Doctorados en pandemia

Jóvenes profesionales de la UNNOBA obtuvieron el máximo grado académico, en un contexto difícil e inusual. Sus aportes permiten ampliar los saberes de los diferentes campos científicos.

Por Ana Sagastume

Tienen alrededor de treinta años, son de la zona y ya alcanzaron el máximo grado académico que una Universidad puede otorgar. Son las nuevas doctoras y los nuevos doctores de la UNNOBA, quienes obtuvieron su título en el contexto inusual que impuso la pandemia.

De esta forma, la Universidad dio un paso hacia ese horizonte planteado como aspiración máxima: excelencia académica. Porque estas jóvenes doctoras y doctores, también son docentes que forman e inspiran a estudiantes de la UNNOBA que ingresan con la ilusión de convertirse en profesionales. Gastón Crupi, director de Relaciones Internacionales, informa que, precisamente, una de las dimensiones que se tienen en cuenta para calificar a las Universidades es la cantidad de docentes que alcanzaron el máximo grado académico: “Uno de los ítems que miden los ranking internacionales de Universidades es la cantidad de docentes que obtuvieron doctorados”.

Pero el aporte a la sociedad de estos jóvenes, no se limita a asegurar la calidad de los equipos docentes, sino que también se vincula con los nuevos conocimientos que fueron capaces de generar en su tarea de investigación para la región y para el país. En efecto, para obtener un doctorado es necesario demostrar que se efectuó una contribución significativa en determinada área de conocimiento. La secretaria de Investigación, Desarrollo y Transferencia, Carolina Cristina, considera: “Este esfuerzo tiene muchísimo valor, no solo para quienes se doctoraron, que dieron un paso fundamental en su crecimiento profesional, sino para la Universidad misma que produjo nuevos conocimientos valiosos para la sociedad”.

Uno de los nuevos doctores aportó nuevos conocimientos sobre los cultivares de trigo.

Así, en el entorno enriquecedor de un equipo de investigación, dos doctoras generaron nuevos saberes en el campo de salud humana a partir de hallazgos en el comportamiento de los tumores; otras dos, en el mejoramiento de las pasturas destinadas al ganado; dos doctores realizaron aportes en la producción agropecuaria; en tanto, otra de las doctoras lo hizo con la meta de aprovechar residuos industriales y mejorar el funcionamiento de motores.

Mejores pasturas para la ganadería

Los suelos altos, menos susceptibles a inundarse, son los más codiciados para los productores agrícolas porque aseguran un mayor rendimiento. De esta manera, la ganadería en el país tendió a desplazarse a los suelos más bajos, en cuencas y depresiones, los cuales comparten un mismo problema: la salinidad.

Agostina Affinito, ingeniera agrónoma de la UNNOBA y ahora doctora en Ciencias Agrarias (UNR), explica con claridad el problema: “Al expandirse la agricultura, la ganadería se desplazó a suelos con este tipo de limitantes. Por eso resulta necesario generar cultivares de forrajeras que puedan adaptarse a estas condiciones y que, al mismo tiempo, presenten buena calidad y productividad”.

Agostina, quien nació y vive en Pergamino, se abocó al estudio de lotus, una leguminosa que permite reemplazar a otras, como la alfalfa, que no se adaptan a suelos salinos: “Trabajé desde el punto de vista molecular para determinar por qué lotus tolera la salinidad, es decir, qué mecanismos de tolerancia emplea”. Su estudio demostró la importancia de una proteína transportadora que se encarga de “secuestrar” al sodio, haciéndolo menos tóxico.

Con tan solo 30 años, Agostina considera que a partir de la investigación, realizada con una beca CITNOBA-CONICET, bajo la guía de Antonio Díaz Paleo y Adriana Andrés, “se podrían generar en un futuro cultivares que sean más tolerantes a la salinidad combinando técnicas biotecnológicas y del mejoramiento genético tradicional”.

Mariela Acuña comparte varias cosas con Agostina: vive en Pergamino, se doctoró en Ciencias Agrarias en la UNR y es docente de la UNNOBA (de “Mejoramiento Genético”, de la Licenciatura en Genética, y del “Taller de Formación en la Investigación”, de Ingeniería Agronómica). Pero la coincidencia más importante es que partieron de un mismo diagnóstico y problema: el empleo de especies forrajeras en suelos con exceso de sales. En su caso estudió al agropiro alargado cuyo uso está muy extendido en este tipo de suelos.

