El posgrado en la región, una realidad tangible

Por Lorena Berro

Este artículo forma parte de una serie de notas vinculadas a los 20 años de la UNNOBA. En esta ocasión se aborda la evolución del posgrado desde la voz de quienes han tenido responsabilidades de gestión.

La universidad cambia la vida de las comunidades en distintas dimensiones y el establecimiento de la UNNOBA en la región del noroeste bonaerense no fue la excepción. Al desafío de instalar su oferta académica de grado, durante los primeros años de vida institucional, se impuso la necesidad de crear el Instituto de Posgrado y, con esa decisión, propiciar el dictado de cursos y carreras que permitieran la continuidad de los estudios superiores y el acceso a alternativas de formación más allá del grado. Hasta entonces, los profesionales de una amplia zona debían viajar o incluso establecerse en grandes centros urbanos para acceder a una oferta de educación de posgrado de calidad. En algunos casos, referir en el exterior para alcanzar un doctorado.

Por la presencia de instituciones científicas de prestigio (como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, INTA) había algunas experiencias que acercaban cursos y entrenamientos, pero solo en campos muy específicos del conocimiento. Transcurridos veinte años de la creación de la UNNOBA y trece del funcionamiento del Instituto de Posgrado, hoy la posibilidad de realizar cursos no estructurados o carreras de maestrías, especializaciones y doctorado es una realidad que muestra cómo aquel sueño colectivo de contar con una universidad pública, propicia desarrollos y condiciones que nutren a la comunidad y la hacen crecer de la mano del conocimiento, en una alianza virtuosa.

Una hoja de papel en blanco

María Rosa Depetris fue la primera directora del Instituto de Posgrado de la UNNOBA y quien tuvo a su cargo la tarea fundante. “Fue como encontrarme frente a una hoja de papel en blanco que tenía que completarse con normativas y propuestas académicas que fuesen pertinentes y necesarias para la región”, refirió, recordando aquellos primeros pasos dados en 2009, cuando se creó el Instituto.

“Fue un enorme desafío no solo para mí, sino para la Universidad. En ese momento la formación de grado ya estaba consolidada y era necesario complementarla con el posgrado. Pero, además, era preciso instaurar una cultura del posgrado no sólo hacia los graduados de la UNNOBA, sino hacia aquellos profesionales residentes en la región y que provenían de otras universidades”, señaló Depetris.

En las instancias iniciales, conjuntamente con la Secretaría Académica de la Universidad, se elaboró la normativa de funcionamiento del Instituto y su correspondiente aprobación por parte del Consejo Superior. Cada Escuela realizó las propuestas de carreras, como así también de los cursos en distintas áreas del conocimiento.  La primera oferta académica comenzó en 2010 y tuvo en cuenta la demanda nacional, pero con especial atención a las necesidades de la región.

La organización y acreditación de las carreras fueron las tareas fundantes.

Depetris remarcó la acreditación de las especializaciones y maestrías por parte de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), como uno de los retos más importantes de esa instancia inicial. “Otro desafío fue poder contribuir a la actualización, capacitación y perfeccionamiento de los profesionales, como así también a la formación de recursos humanos a través de propuestas académicas dirigidas a esclarecer y profundizar los temas políticos, económicos y sociales contemporáneos, a través de una oferta seleccionada y de calidad”, sostuvo.

La primera directora del Instituto de Posgrado de la UNNOBA consideró que, a trece años de su creación, la evolución y fortalecimiento del posgrado en la UNNOBA es “evidente” y mencionó el aumento sostenido de la matrícula y la consolidación de su oferta como fortalezas. “Esto se ha dado en un contexto en el que los posgrados en Argentina han tenido una gran expansión”, resaltó y con una mirada sobre el conjunto del sistema universitario, planteó: “Las universidades están llamadas a innovar en su quehacer de forma tal que su existencia responda a las necesidades y desafíos, de manera pertinente, oportuna y de calidad. Las áreas de posgrado deben liderar y acompañar procesos de cambio desde su propia gestión”.

En este sentido, valoró el trabajo desarrollado por la UNNOBA, por cuanto “responde a esas demandas y contiene, además, una adecuada capacidad de articulación con los sectores productivos”. Frente a una hoja que ya no está en blanco y, a título personal, María Rosa Depetris celebró el haber podido ser parte de la vida institucional de la UNNOBA: “Fue una de las experiencias más enriquecedoras por lo que significó el haber tenido la posibilidad de sentar las bases de un área que continuó creciendo y fortaleciéndose. Y por haber sido parte de una institución que no cesó en apostar al crecimiento”.

Consolidar el rumbo

Silvina Sansarricq sucedió a la primera directora del Instituto de Posgrado en 2015 y su gestión consolidó el rumbo trazado inicialmente. “El desafío se centró principalmente en la revisión del funcionamiento del área en relación a las normativas, los circuitos y también de la agenda propuesta”, señaló. En esta línea comentó que, como las carreras de posgrado requieren de la acreditación de la CONEAU, parte de la gestión se orientó a ordenar la información para las acreditaciones, de modo de “facilitar los procesos de evaluación de las carreras en lo referido a la descripción de la estructura de la Universidad”.

La exdirectora del Instituto de Posgrado de la UNNOBA, remarcó que en la consolidación del posgrado resultó vital la articulación con empresas e instituciones radicadas en el territorio: “Las carreras de posgrado requieren de un cuerpo de profesores que tengan titulaciones equivalentes a las que se ofrecen y, en este aspecto, la presencia previa de instituciones como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui" (INEVH) y empresas privadas vinculadas a la agroindustria, como Rizobacter, fue generando una masa crítica integrada por profesionales de reconocida trayectoria y experiencia en docencia e investigación que constituyó una fortaleza para dar los primeros pasos en el posgrado”.

