Educación: crear un nuevo contrato

Por Lorena Berro

La pandemia generada por la irrupción del virus SARS-CoV-2 y sus variantes tuvo impacto en todas las dimensiones de la vida y la cuestión educativa no ha sido la excepción. En 2020, la interrupción de las actividades presenciales para evitar los contagios y la prolongación en el tiempo de esta medida hizo que la propia dinámica de las instituciones de educación en todos sus niveles cambiara. Los contenidos migraron a la virtualidad y un nuevo modo de enseñar y aprender se impuso como necesidad en la búsqueda de mitigar el impacto. Con el paso de los meses, el debate educativo se instaló como nunca antes en la agenda social y las consecuencias de esta situación tan extraordinaria como disruptiva comenzó a mostrar un saldo preocupante en términos de calidad educativa.

Transcurridos dos años del inicio de la emergencia sanitaria y en el contexto de una pandemia que aún no ha terminado, algunos aspectos de este debate están llamados a no perderse porque del balance que pueda hacerse de esta experiencia seguramente surgirán las estrategias que permitirán transformar la crisis en oportunidad y establecer un nuevo contrato educativo.

A lo largo de este tiempo, en varias de sus intervenciones públicas el rector de la UNNOBA, Guillermo Tamarit, ha definido a la educación como “un tema vital”, planteando la necesidad de transformar el trabajo por la educación en “la gran epopeya del futuro”. En una entrevista con El Universitario, la máxima autoridad de la UNNOBA trazó un balance de la experiencia vivida y, aunque valoró positivamente las respuestas brindadas por la Universidad y el esfuerzo realizado por el conjunto de la comunidad universitaria para adaptarse a situaciones tan novedosas como complejas, instó a persistir en la tarea de “rescatar a aquellos que quedaron fuera del sistema y a resolver las disparidades que generó este proceso”.

En la entrevista, el rector de la UNNOBA reflexionó sobre el retroceso educativo que sufre la Argentina.

En términos sociales, exhortó a “habilitar una nueva conversación sobre la educación” que vaya más allá de la metodología y que apunte a recuperar el rol de la escuela como ese espacio que brinda mejores capacidades y habilidades, no solo para la inserción en el mundo del trabajo sino para el desempeño en la vida.

—¿Cuál considera que ha sido el impacto que la pandemia ha tenido hasta el momento en términos educativos? 

La pandemia nos presenta dos caras, por un lado, ha habido una muy buena respuesta de todo el sistema y un esfuerzo por sobrellevar la situación en condiciones novedosas. Evidentemente, en términos de la emergencia, la respuesta resultó adecuada. Y por otro lado, lo que vamos viendo es un fracaso académico.

—¿Cuáles son los indicadores que permiten aseverar esta apreciación?

En el Colegio Secundario de la UNNOBA tenemos datos concretos: la mitad de los estudiantes no ha completado adecuadamente el ciclo y eso nunca nos había sucedido antes. La suma de dos períodos académicos en esta circunstancia muestra un retroceso muy importante en términos educativos. En el resto del sistema de educación superior valoramos mucho el esfuerzo de docentes, no docentes y estudiantes, pero observamos que hay carencias. Quedó muy desbalanceado lo presencial y lo virtual, sobre todo en las actividades prácticas. Todo esto no implica solo quedarnos con lo malo, sino hacer este balance para tomar impulso y reparar la situación.

—¿Considera que haber centrado el debate educativo en la discusión virtualidad-presencialidad impidió prever estos resultados?

—Creo que, como pasa sobre todo en períodos de crisis, nos vamos enamorando de las soluciones. Cuando uno hace el balance, la respuesta fue adecuada, porque, aunque hubo limitaciones, en muy poco tiempo pudimos transformar la metodología y seguir dando clases. Pero, también vimos que eso tenía límites de todo tipo, no sólo en términos de acceso a la tecnología, sino respecto de lo que significa la educación superior, en la que la presencialidad tiene una centralidad tal que esta experiencia dejó en evidencia.  

—Con el insumo de esta experiencia, ¿qué lugar considera debe ocupar la virtualidad en la educación superior?