Mariela investigó qué genotipos de agropiro alargado se comportaban mejor en suelos con exceso de sales. “Entre otros parámetros, evalué la relación potasio-sodio. En una planta expuesta a exceso de sodio, éste compite con el potasio e intenta desplazarlo para poder ingresar. Si hay mucho sodio dentro de la planta, entonces la intoxica y esa hoja termina muriendo. Por eso es importante mantener elevada esta relación potasio-sodio”, especifica. En consecuencia su investigación se abocó a determinar qué parámetros y variables eran importantes a la hora de seleccionar genotipos que toleraran este tipo de “estrés abiótico”.

En suma, el aporte de su investigación en el campo de las Ciencias Agrarias podría dar lugar a emplear parámetros más eficientes al momento de seleccionar genotipos para obtener cultivares altamente productivos en esos ambientes, en el marco de programas de mejoramiento de la especie”. Su tesis de doctorado, dirigida por Adriana Andrés y realizada a partir de una beca INTA, fue seleccionada para la Jornada Doctoral Franco-América Austral realizada en el mes de noviembre.

Salud: más conocimiento sobre tumores

Fiorella Spinelli tiene 32 años, nació en Lincoln y, hasta hace muy poco, los alumnos de la Escuela Secundaria “Presidente Domingo F. Sarmiento” tuvieron el privilegio de tenerla como docente de Ciencias Naturales. Ahora los destinos la llevaron muy lejos: se encuentra en la Universidad de Nantes, Francia, con una beca postdoctoral en el Centre de Recherche en Cancérologie et Immunologie Nantes Angers.

Para doctorarse, bajo la dirección de Laura Alaniz, Fiorella estudió el denominado “microambiente tumoral”, es decir, “aquellas células, moléculas y vasos sanguíneos que rodean al tumor”. “Más específicamente —explica— trabajé con una molécula que se llama ácido hialurónico e investigué como modula no solo a las células tumorales, sino también a las células inmunológicas que se encuentran en el tumor y que muchas veces contribuyen a su progresión”. En rigor, las células tumorales, por lo general, secretan señales que “manipulan” a las células del sistema inmune y las obligan a participar del crecimiento tumoral”.

Una parte de su tesis doctoral involucró el estudio de ácido hialurónico químicamente modificado. “En ensayos preclínicos, el ácido sulfatado demostró tener un rol antitumoral y antiangiogénico en cáncer de mama. Si bien son necesarios más estudios, estos resultados son de gran interés ya que permitirían en un futuro complementar y aumentar el éxito de los agentes antiangiogénicos e inmunológicos en las quimioterapias actuales para cáncer de mama”, describe Fiorella, quien realizó el primer año del doctorado con una beca de estudios de la CIC y el resto con una beca doctoral del CONICET.

Fiorella Spinelli se encuentra realizando una residencia posdoctoral en Nantes, Francia.

Como Fiorella, Gianina Demarchi, de 31 años, se doctoró en Ciencias Biomédicas por la UNR. Nacida en Casilda, Santa Fe, Gianina se mudó a Pergamino para estudiar licenciatura en Genética y luego a Junín, para desarrollar sus tareas en el CIBA, ámbito donde realizó su tesis doctoral.

Bajo la dirección de Carolina Cristina, Gianina estudió a un grupo de proteínas y componentes de las células y su entorno, involucradas en el desarrollo de tumores de la glándula hipófisis. “Nuestro trabajo aporta nuevos conocimientos sobre la función de estas moléculas en el desarrollo de esos tumores y en su tratamiento quimioterápico. Las moléculas demostraron una activa participación en las distintas condiciones, por lo que podrían ser un posible blanco de estudio en la búsqueda de nuevos tratamientos para los pacientes con tumores hipofisarios resistentes y agresivos, complejos de tratar eficazmente”, considera Gianina, quien realizó su doctorado con una beca del CONICET para desarrollar en CITNOBA.

Gianina imagina que con tiempo, y si esta línea de investigación siguiera su curso, se podría “contar con nuevas alternativas para los casos que no tienen tratamiento efectivo, aportando nuevas herramientas para lograr una mayor esperanza y mejor calidad de vida para estos pacientes”.