Silvina Sansarricq recordó que el primer posgrado de la UNNOBA fue la Especialización en Gestión de la Innovación y la Vinculación Tecnológica que se formuló en al marco del Programa de Formación de Gerentes y Vinculadores Tecnológicos del Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación. “La participación en el proyecto, el diseño y desarrollo de la especialización fue posible porque la UNNOBA contaba en su claustro con profesores que tenían el perfil requerido por la carrera. De hecho, el Consejo ad hoc estuvo integrado por un representante de Rizobacter”, comentó.

El primer posgrado de la UNNOBA fue la Especialización en Gestión de la Innovación y la Vinculación Tecnológica.

En el mismo sentido mencionó la creación de la Maestría en Prevención y Control de las Zoonosis, gracias a la vinculación con el Instituto Maiztegui, y resaltó la radicación de profesores investigadores de otras disciplinas para la atención de áreas de vacancia, lo cual dio lugar a la creación de otras carreras para la formación de los primeros graduados de la UNNOBA, por ejemplo, la Maestría en Gestión del Diseño y la Innovación.

En coincidencia con la reflexión de María Rosa Depetris, Sansarricq, quien se desempeña actualmente como vicerrectora de la Universidad Nacional de San Antonio de Areco (UNSAdA), consideró que “en estos veinte años se ha hecho un gran trabajo”.

La Maestría en Prevención y Control de las Zoonosis fue ejemplo de una alianza virtuosa.

“Las primeras estrategias estuvieron bien orientadas y el esfuerzo colectivo dio muy buenos resultados, dado que el posgrado ofrece carreras de especialización, maestrías y un doctorado, además del conjunto de cursos de posgrado no estructurados“, consideró.

Sansarricq destacó que “la UNNOBA tiene un acervo científico y tecnológico que se está consolidando progresivamente y cuenta con un núcleo de personas muy comprometidas con el desarrollo del posgrado". “Creo que potenciar la articulación entre posgrado e investigación continúa siendo un desafío para seguir contribuyendo desde la Universidad al desarrollo del territorio”, opinó.

El presente

Adriana Andrés es la actual directora del Instituto de Posgrado de la UNNOBA. Su mirada sobre la evolución que ha tenido el área es retrospectiva y auspiciosa. “Como todas las universidades nuevas, el posgrado comenzó de cero, con cursos no estructurados que ofrecieron una variada propuesta de formación continua para profesionales y esa fue la base para contar, luego, con carreras propias”.

“Sabíamos que había una demanda de nuestros propios docentes investigadores y de profesionales externos a la Universidad, y estuvimos muy atentos a esas necesidades para sentar las bases del Instituto. Desde aquel momento y hasta el presente, la evolución ha sido virtuosa y la oferta de posgrado de la UNNOBA creció en número de carreras y cursos, siempre con la premisa de la calidad”, expresó.

“Con el paso de los años, la sociedad científico-tecnológica y el medio productivo fueron teniendo otras demandas y el posgrado tomó cada vez más importancia, porque hoy en las distintas áreas disciplinares resulta imprescindible tener una Maestría, Especialización o Doctorado. Eso empujó a fortalecer la oferta”, prosiguió.

 

Con el paso de los años la demanda de posgrado creció y la UNNOBA acompañó ese proceso con nuevas propuestas.

En sintonía con quienes la antecedieron en la gestión, Adriana Andrés destacó la vinculación estratégica de la Universidad con actores de su comunidad para la creación y consolidación de propuestas de posgrado. En ese sentido, recordó algunos hitos: “La relación con el INTA ayudó mucho a definir las prioridades en el área de Ciencias Agrarias. También el contacto con otras universidades fue vital para el desarrollo de algunas carreras, como la Maestría en Bioinformática y Biología de Sistemas, que se dicta con la Universidad Nacional de Quilmes. Para las ingenierías, en tanto, el vínculo con otras universidades fue central, lo mismo que el haber podido tomar la experiencia y el conocimiento que tenían nuestros docentes de las carreras de diseño para impulsar la Maestría en Gestión del Diseño y la Innovación”.

“De la mano de alianzas estratégicas también se construyó una especialización que fue muy importante, que luego pasó a ser Maestría, que fue la de Gestión de la Innovación y la Vinculación Tecnológica, un campo en el que había una importante demanda del sistema científico y tecnológico”, abundó.

La relación con otras universidades fue clave. Un ejemplo es la Maestría en Bioinformática y Biología de Sistemas. 

“Otros socios estratégicos fueron los municipios. La Maestría en Energías Renovables y su Gestión Sustentable, por ejemplo, surgió por demanda de los gobiernos locales, empresas e instituciones que necesitaban ofertarles a sus profesionales herramientas para la toma de decisiones”, puntualizó.

Con la misma impronta, la Maestría en Prevención y Control de las Zoonosis surgió gracias a la alianza con el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui” y el Hospital Muñiz. “En la figura de Delia Enría y Alfredo Seijo había un diagnóstico de cuál era la demanda que existía en la región y a nivel nacional en materia de zoonosis. Ellos pusieron toda su expertise, se acercaron a la Universidad y pudo armarse la carrera”, detalló.

“Nuestros socios han sido cruciales en la consolidación del posgrado. Así fueron creciendo nuestras carreras, fruto de la conjunción de vinculaciones estratégicas, de docentes propios que se fueron formando, de las potencialidades que teníamos en investigación y desarrollo, y de una escucha atenta de las necesidades, no solo de la región, sino del país”, sostuvo.

Convencida del cambio que generó la presencia de la UNNOBA, recordó que antes de su creación, para realizar una carrera de posgrado había que irse a Buenos Aires, Rosario o Córdoba e, incluso, al exterior, porque los doctorados no se obtenían en Argentina (recién en el año 1991 las universidades argentinas empezaron a acreditarlos).