—Esto no significa que tenemos que “tirar la virtualidad por la ventana”, sino ver cómo la balanceamos. Muchas herramientas de la virtualidad han llegado para quedarse y hay mucho trabajo por hacer en este campo. Ahora bien, crudamente, nuestro balance refiere a que en materia de educación superior nosotros no podemos validar cosas que no se tienen. Algo que en otras instancias y otras jurisdicciones se hace, de que entendiendo el contexto los alumnos sin tener los contenidos igual pasan de año, en la educación superior es inimaginable.  Entonces hay que pedir un esfuerzo y en condiciones que son injustas. Por supuesto que los estudiantes no son los responsables de esta situación, pero son los que van a tener que hacer un esfuerzo adicional para que podamos constatar que tienen los conocimientos, las habilidades y las competencias que decimos que tienen, porque esta es la trampa que no se puede hacer.

—¿Cuál es el esfuerzo que deben hacer los docentes para recuperar esa centralidad y de qué manera esto se puede lograr?

—Institucionalmente, la Universidad debe habilitar una nueva conversación, un nuevo contrato educativo. Nosotros teníamos un contrato que era la presencialidad. La realidad lo modificó y hubo un consenso en que esto tenía que ser modificado. Ahora tenemos que hacer un nuevo contrato, la institución, los docentes y los estudiantes. El final de este proceso no puede ser “aquí no ha pasado nada”, sino cómo recuperar aquello que no pudimos desarrollar. En esto, por supuesto, hay un rol para los docentes, para los estudiantes y hay un rol principal para la Universidad, porque lo más fácil sería “cortar” por los estudiantes y eso sería injusto. Tenemos que pensar cómo habilitamos esa conversación y elaboramos un nuevo contrato en el que el rol de los docentes es fundamental, porque son ellos los que nos pueden decir efectivamente cómo llevamos adelante la estrategia para encontrarnos con ese nuevo resultado y cuál es el esfuerzo que vamos a pedir.

Tamarit consideró necesario hacer un balance sincero sobre lo sucedido en la pandemia.

Un retroceso que se profundiza

A la par del balance institucional sobre las respuestas brindadas por la Universidad en la pandemia, el rector de la UNNOBA reflexionó sobre la realidad del conjunto del sistema educativo y apeló a la necesidad de revertir un proceso de retroceso que no se inició con la emergencia sanitaria y que muestra uno de los problemas más complejos que experimenta la sociedad argentina, de cara a sus posibilidades ciertas de desarrollo. En este sentido observó que el sistema educativo es “único” y explicó que la división en “niveles” solo opera en términos jurisdiccionales e institucionales para delimitar actuaciones, aunque “esto no nos despoja de las responsabilidades que todos tenemos en la resolución de problemas comunes”. “Nosotros concebimos al sistema educativo como único. Las trayectorias de los alumnos son únicas y poco importa si lo que sucede ocurre en la primaria, el secundario o en la Universidad”, expresó.

“Está clarísimo que en Argentina hace décadas tenemos un retroceso respecto a las expectativas que tiene la sociedad sobre el nivel educativo. No hay ningún sector que esté conforme con lo que estamos haciendo en todos los niveles”, planteó y consideró que “en esta concepción de que es un sistema único, todos tenemos que colaborar para que esas trayectorias sean lo más satisfactorias posibles”.

Con respecto a la posibilidad cierta de la Universidad de intervenir en la búsqueda de soluciones a problemas educativos que se expresan en todos los niveles, Tamarit aclaró: “La Universidad tiene una actividad específica en la educación superior y en el momento en que los estudiantes llegan, trata de ponerlos a todos en igualdad de posibilidades para que desarrollen de la mejor manera su esfuerzo. Ahora, también tiene que involucrarse con el resto del sistema y ahí creo que hay mucho por hacer”.

En este punto insistió: “Hay que entender que las dificultades que tiene la educación no son algo que les sucede a otros, no es un problema del nivel inicial, de la primaria, de la secundaria o de la Universidad. Es un problema que nos afecta a todos y, de esta manera, todos debemos intervenir en la búsqueda de las soluciones, porque a la sociedad tampoco le importa cómo dividimos metodológicamente, ni cómo asignamos las responsabilidades institucionales”.

“Sobre todo, en términos de su territorio, el conjunto de las universidades nacionales tiene mucho por hacer. Las universidades tienen un capital que no está utilizado en todo su potencial”, opinó y sostuvo que “hay que hacerlo de manera planificada porque no sirven los esfuerzos aislados que no tienen continuidad”.

Habilitar nuevos debates

—En virtud de los problemas educativos que tiene Argentina, ¿qué aspectos son los que deben discutirse?