Producción porcina de mejor calidad

Contar con nuevos conocimientos vinculados a la producción porcina resulta una meta atractiva en el contexto mundial actual, ya que China, una de las economías más importantes del mundo, es la principal consumidora de esta carne. Carlos Figueroa, de 31 años, realizó en su tesis aportes en esa línea a partir de una beca doctoral CITNOBA (CONICET-UNNOBA-UNSADA).

Nacido en Pergamino, Carlos se graduó como licenciado en Genética de la UNNOBA y el ámbito en que desarrolló sus investigaciones fue el Centro de Bioinvestigaciones (Pergamino), bajo la dirección de Mariano Merino (director) y Gabriela Fernández (codirectora).

En principio, este genetista encontró que mientras la producción porcina mundial se manejaba con híbridos mejorados a partir de unas pocas razas de cerdo, los pequeños productores de la región poseían una “mayor variabilidad genética y combinaciones que no se encontraban en la genética actual”. De esta manera esos pequeños productores podrían funcionar como “reservorios de variabilidad genética”. “Estas evidencias podrían dar lugar a acciones de conservación de algunas razas ‘criollas’ que se encuentran en peligro de extinción”, plantea el nuevo doctor en Ciencias Veterinarias (UNR). “Esas razas criollas son muy poco frecuentes en Argentina y, menos aún, en la zona donde se desarrolló el estudio”, remarca.

Carlos Figueroa junto al director de su tesis , Mariano Merino (centro), y Ángel Patitucci (izq.) colaborador en su tesis y docente de la UNNOBA.

Por otra parte, su investigación también demostró la frecuencia de una mutación genética en cerdos conocida como “gen halotano”, la cual produce una enfermedad hereditaria grave (hipertermia maligna). Esta enfermedad, además de disminuir la calidad de la carne, conduce a muchos cerdos a la muerte. “Esta investigación podría dar lugar a trabajos mancomunados entre sectores privados y públicos, para tratar de erradicar completamente la mutación y generar un claro beneficio a los productores porcinos”, plantea Carlos Figueroa, quien se desempeña en la UNNOBA como docente de “Genética de Poblaciones” y “Biodiversidad y Recursos Genéticos”.

Genes involucrados en la floración de trigo

Thomas Pérez Gianmarco tiene 30 y se doctoró este año en Ciencias Agropecuarias (UBA), bajo la dirección de Fernanda González. Nacido en Pergamino, se mudó varias veces en su infancia y adolescencia: a Santa Fe, México, Brasil. En su juventud, los destinos lo trajeron nuevamente a Pergamino, donde culminó su carrera de Ingeniería Agronómica en la UNNOBA. Pero siguió viajando y en la actualidad reside en Lleida, España, donde también realizó experimentos para su tesis doctoral en el Laboratorio de Ecofisiología Vegetal de la Universitat de Lleida, los cuales complementó con los que había realizado en INTA-Pergamino.

Como becario del CITNOBA, Thomas basó su tesis intentando comprender la relación entre ciertos genes del trigo y la respuesta de la planta a los cambios del ambiente (fotoperíodo) al que se expone. “Por respuesta entendemos, por ejemplo, los cambios en el rendimiento potencial”, aclara Thomas.

A pesar de que el tema puede resultar difícil para no entendidos, Thomas pone empeño en comunicarse y para ello, le incorpora ciertos atributos humanos a los vegetales, como el poder de decisión. “La decisión más importante que toman las plantas en su vida es tal vez la de cuándo florecer—dice el nuevo doctor—. El ambiente que la rodea en ese momento determina su éxito en dejar descendencia. Eso a nosotros nos interesa, porque cuando las plantas son cultivos de granos, su éxito hace al rendimiento de esos cultivos. Para tomar esta decisión, las plantas se informan del ambiente que las rodea mediante distintas señales. Una de ellas es el largo de los días, o sea, fotoperíodo. El trigo, por ejemplo, adelanta su floración o espigazón, y su ciclo a medida que los días se hacen más largos. Pero no todos los cultivares responden de igual manera a cambios en la longitud del día. Esta respuesta es una característica determinada por un grupo de genes para los que hay variabilidad entre los cultivares”.