"Previo a la UNNOBA, el posgrado como tal no estaba instalado en la región”, comentó y refirió, como antecedente, la Maestría en Mejoramiento Genético Vegetal que dictaba originalmente el INTA con la Universidad Nacional de Buenos Aires (en Castelar) y que luego comenzó a dictarse en la Estación Experimental Agropecuaria Pergamino, a través de un convenio con la Universidad Nacional de Rosario. “Esa fue la génesis del posgrado. Luego, con la creación de la UNNOBA y la conformación del Instituto de Posgrado, la oferta creció de manera exponencial y se consolidó”, destacó.

La coronación del trabajo

La actual directora del Instituto de Posgrado de la UNNOBA definió la creación del Doctorado en Mejoramiento Genético como “la coronación del trabajo realizado a lo largo de los años, no solo por el Instituto, sino por los docentes e investigadores que han desarrollado líneas muy valiosas. Porque sin investigación, no hay posgrado. El Doctorado representa la síntesis de vínculos virtuosos”.

El Doctorado en Mejoramiento Genético se creó en 2019 y la primera cohorte comenzó al año siguiente.

En relación a la posibilidad de contar con otros doctorados, observó un futuro prometedor, aunque reconoció que “estas carreras no se crean con tanta facilidad”. “En la medida que las maestrías crezcan, otros doctorados seguramente partirán de esas carreras. Del mismo modo, si los cuerpos de docentes investigadores crecen en líneas no exploradas, se podrán conformar nuevas propuestas”.

Las tres funcionarias que se desempeñaron en la gestión del Instituto de Posgrado de la UNNOBA coincidieron en resaltar el posicionamiento de la institución en el concierto de otras Universidades. “Entre las Universidades jóvenes estamos en los mejores lugares porque no es fácil, con tan pocos años, consolidar la oferta de posgrado”, planteó Adriana Andrés. Y continuó: “Las carreras no solo requieren acreditación, sino que son sometidas a procesos de revisión constantes que aseguran la calidad y señalan el camino en la generación del conocimiento presente y futuro”.

En el marco de los 20 años de la UNNOBA se realizó el primer acto de colación de posgrado.

Un futuro promisorio

En relación al futuro, la actual directora del Instituto destacó que “la hoja de ruta ya no está en blanco”. Hemos empezado a escribir una historia que nos trasciende y nos pone en un lugar de responsabilidad y compromiso. Estamos llamados a observar la demanda, diseñar propuestas pertinentes y de calidad y ofrecer respuestas, sabiendo que ellas serán las herramientas con las que nuestros estudiantes de posgrado enfrentarán el futuro”, sintetizó Adriana Andrés.

Muchos profesionales no se van, ya que eligen hacer su carrera de posgrado en la UNNOBA. Otros llegan a la región para formarse. Aquí investigan y generan conocimientos. Ese es el testimonio del valor de la universidad pública comprometida con su sociedad”, añadió.

Diseño: Laura Caturla


Educación: crear un nuevo contrato

Por Lorena Berro

La pandemia generada por la irrupción del virus SARS-CoV-2 y sus variantes tuvo impacto en todas las dimensiones de la vida y la cuestión educativa no ha sido la excepción. En 2020, la interrupción de las actividades presenciales para evitar los contagios y la prolongación en el tiempo de esta medida hizo que la propia dinámica de las instituciones de educación en todos sus niveles cambiara. Los contenidos migraron a la virtualidad y un nuevo modo de enseñar y aprender se impuso como necesidad en la búsqueda de mitigar el impacto. Con el paso de los meses, el debate educativo se instaló como nunca antes en la agenda social y las consecuencias de esta situación tan extraordinaria como disruptiva comenzó a mostrar un saldo preocupante en términos de calidad educativa.

Transcurridos dos años del inicio de la emergencia sanitaria y en el contexto de una pandemia que aún no ha terminado, algunos aspectos de este debate están llamados a no perderse porque del balance que pueda hacerse de esta experiencia seguramente surgirán las estrategias que permitirán transformar la crisis en oportunidad y establecer un nuevo contrato educativo.

A lo largo de este tiempo, en varias de sus intervenciones públicas el rector de la UNNOBA, Guillermo Tamarit, ha definido a la educación como “un tema vital”, planteando la necesidad de transformar el trabajo por la educación en "la gran epopeya del futuro". En una entrevista con El Universitario, la máxima autoridad de la UNNOBA trazó un balance de la experiencia vivida y, aunque valoró positivamente las respuestas brindadas por la Universidad y el esfuerzo realizado por el conjunto de la comunidad universitaria para adaptarse a situaciones tan novedosas como complejas, instó a persistir en la tarea de “rescatar a aquellos que quedaron fuera del sistema y a resolver las disparidades que generó este proceso”.

En la entrevista, el rector de la UNNOBA reflexionó sobre el retroceso educativo que sufre la Argentina.

En términos sociales, exhortó a “habilitar una nueva conversación sobre la educación” que vaya más allá de la metodología y que apunte a recuperar el rol de la escuela como ese espacio que brinda mejores capacidades y habilidades, no solo para la inserción en el mundo del trabajo sino para el desempeño en la vida.

—¿Cuál considera que ha sido el impacto que la pandemia ha tenido hasta el momento en términos educativos? 

La pandemia nos presenta dos caras, por un lado, ha habido una muy buena respuesta de todo el sistema y un esfuerzo por sobrellevar la situación en condiciones novedosas. Evidentemente, en términos de la emergencia, la respuesta resultó adecuada. Y por otro lado, lo que vamos viendo es un fracaso académico.

—¿Cuáles son los indicadores que permiten aseverar esta apreciación?

