Gigantes de harina y cemento

Por Ana Sagastume

Hay quienes ven en esos “gigantes” urbanos una irrupción incómoda, una “mole” sin gracia que desentona con el gusto estético contemporáneo. Para quienes circulan por la calle pueden ser causa de trastorno y fuente de peligro, por el desfile “constante” de camiones que ocasionan. Para los más cercanos, los vecinos, son un padecimiento cotidiano, por el polvillo diario que dificulta la limpieza y hasta ocasiona alergias. En cambio, cuesta más apreciarlos como las huellas de un pasado industrial que dio forma a nuestras comunidades pampeanas.

Los molinos harineros ocultan los vestigios de la expansión agroexportadora argentina de fines del siglo XIX e inicios del XX, ya sea a partir del abandono de sus enormes construcciones o por la actividad industrial que continuó y, capa tras capa, fue solapando esos orígenes. La tarea en la que se ha embarcado Melina Yuln —investigadora del CONICET e integrante del Laboratorio de Investigación en Ambiente y Sostenibilidad (UNNOBA)— es la de ponerlos en valor, entendiendo que son parte de un patrimonio industrial singular asociado a la migración europea, la consolidación del sistema ferroviario y la modernización tecnológica del modelo agroexportador. Pero sus indagaciones no se limitan al pasado, sino que esta doctora en Arquitectura y Urbanismo pretende exponer las tensiones actuales entre preservación patrimonial y desarrollo productivo.

Para estudiar a estos edificios emblemáticos que se presentan como “espacios de memoria viva” en la región, esta arquitecta investiga cinco casos-testigo:

  • Industrias activas como Tassara (Junín), Chacabuco y Cánepa (Chivilcoy).
  • Molinos transformados en museos, como Vaccarezza (Alberti).
  • Molinos abandonados, como San Ignacio (Junín).

Legado y espacios de memoria viva

Melina Yuln es doctora en Arquitectura y Urbanismo, docente de la UNNOBA e investigadora del CONICET. Foto: Lautaro Chiesa.

Los molinos harineros en la región surgieron para responder a una necesidad básica: alimentar a la población local. “Hasta 1870 —cuenta Yuln— Argentina tenía que importar trigo, ya que no podía abastecer al mercado local. Esta situación cambiaría sustancialmente tan solo dos décadas después, para fines del siglo XIX. En aquel momento, cada pueblo de la región del noroeste de Buenos Aires ya contaba con un molino y con una manufactura asociada, por ejemplo, una fábrica de fideos o una panadería”.

Con el correr de los años, los molinos modernizaron sus tecnologías de producción y pasaron de abastecer al consumo local a exportar sus productos al mundo, convirtiéndose en verdaderos pioneros industriales, ligados al modelo agroexportador de la Argentina moderna. “La aparición del ferrocarril en nuestras comunidades, a finales del siglo XIX, fue fundamental para trasladar estos productos a los puertos de Buenos Aires y Rosario, y de ahí al mundo”, agrega Yuln.

Cuando surgieron los molinos harineros en la región estaban alejados de las viviendas. Tal es el caso de Molinos Tassara en Junín. Foto: Alberto Haylli. Fuente: Proyecto Haylli.

—Se suele entender al patrimonio como algo estático y que es necesario preservar. Por ejemplo, un edificio histórico, objetos en un museo. Pero vos afirmás que “los molinos son espacios activos de memoria viva”. ¿Qué significa esto? 

—Los molinos que estudiamos son centenarios y, en la mayoría de los casos, a lo largo del tiempo han mantenido su actividad original, salvo el Vaccarezza, de Alberti, hoy convertido en museo, y el exmolino San Ignacio, que entró en un proceso de quiebra y no está en actividad. Pero en líneas generales estos molinos que elegimos como casos-testigo son industrias que permanecen activas hasta hoy. Por lo tanto, uno no puede hablar de un legado estático, inamovible. Constituyen un elemento urbano que hoy convive con el resto de la población.

Vivir al lado de una industria

Molino Muscariello se impone y sobresale en el barrio de viviendas de Junín en la foto tomada por Alberto Hayilli.. Fuente: Proyecto Haylli.

Nacieron alejados de los primeros caseríos, en los incipientes pueblos pampeanos. Pero las ciudades crecieron a su alrededor y, poco a poco, los fueron cercando. Las que antes eran plantas industriales en las afueras comenzaron a convivir con casas de familia, generando un choque entre vida fabril y vida residencial. “Esto dio lugar a tensiones lógicas con la comunidad”, explicó Yuln.