—El debate en torno a la educación está llamado a volver sobre el principio. Hemos pasado décadas discutiendo metodologías y el enorme problema que tenemos es de contenidos básicos y elementales. Es necesario que los estudiantes puedan conocer las bases de la matemática, que puedan ubicarse en tiempo y espacio y que puedan comprender textos. Estos son los problemas que tenemos y no parece ser que estas sean las cuestiones que se pongan a menudo en el centro del debate. El problema que tenemos es que cuando los alumnos terminan el secundario no pueden acceder a un trabajo razonable de calidad, porque no tienen las competencias para hacerlo. Hay que volver a poner la discusión allí.

—¿Es una escuela que, de alguna manera, ha quedado “vieja” para brindar las herramientas para el desempeño en ámbitos cada vez más competitivos?

—”Viejo” o “nuevo” no es un término con el que yo pueda adjetivar la situación de la escuela. Lo que está claro es que no da las respuestas necesarias. Antes, un estudiante que terminaba el secundario reunía un conjunto de capacidades y se insertaba con naturalidad al mercado laboral, o seguía estudiando si quería formarse en un oficio o en una profesión. Esto ya no sucede. Hoy todas las empresas e instituciones toman evaluaciones para validar habilidades y competencias porque saben que ellas no están dadas. Evidentemente, lo que pasa es que, por diversas razones, la escuela no habilita a los estudiantes para aquello que es la promesa que le hacemos los que estamos en el sistema educativo a la sociedad, que es que cuando pasen por aquí van a tener mejores condiciones, por ejemplo, para acceder al mercado laboral. Eso no está pasando.

—El tema educativo está muy instalado en la sociedad ¿la política tiene este tema en la prioridad de su debate?

—Dicen que sí. Con la pandemia, debido al cierre de las escuelas y la conformación de grupos de padres organizados, el tema educativo ha adquirido un volumen que no tuvo durante mucho tiempo. Ahora también, por lo menos en mi experiencia, esto avanza y retrocede y seguimos reproduciendo viejos problemas. En la consideración pública, la educación no es uno de los cuatro temas de preocupación de la sociedad. Por supuesto que con el 50 por ciento de pobres y el 40 por ciento de inflación, es entendible que esto sea así. Ahora, hay que entender que si no resolvemos el problema educativo, estos condicionantes van a persistir. En la visión general, el problema existe; pero, después, cuando uno va a la visión individual y uno le pregunta a cada padre por su hijo, dicen que está bien. Jaim Etcheverry lo explica muy bien cuando dice que en este aspecto Argentina es como “un gran país de huérfanos”: nuestros hijos están bien, pero el sistema educativo está mal. ¿De quién son esos hijos donde las cosas están mal? ¿De quién son esos chicos que pasan por un sistema educativo que todos criticamos? Por eso creo que hay dos niveles en los cuales la política asume una limitación muy grande: el desarrollo y la calidad de la educación. Y, frente a ello, hay que tomar decisiones que tienen que empezar por lo elemental, tener a los chicos en la escuela, tenerlos todo el tiempo que podemos y brindarles las herramientas para la competencia personal, para que se puedan desarrollar personalmente, para que cuando certificamos sus conocimientos esto tenga que ver con la posibilidad del estudio, de la empleabilidad y con la posibilidad de desarrollarse como persona, que es para lo que uno va al sistema educativo.

El rector recordó que el sistema educativo es “único” y hay que concebirlo de ese modo al momento de hallar soluciones. Foto: Agencia Télam.

—¿Hay instancias de trabajo en esta línea que convoquen a los distintos actores del sistema?

—Sí. Hay muchas instancias. El ministro de Educación de la Nación ha planteado algunas cuestiones en esta línea de prioridades. Que vuelvan a la escuela, que estén la mayor cantidad de tiempo en ella, educándose, además. Volver a tener claro qué es la escuela y por supuesto, reparar las situaciones objetivas de pérdida, donde lo que no puede pasar es que esto quede solo sujeto a la posibilidad del alumno y su familia. La principal desigualdad no es ya el acceso a la escuela, Argentina tiene garantizada esa situación. La calidad de la educación que reciben los sectores más altos de la sociedad respecto de aquellos que están en el decil más bajo, en el análisis socioeconómico, es brutal. La desigualdad ya no se da por estar o no en la institución, se da por la calidad de la educación que se recibe. Hay que trabajar para mejorar esa calidad, que es lo que hoy está haciendo esa diferencia.


Diseño: Laura Caturla