En el Colegio Secundario de la UNNOBA tenemos datos concretos: la mitad de los estudiantes no ha completado adecuadamente el ciclo y eso nunca nos había sucedido antes. La suma de dos períodos académicos en esta circunstancia muestra un retroceso muy importante en términos educativos. En el resto del sistema de educación superior valoramos mucho el esfuerzo de docentes, no docentes y estudiantes, pero observamos que hay carencias. Quedó muy desbalanceado lo presencial y lo virtual, sobre todo en las actividades prácticas. Todo esto no implica solo quedarnos con lo malo, sino hacer este balance para tomar impulso y reparar la situación.

—¿Considera que haber centrado el debate educativo en la discusión virtualidad-presencialidad impidió prever estos resultados?

—Creo que, como pasa sobre todo en períodos de crisis, nos vamos enamorando de las soluciones. Cuando uno hace el balance, la respuesta fue adecuada, porque, aunque hubo limitaciones, en muy poco tiempo pudimos transformar la metodología y seguir dando clases. Pero, también vimos que eso tenía límites de todo tipo, no sólo en términos de acceso a la tecnología, sino respecto de lo que significa la educación superior, en la que la presencialidad tiene una centralidad tal que esta experiencia dejó en evidencia.  

—Con el insumo de esta experiencia, ¿qué lugar considera debe ocupar la virtualidad en la educación superior?

—Esto no significa que tenemos que "tirar la virtualidad por la ventana", sino ver cómo la balanceamos. Muchas herramientas de la virtualidad han llegado para quedarse y hay mucho trabajo por hacer en este campo. Ahora bien, crudamente, nuestro balance refiere a que en materia de educación superior nosotros no podemos validar cosas que no se tienen. Algo que en otras instancias y otras jurisdicciones se hace, de que entendiendo el contexto los alumnos sin tener los contenidos igual pasan de año, en la educación superior es inimaginable.  Entonces hay que pedir un esfuerzo y en condiciones que son injustas. Por supuesto que los estudiantes no son los responsables de esta situación, pero son los que van a tener que hacer un esfuerzo adicional para que podamos constatar que tienen los conocimientos, las habilidades y las competencias que decimos que tienen, porque esta es la trampa que no se puede hacer.

—¿Cuál es el esfuerzo que deben hacer los docentes para recuperar esa centralidad y de qué manera esto se puede lograr?

—Institucionalmente, la Universidad debe habilitar una nueva conversación, un nuevo contrato educativo. Nosotros teníamos un contrato que era la presencialidad. La realidad lo modificó y hubo un consenso en que esto tenía que ser modificado. Ahora tenemos que hacer un nuevo contrato, la institución, los docentes y los estudiantes. El final de este proceso no puede ser “aquí no ha pasado nada”, sino cómo recuperar aquello que no pudimos desarrollar. En esto, por supuesto, hay un rol para los docentes, para los estudiantes y hay un rol principal para la Universidad, porque lo más fácil sería "cortar" por los estudiantes y eso sería injusto. Tenemos que pensar cómo habilitamos esa conversación y elaboramos un nuevo contrato en el que el rol de los docentes es fundamental, porque son ellos los que nos pueden decir efectivamente cómo llevamos adelante la estrategia para encontrarnos con ese nuevo resultado y cuál es el esfuerzo que vamos a pedir.

Tamarit consideró necesario hacer un balance sincero sobre lo sucedido en la pandemia.

Un retroceso que se profundiza

A la par del balance institucional sobre las respuestas brindadas por la Universidad en la pandemia, el rector de la UNNOBA reflexionó sobre la realidad del conjunto del sistema educativo y apeló a la necesidad de revertir un proceso de retroceso que no se inició con la emergencia sanitaria y que muestra uno de los problemas más complejos que experimenta la sociedad argentina, de cara a sus posibilidades ciertas de desarrollo. En este sentido observó que el sistema educativo es “único” y explicó que la división en “niveles” solo opera en términos jurisdiccionales e institucionales para delimitar actuaciones, aunque "esto no nos despoja de las responsabilidades que todos tenemos en la resolución de problemas comunes”. “Nosotros concebimos al sistema educativo como único. Las trayectorias de los alumnos son únicas y poco importa si lo que sucede ocurre en la primaria, el secundario o en la Universidad”, expresó.

“Está clarísimo que en Argentina hace décadas tenemos un retroceso respecto a las expectativas que tiene la sociedad sobre el nivel educativo. No hay ningún sector que esté conforme con lo que estamos haciendo en todos los niveles”, planteó y consideró que “en esta concepción de que es un sistema único, todos tenemos que colaborar para que esas trayectorias sean lo más satisfactorias posibles”.

Con respecto a la posibilidad cierta de la Universidad de intervenir en la búsqueda de soluciones a problemas educativos que se expresan en todos los niveles, Tamarit aclaró: “La Universidad tiene una actividad específica en la educación superior y en el momento en que los estudiantes llegan, trata de ponerlos a todos en igualdad de posibilidades para que desarrollen de la mejor manera su esfuerzo. Ahora, también tiene que involucrarse con el resto del sistema y ahí creo que hay mucho por hacer”.

En este punto insistió: “Hay que entender que las dificultades que tiene la educación no son algo que les sucede a otros, no es un problema del nivel inicial, de la primaria, de la secundaria o de la Universidad. Es un problema que nos afecta a todos y, de esta manera, todos debemos intervenir en la búsqueda de las soluciones, porque a la sociedad tampoco le importa cómo dividimos metodológicamente, ni cómo asignamos las responsabilidades institucionales”.

“Sobre todo, en términos de su territorio, el conjunto de las universidades nacionales tiene mucho por hacer. Las universidades tienen un capital que no está utilizado en todo su potencial”, opinó y sostuvo que “hay que hacerlo de manera planificada porque no sirven los esfuerzos aislados que no tienen continuidad”.