De acuerdo a la arquitecta y docente en las carreras de Ingeniería de la UNNOBA, este tipo de conflictos estuvo ocasionado, en parte, por la falta de planificación territorial. “Es decir, las ciudades crecieron sin demasiadas previsiones. Entonces, tenemos a estos grandes aparatos industriales en el medio de la urbe, conviviendo con otros usos del suelo”, explicó Yuln.

Para evitar conflictos con la población local, ciertas empresas optaron por trasladar sus plantas a Parques Industriales pero, algunas de ellas, hallaron nuevas dificultades: “En determinados casos, tuvieron que abandonar la idea por encontrar ciertas restricciones para su desarrollo. Por ejemplo, no contar con el suministro necesario de gas en el Parque Industrial de su ciudad”.

Las ciudades crecieron alrededor de los antiguos molinos harineros, antes alejados de la ciudad, y, paulatinamente, los fueron cercando. Así, las industrias quedaron insertas en la trama urbana. Foto: Lautaro Chiesa.

Aunque las nuevas dificultades también se explican por una falta de planificación gubernamental, Yuln matiza: “En una planificación no hay un solo actor interviniente, hay muchos actores en distintos estratos jurisdiccionales. No se trata solo de lo local, sino que también está lo provincial y lo nacional, instituciones públicas, empresas privadas. Es decir, es un entramado muy complejo”.

En ese marco, Yuln llamó a considerar al conflicto como algo constructivo: “Somos una sociedad que está en movimiento, en constante transformación. Los edificios se modifican, las construcciones cambian… la ciudad en sí es un organismo generador de conflicto, y a veces eso no significa algo malo, sino la posibilidad de pensar nuevas soluciones para el futuro. En todas las sociedades hay tensiones y, desde esta perspectiva, pretendemos aportar para construir espacios patrimoniales sostenibles”.

La alternativa de la preservación patrimonial

Andrés Vaccarezza fundó el molino en 1871, en Alberti, y ubicó su residencia familiar en el mismo predio. Gentileza de la imagen: Museo casa Andrés Vaccarezza “El molino”.

Los cinco molinos estudiados expresan una tensión entre preservación y modernización; desde Molino Vaccarezza, hoy convertido en museo, hasta Molino Chacabuco y Molinos Tassara, que demuestran la capacidad de reconversión productiva basada en las nuevas demandas del mercado.

El de Alberti, construido en 1871, fue también una residencia familiar donde funcionaban antiguamente otras actividades comunitarias, como una escuela y un espacio de asistencia a los primeros pobladores. “Era la casa original de Don Andrés Vaccarezza, fundador del molino —cuenta Yuln—. Es decir que el casco de la estancia y el molino que le dieron vida al pueblo se convirtieron, con el paso del tiempo, en el centro del poblado. Esa construcción, que perteneció a la familia fundadora hasta hace poco, ya no podía ser mantenida por ellos. Entonces, se llegó a un acuerdo con el municipio, para que la gestione. Se hicieron muchos trabajos de restauración y de puesta en valor. Es decir, la solución que se encontró para este caso, fue de características culturales y con apoyo estatal”.

La residencia familiar y molino perteneciente a la familia Vaccarezza hoy es un museo que busca preservar el patrimonio histórico y cultural del partido de Alberti. Gentileza de la imagen: Museo casa Andrés Vaccarezza “El molino”.

Industrias vigentes y tensiones comunitarias

Los molinos Cánepa (Chivilcoy), Tassara (Junín) y Chacabuco representan otro camino posible para la pregunta qué hacer con los molinos históricos. Los tres apuntaron a mantener su productividad, a partir de la adaptación tecnológica y la gestión patrimonial. Probablemente, el caso más paradigmático es Molino Chacabuco —fundado en 1918 y liderado por la tercera generación de la misma familia— por el uso de energías renovables y la oferta de productos orgánicos, para responder a las demandas actuales de una industria sostenible y amigable con el medioambiente. “A lo largo del tiempo, los molinos centenarios han ido sorteando distintas dificultades políticas, económicas, etcétera. Más recientemente se suma esta mirada ambiental que es importante para pensar cómo seguimos a futuro. Me parece que esta reconversión que hacen al incorporar, por ejemplo, harinas orgánicas o alimentar sus plantas a través de energía solar y eólica, es una forma de adaptarse a los cambios”, señala Yuln.