En la actualidad, Thomas Pérez Gianmarco reside en Lleida, España. 

Thomas cree que, en un nivel práctico, el conocimiento que aporta su tesis “puede ayudar a diseñar nuevos cultivares de trigo, mejor adaptados a un ambiente particular o de mayor rendimiento potencial, con base a la información genética”. “Con esta información se podrían disminuir el número de ensayos a campo en diversos años y localidades, para ahorrar así tiempo y recursos en la obtención de nuevos cultivares”, considera.

Aprovechar los residuos del biodiésel

Eugenia Chiosso tiene 31 años. Nacida en la localidad de Chacabuco, estudió Ingeniería en Alimentos en la sede Junín de la UNNOBA. En su tesis, que le permitió obtener el doctorado en el área Química de la UNLP, trabajó a partir de uno de los residuos industriales obtenidos en la producción de biodiésel: el glicerol. Lo hizo mediante una beca del CONICET “para temas estratégicos”.

“Como la producción de biodiésel aumentó considerablemente en los últimos años, se generó una sobreoferta de glicerol, lo que causa una disminución en su precio. Esto también constituye una oportunidad para desarrollar nuevos productos que tengan al glicerol como materia prima”, fundamenta Eugenia, docente en la UNNOBA de “Bioingeniería y Bromatología”, en la carrera Ingeniería en Alimentos.

Bajo la guía de Mónica Casella (directora) y Andrea Merlo (codirectora), Eugenia trabajó a partir de la reacción química conocida como “eterificación”, de la cual se pueden obtener “éteres de glicerol”. Esos “éteres” pueden ser usados como aditivos para combustibles de petróleo o biodiésel, mejorando así el funcionamiento de un motor.

Abrazos prepandemia. Eugenia Chiosso junto a  su directora de tesis, Mónica Casella (a la derecha), y su codirectora, Andrea Merlo (a la izquierda).

Además, Eugenia desarrolló catalizadores, que funcionan como “asistentes” en la eterificación. “Llegué a preparar un catalizador sólido de manera sencilla, rápida y económica en cuanto a tiempo y costo de materiales”, cuenta. Y añade: “Ese material que conseguí tuvo buen desempeño con las muestras de glicerol que nos dio la empresa Biobin SA”. En la actualidad, Eugenia pertenece al Grupo de Investigación en Biomasa y Medio Ambiente (GIBiMA) de la UNNOBA.

Doctorarse en pandemia

La secretaria de Investigación, Carolina Cristina, valoró el esfuerzo personal que estos universitarios realizaron: “Un doctorado es un paso importantísimo en el desarrollo de un profesional, que les demanda mucho empeño y sacrificio”. A esta situación, de por sí estresante para quienes se estaban doctorando, se le sumaron las condiciones particulares que impuso la pandemia: “El cierre de un doctorado es muy complejo, desgastante. Involucra un intercambio constante entre director y tesista para la elaboración de los manuscritos finales. Ese ida y vuelta, tan necesario, que muchas veces requiere de revisión de materiales del laboratorio, no se pudo hacer de manera presencial, lo que complejizó aún más el proceso de cierre”.

A Cristina le tocó vivir de cerca esta situación, ya que fue directora de una de las tesistas (Gianina Demarchi). “Nos costó mucho cerrar el doctorado porque, al mismo tiempo, nos estaba absorbiendo la pandemia”, cuenta Cristina quien, como directora del CIBA y junto a Gianina, Fiorella (Spinelli) y un grupo de profesionales, estaban abocados al diagnóstico de COVID-19 en la región. “Había momentos en los que había que abstraerse como fuera de la emergencia sanitaria para poder avanzar”, recuerda.

Recuerdos previos a la pandemia, cuando el equipo de investigación de Carolina Cristina (centro) podía reunirse en su totalidad. A la izquierda de la doctora Cristina, Gianina Demarchi.

Cristina remarca que un doctorado es “un logro conjunto, no solo del becario, sino de todo un equipo de investigación”. En esa línea, felicitó a “cada una de las doctoras y doctores, directoras, directores,  codirectores y codirectoras, porque realizaron un aporte muy valioso para el desarrollo de la Universidad y la región”.

Diseño: Laura Carturla