Habilitar nuevos debates

—En virtud de los problemas educativos que tiene Argentina, ¿qué aspectos son los que deben discutirse?

—El debate en torno a la educación está llamado a volver sobre el principio. Hemos pasado décadas discutiendo metodologías y el enorme problema que tenemos es de contenidos básicos y elementales. Es necesario que los estudiantes puedan conocer las bases de la matemática, que puedan ubicarse en tiempo y espacio y que puedan comprender textos. Estos son los problemas que tenemos y no parece ser que estas sean las cuestiones que se pongan a menudo en el centro del debate. El problema que tenemos es que cuando los alumnos terminan el secundario no pueden acceder a un trabajo razonable de calidad, porque no tienen las competencias para hacerlo. Hay que volver a poner la discusión allí.

—¿Es una escuela que, de alguna manera, ha quedado "vieja" para brindar las herramientas para el desempeño en ámbitos cada vez más competitivos?

—"Viejo" o "nuevo" no es un término con el que yo pueda adjetivar la situación de la escuela. Lo que está claro es que no da las respuestas necesarias. Antes, un estudiante que terminaba el secundario reunía un conjunto de capacidades y se insertaba con naturalidad al mercado laboral, o seguía estudiando si quería formarse en un oficio o en una profesión. Esto ya no sucede. Hoy todas las empresas e instituciones toman evaluaciones para validar habilidades y competencias porque saben que ellas no están dadas. Evidentemente, lo que pasa es que, por diversas razones, la escuela no habilita a los estudiantes para aquello que es la promesa que le hacemos los que estamos en el sistema educativo a la sociedad, que es que cuando pasen por aquí van a tener mejores condiciones, por ejemplo, para acceder al mercado laboral. Eso no está pasando.

—El tema educativo está muy instalado en la sociedad ¿la política tiene este tema en la prioridad de su debate?

—Dicen que sí. Con la pandemia, debido al cierre de las escuelas y la conformación de grupos de padres organizados, el tema educativo ha adquirido un volumen que no tuvo durante mucho tiempo. Ahora también, por lo menos en mi experiencia, esto avanza y retrocede y seguimos reproduciendo viejos problemas. En la consideración pública, la educación no es uno de los cuatro temas de preocupación de la sociedad. Por supuesto que con el 50 por ciento de pobres y el 40 por ciento de inflación, es entendible que esto sea así. Ahora, hay que entender que si no resolvemos el problema educativo, estos condicionantes van a persistir. En la visión general, el problema existe; pero, después, cuando uno va a la visión individual y uno le pregunta a cada padre por su hijo, dicen que está bien. Jaim Etcheverry lo explica muy bien cuando dice que en este aspecto Argentina es como “un gran país de huérfanos”: nuestros hijos están bien, pero el sistema educativo está mal. ¿De quién son esos hijos donde las cosas están mal? ¿De quién son esos chicos que pasan por un sistema educativo que todos criticamos? Por eso creo que hay dos niveles en los cuales la política asume una limitación muy grande: el desarrollo y la calidad de la educación. Y, frente a ello, hay que tomar decisiones que tienen que empezar por lo elemental, tener a los chicos en la escuela, tenerlos todo el tiempo que podemos y brindarles las herramientas para la competencia personal, para que se puedan desarrollar personalmente, para que cuando certificamos sus conocimientos esto tenga que ver con la posibilidad del estudio, de la empleabilidad y con la posibilidad de desarrollarse como persona, que es para lo que uno va al sistema educativo.

El rector recordó que el sistema educativo es "único" y hay que concebirlo de ese modo al momento de hallar soluciones. Foto: Agencia Télam.

—¿Hay instancias de trabajo en esta línea que convoquen a los distintos actores del sistema?

—Sí. Hay muchas instancias. El ministro de Educación de la Nación ha planteado algunas cuestiones en esta línea de prioridades. Que vuelvan a la escuela, que estén la mayor cantidad de tiempo en ella, educándose, además. Volver a tener claro qué es la escuela y por supuesto, reparar las situaciones objetivas de pérdida, donde lo que no puede pasar es que esto quede solo sujeto a la posibilidad del alumno y su familia. La principal desigualdad no es ya el acceso a la escuela, Argentina tiene garantizada esa situación. La calidad de la educación que reciben los sectores más altos de la sociedad respecto de aquellos que están en el decil más bajo, en el análisis socioeconómico, es brutal. La desigualdad ya no se da por estar o no en la institución, se da por la calidad de la educación que se recibe. Hay que trabajar para mejorar esa calidad, que es lo que hoy está haciendo esa diferencia.


Diseño: Laura Caturla


En busca del gen

Por Lorena Berro

Nicole Pretini es egresada de la licenciatura en Genética de la UNNOBA y becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Centro de Investigación y Transferencia del Noroeste de Buenos Aires (CITNOBA). Fernanda González es docente de grado y posgrado de la UNNOBA, investigadora independiente del CONICET en el CITNOBA e investigadora en la Estación Experimental Agropecuaria del INTA Pergamino. Ambas coinciden no sólo en el ámbito de trabajo en el que investigan distintos aspectos del cultivo de trigo, sino en la pasión por el conocimiento. Desde 2007 Fernanda González es directora de un proyecto de investigación al que Nicole Pretini se sumó cuando comenzó su tesis de posgrado. En el marco de esa iniciativa que comparten con otros investigadores como Leonardo Vanzetti, Ignacio Terrile, Andreas Börner, Jörg Plieske, Martín Ganal y Marion Röder, lograron hallazgos novedosos internacionalmente.

La publicación en la revista científica Theoretical and Applied Genetics del artículo titulado “Identification and validation of QTL for spike fertile floret and fruiting efficiencies in hexaploid wwheat  (Triticum aestivum L.)” dio visibilidad a la tarea que vienen llevando adelante. Nicole Pretini fue la autora del trabajo en el que se describe el modo en que se pudieron identificar y validar segmentos genómicos que determinan la fertilidad de la espiga de trigo, un hallazgo que permite pensar en una selección por rendimiento, asistida por marcadores moleculares.

