciones particulares de esa “oscura Universidad mediterránea” que permitieron imaginar una transformación tan significativa y perdurable para las instituciones universitarias de hoy?

Guillermo Quinteros, doctor en Historia e investigador de la Universidad Nacional de La Plata, intenta recrear el contexto cordobés previo al “Grito de Córdoba” para luego comprender el fenómeno posterior: “Es posible que buena parte de los cordobeses y, en particular, quienes pertenecían a los claustros universitarios, continuaran pensando de forma parecida a quienes planteaban la especificidad de una identidad cordobesa. Una de sus características principales, en oposición a la identidad porteña, era su fuerte anclaje en la religión católica, que se había mantenido de alguna manera más pura por no haber sido permeada por las corrientes cosmopolitas típicas de los puertos”.

Precisamente, los estudiantes se rebelan, en una primera instancia, contra ese clericalismo que dominaba las aulas universitarias. Quinteros profundiza: “Toda una manera de pensar el mundo, la historia, el conocimiento, a partir de un dogma de fe, resultaba contrario al pensamiento científico del momento”. De alguna manera, el laicismo ocupó un lugar central en la ideología reformista porque “sintetizaba la apertura mental que los estudiantes reclamaban”. Y añade: “Ya desde fines del siglo XIX, se estaba planteando en algunas escuelas fundadas por Sarmiento que la ciencia tenía que ser experimentada, porque esa era la manera no sólo de aprender, sino de generar un pensamiento propio”.

Más allá del programa particular que la Reforma Universitaria instauró para las universidades, el estallido estudiantil “detona” a partir acontecimientos puntuales que los estudiantes cordobeses no estaban dispuestos a admitir. “Surge como una reacción a la eliminación de lo que se conoce como el internado y las prácticas de los estudiantes de medicina en los hospitales. ¿Qué significaba esto? Nada más y nada menos que la imposibilidad de los aspirantes a médicos de realizar prácticas con pacientes de carne y hueso. Es decir, se veían constreñidos al saber teórico”, relata Quinteros, quien es compilador del libro Voces de La Reforma en la Universidad Nacional de La Plata. 50 años de dirigencia estudiantil (en proceso de evaluación editorial).

Según Quinteros, el reclamo específico involucró distintos aspectos: “Por un lado, se consideraba que la formación académica resultaba insuficiente para el ejercicio de una profesión. Había, también, un problema social, ya que por la eliminación de los internados se dejaba afuera a una parte de los estudiantes con menos recursos”. No obstante, se puede “leer” también la situación de Córdoba como un reclamo de una clase social en ascenso que, a través del estudio, esperaba obtener los créditos necesarios para mejorar su status, en el contexto del primer gobierno elegido democráticamente y por voto popular de la historia argentina: “Una de las aspiraciones burguesas de los hijos de las clases medias era lograr una mejor performance en el seno de la sociedad. De manera tal que esta juventud de Córdoba buscaba, en principio, que no se les cerrara el camino hacia el logro de una modernidad más plena, para decirlo en términos generales”.

Al rememorar los hechos puntuales de la rebelión estudiantil de Córdoba, puede llamar la atención y resultar difícil de comprender que los mismos estudiantes que en el Manifiesto Liminar se refirieron a la llegada de la “hora americana” entonen La Marsellesa al marchar por las calles de la ciudad. Quinteros contextualiza el sentido que este himno cobraba en el reclamo estudiantil: “Era el símbolo de la Revolución Francesa y si hay algo que esa revolución representó para toda la humanidad fue la lucha contra la opresión. Desde entonces quedó como un himno de la libertad y toda vez que se presentaba una circunstancia de opresión como derivado de lo viejo, de lo atrasado y perimido, se cantaba La Marsellesa”.

En esa línea, Quinteros profundiza las características de lo que llama “ideología reformista”, en la que convergían diferentes corrientes (anarquistas, socialistas, radicales, comunistas): “El grito fundamental en junio del 18 fue de libertad y ello suponía la pluralidad de ideas, la tolerancia y el respeto hacia lo diferente, la garantía por parte de los poderes para practicar los mecanismos de representación. Eran ideas profundamente liberales, predominantes en la época y muy afines a la Unión Cívica Radical. Pienso que ello favoreció el apoyo de Hipólito Yrigoyen a la Reforma. Pero todavía estaba lejos la idea de conformar una agrupación universitaria que fuera la expresión partidaria de tal o cual partido. Posiblemente, los elementos de contención giraban en torno, al menos en los comienzos, a la percepción de que tenían enemigos comunes contra quien luchar, independientemente de la identidad que cada uno sustentara”. Y añade: “Todas las corrientes coincidían en luchar contra todo resabio de lo que llamaban colonialismo”.

Para terminar de perfilar aquella ideología reformista de los inicios, el doctor Quinteros ilustra: “Las bases ideológicas genéricas impulsoras se encontraban en el liberalismo, en los ideales burgueses que suponían el ascenso social, en un idealismo que se manifestará de diferentes formas, tales como el pacifismo, el antimilitarismo y lo que, según entiendo, fue el primer antiimperialismo”.