Sin embargo, es también cuando esas industrias centenarias continúan operativas que ocurren las principales tensiones con la población. Se las acusa de generar polvillo, ruidos, olores y tránsito pesado en los lugares residenciales. A estos reclamos basados en la convivencia cotidiana, se les suman otros sobre acontecimientos puntuales de mayor gravedad, como incendios o colapso de silos.

“Los municipios —plantea Yuln— deben incrementar los controles y aplicar las reglamentaciones necesarias para que estos edificios, que todavía están en funcionamiento, puedan convivir con otros usos del suelo, por ejemplo, residenciales”. Al mismo tiempo, según la investigadora, deben brindar las condiciones adecuadas para que, al ampliarse, puedan hacerlo en zonas alejadas de las viviendas familiares.

La planta más antigua de Molinos Tassara se ubica en el actual barrio “El Molino”, contiguo a la zona céntrica de Junín. La vida industrial implica tránsito pesado, ruidos y polvillo, lo que ocasiona tensiones con los vecinos. Foto: Lautaro Chiesa.

“La problemática se agudiza cuando los molinos introducen nuevas unidades productivas, sin relocalizarse en parques industriales”, añade Yuln y asegura: “Lo que no puede permitirse es que los molinos sigan creciendo en el ejido urbano. Deberían hacerlo en otros espacios industriales específicos”. En definitiva, es necesario revisar las políticas de ordenamiento territorial y gestión ambiental, evaluando el impacto que los molinos tienen y, fundamentalmente, “incorporando la participación de la comunidad en la toma de decisiones”.

Viejo y abandonado

La contracara de los dos caminos que podrían tomar los molinos (uso cultural o productivo) lo representa Molino San Ignacio que, al no poder ser sustentable económicamente, entró en un proceso de quiebra en 2022 y hoy es un edificio abandonado de la ciudad de Junín. Al mismo tiempo, tampoco encontró una salida en la preservación patrimonial, como fue el caso de Vaccarezza.

Molino San Ignacio fue una próspera industria de Junín en el siglo pasado. Foto: Alberto Haylli. Fuente: Proyecto Haylli.

“Se trata de un edificio privado, inserto en una zona bastante céntrica, que quedó desafectado de su actividad original. Al principio, algunos vecinos habrán estado satisfechos por no tener más vibraciones, polvillo o ruido de camiones. A la larga, la comunidad comienza a inquietarse por tener ese edificio abandonado en el medio de la trama urbana“, describe la arquitecta.

Si pensamos en posibilidades de solución, la doctora Yuln subraya la búsqueda colectiva de alternativas: “Es un tema para analizar desde el Estado municipal y los vecinos, así como articular con los privados en la búsqueda de una solución. No hay una receta única. Las posibilidades van desde los usos culturales de los antiguos edificios hasta la reactivación productiva”.

Molino San Ignacio entró en proceso de quiebra en 2022. Hoy es un edificio abandonado en la ciudad de Junín. Foto: Lautaro Chiesa.

En este punto, Yuln introduce una nueva problemática que, de acuerdo a su opinión, puede dificultar hallar soluciones: la tensión entre lo público y lo privado: “Cuando hablamos de patrimonio estamos pensando en el valor histórico que tienen estos edificios para la comunidad. Pero, al mismo tiempo, no nos podemos olvidar que también son edificios privados. Entonces, esta tensión también lleva a dilatar la resolución de estos dilemas“.

Molinos e identidad regional

En el artículo “Molinos del pasado, desafíos del presente”, Yuln aclara que los molinos no deberían considerarse “meras reliquias”, sino “nodos claves para entender la identidad pampeana, al entrelazar historia industrial, memoria local y desafíos contemporáneos”. Porque, según ella, la historia de los molinos centenarios “nos atraviesa a los que somos de esta región”: “Nos toca de una manera particular porque muchos venimos de familias de inmigrantes, de la misma manera que los fundadores de estas industrias”.

Por eso, tal como sostiene, la investigación histórica nunca se limita a “describir el pasado”, sino que tiene que servirnos para “proyectarnos hacia el futuro”. “Ese pasado que parece tan remoto nos está tocando a la puerta hoy mismo”, expresa la investigadora.

Yuln: “La ciudad en sí es un organismo generador de conflicto, y a veces eso no significa algo malo, sino la posibilidad de pensar nuevas soluciones para el futuro”. Foto: Lautaro Chiesa.

Colaboraron en la investigación a cargo de Melina Yuln, mediante visitas de campo, aportes fotográficos y búsqueda documental: la arquitecta Andrea Vicher y los estudiantes de la Escuela de Tecnología Stefano Bettini, Carolina Herrera y Karina Gil.