“Logramos identificar ciertos rasgos cuantitativos, que son segmentos genómicos (o QTL) dentro de los cuales se encuentran los genes asociados a una característica, en este caso la fertilidad de la espiga, que explica mucho las variaciones de potencial de rendimiento de los cultivares de trigo sembrados en Argentina”, describe Pretini.

“Usualmente el mejoramiento del potencial de rendimiento se hace de manera empírica, sembrando muchas parcelas en el campo y después de la cosecha seleccionando los cultivares de acuerdo al rendimiento obtenido. Las regiones que se identificaron y validaron en esta investigación resultan novedosas a nivel internacional por aportar herramientas para asistir molecularmente la selección, en etapas tempranas del mejoramiento”, explica González.

“Para estudiar las bases genéticas de esta característica, identificamos 'padres' con distinta fertilidad de espiga, pero similares en el resto de las características que aportan al rendimiento, con el fin de producir poblaciones conocidas como haploides duplicados que surgen del cruzamiento de esos ‘padres’”, abunda la investigadora del INTA Pergamino.

“Esas poblaciones nuevas fueron genotipadas con un chip de 90.000 polimorfismos de base única o Single Nucleotide Polymorphisms, en colaboración con investigadores del Leibniz Institute of Plant Genetics and Crop Plant Research y Trait Genetics GmbH, de Alemania”, agrega Pretini.

Con los datos obtenidos confeccionaron el mapa genético y estudiaron el fenotipo de las poblaciones, esto es, midieron las características visibles o cuantificables de las plantas. “Una vez identificadas las regiones, diseñamos marcadores moleculares tipo KASP (Kompetitive Allele Specific PCR, por su sigla en inglés) para identificar mutaciones individuales y desarrollamos nuevas poblaciones que permitieron validar la presencia y efecto de los QTL”, refiere Fernanda González.

Una larga historia

El proyecto se inició en 2007 enfocados en tratar de identificar qué características podían ser promisorias para mejorar el rendimiento potencial de los trigos argentinos adaptados al noroeste de la provincia de Buenos Aires. “Identificamos la fertilidad de espiga como una característica promisoria en nuestro germoplasma y a partir de ahí empezamos con cruzamientos para generar poblaciones que permitieran identificar las bases genéticas de esta característica”, menciona la investigadora del INTA Pergamino.

"La identificación de las bases genéticas y el fenotipado fue importante porque logramos identificar regiones dentro del genoma que estarían gobernando esta característica en nuestro germoplasma. Esto es novedoso no solo a nivel local, sino internacional, porque no hay ninguna base genética reportada para esta característica" , agrega la licenciada en Genética de la UNNOBA.

Ambas destacan que la fertilidad de la espiga es una característica difícil de medir y plantean que con marcadores moleculares se puede seleccionar esa característica en los programas de mejoramiento, sin tener que medirla desde el punto de vista fisiológico, que es algo muy complejo.

Trabajar con otros

Para algunas fases de esta investigación se establecieron alianzas externas, atendiendo a la necesidad de acceder a tecnología que no estaba disponible en Argentina. En este plano, destacan la riqueza de la experiencia y mencionan que en este tipo de trabajos es habitual recurrir a asociaciones en el exterior o calificar a becas que brindan financiamiento y posibilitan “ir más rápido en la búsqueda del resultado que se pretende hallar”.

La validación, otro hito

Un aspecto sustancial del proceso fue la validación, ya que la mayoría de los trabajos terminan en la identificación. “Para ello fue necesario obtener una población independiente, realizar cruzamientos nuevos y confirmar que la base genética estaba asociada a esta característica de fertilidad de la espiga”, resalta Fernanda González.

“En su tesis Nicole Pretini pudo obtener un producto directo para usar, una base genética identificada y validada. Es un conocimiento que ahora está disponible en germoplasma local para que los planes de mejoramiento puedan utilizar este marcador para fijar esta característica en forma temprana”, abunda la directora del proyecto.

Ir por más

El próximo objetivo de este proyecto está definido: Nicole Pretini viajará a California, Estados Unidos para trabajar en el Laboratorio de Dubcovsky (UC, Davis) en la búsqueda del gen encargado de marcar esta característica de fertilidad de la espiga.

Respecto de este proceso, Fernanda González explica: “La fertilidad de la espiga estaba dentro de un marco conceptual para entender cómo se genera el número de granos y el rendimiento en trigo. Se sabía que había variabilidad genética y algunos reportes mostraban que esta característica estaba asociada a la generación del número de granos, pero hasta el momento nadie había logrado identificar una base genética. Eso fue lo que logró el trabajo de Nicole y ahora el objetivo es achicar la región estudiada para llegar al gen”.

“Ahora que ya realizamos la validación de los QTL, vamos por la detección de un gen. Ojalá tengamos la fortuna de hallarlo y si eso ocurre, seguramente habrá otros aspectos que profundizar como estudiar qué pasa en la interacción con otros genes y abrir un abanico de posibilidades, siempre apuntando a entender el mecanismo fino que está detrás de lo que ocurre en la práctica agropecuaria real para aportar herramientas que ayuden a mejorarla y hacerla más sustentable”, acota Nicole Pretini.

Respecto de la posibilidad de identificar el gen, la investigadora graduada de la UNNOBA reconoce que “sin dudas es el sueño de cualquier licenciado en Genética”, pero aclara: “Cuando uno investiga no lo hace pensando en el logro personal, busca contribuir a la generación de un nuevo conocimiento, sabiendo que si lo logra de ningún modo esa es la línea de llegada sino más bien el punto de partida para seguir investigando”.