¿Jóvenes sin maestros?

En el Manifiesto Liminar, documento de base de la Reforma Universitaria (fechado el 21 de junio de 1918 y redactado por Deodoro Roca), aparece doce veces la palabra “juventud”. A lo largo del texto, los “jóvenes heroicos” se ubicaban del lado de la ciencia y de la democracia, luchando contra la tiranía y la mediocridad que representaban, desde su punto de vista, el cuerpo de profesores de la Universidad de Córdoba. “Las Universidades han llegado a ser fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil”, aseguraban.

No obstante, Quinteros intenta ser prudente diferenciando la arenga de la percepción que los estudiantes tenían de sí mismos: “Me parece que el grupo que encara la rebelión y las gestiones posteriores se percibe como un sujeto partícipe de la historia, que no quiere que lo dejen fuera de la cosa pública universitaria. Hay una disposición constructiva y de aceptación del lugar que ellos debían ocupar, más modesto que el proclamado”.

Uno de los momentos más emotivos del documento es cuando los estudiantes se refieren a lo que, para ellos, debería ser la enseñanza: “La autoridad, en un hogar de estudiante, no se ejercita mandando sino sugiriendo y amando: enseñando. Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y de consiguiente infecunda. Toda la educación es una obra de amor a los que aprenden”. A esta altura, cabe preguntarse: si ellos se rebelaban contra la autoridad de un cuerpo de docentes, a quienes consideraban indignos de ser sus maestros pero, por otra parte, exaltaban el valor de la enseñanza, ¿quiénes fueron, entonces, sus referentes? El profesor Quinteros reflexiona: “El Manifiesto Liminar critica a los profesores por ejercer una práctica docente en la que no había espacio para pensar. Muy probablemente estaban buscando nuevos maestros. Los van a encontrar, pero luego, porque personajes tales como Alejandro Korn, Alfredo Palacios, Manuel Ugarte, Aníbal Ponce, Saúl Taborda, y también José Ingenieros, Sergio Bagú, José Carlos Mariátegui, Víctor Haya de la Torre, el propio [Gabriel] del Mazo, y muchos más, son todos intelectuales que suscribieron a un ideario reformista en proceso de construcción”.

La cuestión social

De acuerdo a Tünnermann, el programa de la reforma “desbordó los aspectos puramente docentes e incluyó toda una serie de planteamientos político-sociales”. Entre ellos aparece las preocupación del rol de la Universidad y el aporte de ella a su sociedad. Según el autor, durante el Primer Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios (julio de 1918) se formula un programa completo de la Reforma que, entre otras cuestiones, incluye la extensión universitaria. En otras palabras, se comienza a bosquejar de qué manera la institución debía relacionarse con su comunidad.

Para Quinteros, existen antecedentes previos de lo que llama preocupación social de la Universidad. El docente, también extensionista, recuerda: “Siendo Ministro del Interior, Joaquín V. González elabora una ley nacional del trabajo a raíz de la cual encarga en 1904 a Juan Bialet Massé el primer informe sobre las condiciones de la clase obrera en la argentina. ¿A qué viene esto? Se reconoce en González y en un grupo de dirigentes de la élite gobernante ser los precursores, aunque resulte paradójico, de la tímida puesta en agenda de la cuestión social”. Sin embargo, aclara: “Para 1918 la función social de quienes tenían acceso a la Universidad no tenía el desarrollo que, en todo caso, tuvo décadas después. No obstante, este tipo de sensibilidad para con los problemas sociales comienza a ser objeto de atención proponiendo la Extensión Universitaria como mecanismo para traspasar los límites de los claustros. Ciertamente este concepto, el de extensión, era todavía muy vago y lo seguirá siendo por mucho tiempo, pero denotaba una preocupación que probablemente todavía no supieran cómo resolver”.

A cien años de la Reforma, ¿considera que el movimiento contribuyó a otorgar mayor calidad a las Universidades y a mejorar la sociedad?

-Considero que sí, que fue muy positivo visto lo acontecido a lo largo de estos cien años. Claro que hay cuestiones a mejorar en todos los aspectos: docencia, investigación, extensión, divulgación científica, nuestra relación con el Estado, nuestras relaciones con las provincias y con el sistema de educación. Entonces no hablaría de mayor calidad porque habría que considerar períodos y sería muy largo. Me inclino a pensar que una cosa ha perdurado, y es una de las pocas cosas que debieran seguir abonándose: la idea de que cada uno de los estudiantes que ingresa a la Universidad puede, junto con otros, cambiar el mundo. Parece grandilocuente pero es así, porque los principios de la Reforma llevados a la práctica implicaban trabajo, investigación original, resolución de problemas, pensamiento libre. Entonces, si los favorecemos, es posible que mejoremos mucho.