Un cultivo estratégico

En términos objetivos, este año la zona triguera del país tuvo una siembra récord con 6.5 millones de hectáreas sembradas y las perspectivas de cosecha son alentadoras. Argentina produce alrededor de 19 millones de toneladas de trigo, de las cuales 6 a 7 toneladas se consumen internamente y el resto se exporta. Sin embargo, este cultivo no es ajeno a los inconvenientes que generan distintos fenómenos, entre ellos, el cambio climático, el cual preocupa a productores e investigadores. Respecto de esto, Fernanda González y Nicole Pretini entienden que el desafío pasa por incrementar el potencial de rendimiento y la tolerancia a la sequía, debido a la extensión de los períodos secos que se pronostican en la región central de Argentina.

Sobre esta cuestión, González recuerda que el cambio climático viene operando desde la década del 70 y refiere que por modelos de simulación se sabe que el potencial ambiental viene cayendo. “Los programas de mejoramiento han permitido sostener ganancias en rendimiento a pesar de esta caída, pero hay que trabajar para contrarrestar el impacto futuro y hay algunas líneas promisorias en este sentido”.

Con respecto al posicionamiento de Argentina en materia de investigación, concuerdan en el buen nivel de los investigadores del país. “A pesar de todas las limitaciones que existen, la biotecnología argentina está muy bien ubicada en el concierto internacional y, en materia de ecofisiología y mejoramiento hay recursos muy formados y valiosos.  En términos de publicaciones también estamos muy bien”, sostiene González.

En este plano, asegura que lo que hace falta es dar el salto para transformar el conocimiento que surge de la investigación científica en tecnología aplicable y se mostró optimista respecto de algunos avances.

Una misma pasión

Tanto Fernanda González como Nicole Pretini tienen historias de formación y recorridos vocacionales diferentes. Una es ingeniera agrónoma y se ha especializado en cuestiones vinculadas a la ecofisiología de los cultivos; la otra eligió el terreno de la genética y profundizó sus saberes en el aspecto molecular. Sin embargo, el ámbito académico y científico representó para ellas un punto de encuentro que les permitió inaugurar este camino que transitan, motivadas por una misma pasión: investigar. Nicole Pretini cuenta que inició la licenciatura en Genética en la UNNOBA en el año 2006 y aunque siempre se sintió atraída por la genética vegetal, confiesa que fue de la mano de Fernanda González, codirectora de su tesis de grado, que descubrió su pasión por el cultivo de trigo y confirmó el aporte que su profesión podía hacer al mejoramiento de su potencial. “Ella me abrió un panorama sobre trigo que me resultó sumamente interesante y así comencé a investigar”, refiere.

“Si bien mi trabajo está orientado a la parte molecular, descubrí que la fisiología me resulta atractiva. El trabajo en este proyecto me enseñó muchas cosas, entre ellas me ayudó a entender que la interacción entre la fisiología y la parte molecular es de gran importancia para poder comprender el funcionamiento de los cultivos”, sostiene la joven investigadora y asegura que fue su formación de grado la que la orientó hacia la investigación. “Uno ingresa a la carrera sin saber hacia dónde va a ir y es de la mano de los docentes y de los trabajos que va realizando que el camino se va abriendo. El principal objetivo de la carrera de Genética en la UNNOBA es formar investigadores”, afirma.

Las dos saben, por sus experiencias, que es de la mano de esas alianzas que se establecen en el terreno de la investigación que se afianza no solo la vocación, sino el compromiso con la generación del conocimiento. Los reconocimientos que ha tenido este proyecto, declarado de interés por la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, y los espacios que ha conseguido en los principales medios especializados del país, son una muestra clara de los primeros frutos de un camino que continúa y apunta a dotar a los planes de mejoramiento de bases científicas desde las cuales tomar herramientas para potenciar el desarrollo y la sustentabilidad de la zona triguera del país.

Diseño: Laura Caturla


Producir en clave de futuro

Por Lorena Berro

El mejoramiento genético se asocia al incremento de la rentabilidad de los cultivos. Sin embargo, esta ciencia aúna el trabajo de muchas disciplinas para ponerlas al servicio de potenciar el desarrollo y contribuir a la resolución de problemáticas complejas de las sociedades actuales. La producción de alimentos de calidad a costos razonables, la generación de energía, la disminución de los efectos no deseados del cambio climático son algunas de las dimensiones en las que el mejoramiento puede intervenir para aportar soluciones.

Adriana Andrés, directora del Instituto de Posgrado de la UNNOBA, y Guillermo Eyherabide, director del Doctorado en Mejoramiento Genético de la UNNOBA, brindaron su mirada respecto de los aportes que el mejoramiento genético vegetal y animal ha hecho en distintos campos de la actividad productiva nacional y las transformaciones que ha generado en términos de sustentabilidad, mostrando su potencialidad para abordar problemas complejos que enfrenta la humanidad.

Las definiciones antiguas del mejoramiento genético hablaban de la ciencia y el arte de incrementar la productividad de especies animales y vegetales o la uniformidad y calidad de sus productos. Esto sigue siendo cierto, pero de arte queda muy poco, relegado a la creatividad y subjetividad de los mejoradores. El mejoramiento se ha potenciado muchísimo con los avances en genética clásica, la genética molecular, la estadística y las tecnologías de la información, de manera tal que hoy podemos decir que es la ciencia que atiende el desarrollo de plantas y animales mejor adaptados para satisfacer las necesidades humanas de alimentos, fibra y energía en un marco sustentable”. Con esta apreciación Guillermo Eyherabide, describió los cambios que se han dado en esta ciencia.

En la misma línea, Adriana Andrés mencionó la evolución que han tenido las disciplinas que compromete y resaltó la importancia de fortalecer la inversión en investigación para “seguir generando conocimientos en un área estratégica para el desarrollo”.

—¿Cómo convive el mejoramiento genético con la sustentabilidad, ya que a menudo aparecen como procesos enfrentados?

—Adriana Andrés: El mejoramiento genético apunta a la sustentabilidad y aúna horizontalmente una serie de disciplinas que sirven como herramientas para lograr un producto mejorado, es decir, un cultivo que rinde más en condiciones más sustentables porque requiere menor uso de fertilizantes, o porque es tolerante a sequías o inundaciones, o porque puede desarrollarse en condiciones extremas de vulnerabilidad ambiental. El mejoramiento no compite ni está divorciado de la sustentabilidad. Todo lo contrario, trabaja en el mismo sentido de lo que pretendemos de la sustentabilidad. Hace varios años la única forma de mejorar el rendimiento de los cultivos era controlando ciertas enfermedades con fungicidas, que no eran los mejores en términos de sustentabilidad. Hoy, a través de la genética, se han logrado obtener variedades resistentes, con lo cual este divorcio que parece haber entre la genética, la biotecnología, el mejoramiento y la sustentabilidad es una falacia.

—¿El mejoramiento genético es condición imprescindible para el incremento de la rentabilidad de la producción agropecuaria?

—A.A: Hay determinadas áreas o regiones de Argentina donde hay cultivos que están adaptados naturalmente y van a seguir siendo los que predominen, porque son áreas con variables bioclimáticas que no las hacen acordes a poder introducir tecnología. Pero hay otras regiones, como la zona núcleo, donde el mejoramiento ha sido la principal herramienta para dar el salto cualitativo y cuantitativo en lo relacionado al rendimiento ya sea de fibras, granos y calidad de forrajes.

—Guillermo Eyherabide: Es impensable poder producir alimentos para una población mundial en crecimiento si no es de la mano del mejoramiento genético. Existen pocas regiones del planeta que todavía tienen áreas de cultivo inexplotada. Si observamos lo que pasó en Argentina, se nota un incremento de la producción de granos y frutos sobre una superficie que es mucho menor a la que se hubiera requerido si los rendimientos se hubieran mantenido en los índices que tenían hace cincuenta años. Esa es, entre otras cosas, consecuencia del mejoramiento genético.

—A.A: En el país, en los últimos treinta años la expansión de la agricultura mediada por las nuevas tecnologías y la soja ha desplazado la ganadería a ambientes marginales, cuyos suelos estaban colonizados por determinadas especies que no eran productivas porque los animales no podían alimentarse de ellas. A través del mejoramiento genético se ha logrado expandir las fronteras de la ganadería, logrando desarrollar variedades que se adaptan a condiciones de adversidad. Argentina tiene amplias superficies que no están exploradas y el mejoramiento genético es un proceso que, si se conduce con objetivos y finalidades claras, es exitoso y permite, cuidando el ambiente, aumentar la productividad en el área que sea.

—Se habla de mejoramiento genético y se piensa inmediatamente en la productividad, ¿hay otros aspectos en los que esta ciencia contribuye al desarrollo?

—G.E: Se habla mucho del cambio climático y no hay otra forma de enfrentarlo que adaptando los cultivos. Puede haber medidas de mitigación desde las políticas públicas, pero el mejoramiento genético puede ayudar a que los efectos indeseables del cambio climático sean menores. Si observamos que una de las causas de este fenómeno es el uso de combustibles fósiles, con el mejoramiento genético se pueden hacer cultivos energéticos; esto puede lograrse tanto con cultivos que tradicionalmente se han destinado para granos, como con cultivos herbáceos que no tienen finalidad alimentaria. Frente a la problemática mundial del cambio climático, el mejoramiento genético puede ayudar desde una doble vía: por un lado, tratando de reemplazar combustibles fósiles; y por el otro, adaptando los cultivos a las condiciones que el propio fenómeno ha generado.

En un buen lugar

Respecto del posicionamiento del país en lo que concierne al cambio climático, los investigadores, que cuentan con nutrida experiencia de trabajo en este campo de la actividad científica, coincidieron en señalar que “Argentina está en un buen lugar porque, tanto en el sector público como en el privado, y hay un fuerte trabajo en mejoramiento genético que ha tenido impacto en la producción”. “El mejoramiento genético en el país está bastante actualizado e integrado a redes globales que facilitan la ejecución de proyectos”, comentó Eyherabide.

En el plano de las necesidades, consideraron que es prioritario formar recursos humanos altamente calificados y en ese sentido señalaron que “la UNNOBA, a través del doctorado en Mejoramiento Genético Vegetal y Animal,  está dando los primeros pasos para satisfacer esta demanda”. “No hay tantos especialistas formados en mejoramiento y los avances, no solo de la genética, sino de otras disciplinas, es tan grande y se producen a un ritmo tal que exigen de un plan de estudios que los atienda específicamente”, sostuvo Adriana Andrés.

—¿El doctorado en Mejoramiento Genético Vegetal y Animal de la UNNOBA viene a cubrir esta área de vacancia?

—A.A: Indiscutiblemente sí. Nuestros alumnos mayoritariamente vienen de la actividad privada, esto está marcando la importancia que tiene la Universidad en el territorio que brinda,  a través de la carrera, la posibilidad de que muchos profesionales que hacen mejoramiento y desarrollo de semillas tengan su título habilitante.

Fortalecer lo público

La impronta de la actividad privada en el terreno del mejoramiento genético es indiscutida. Como lo es la trayectoria que algunas instituciones públicas han logrado producto del sostenimiento de líneas de investigación en condiciones que no siempre propiciaron su desarrollo. Sobre esta cuestión, Adriana Andrés y Guillermo Eyherabide resaltaron que “el peso de la inversión privada es muy significativo”. En este punto marcaron con preocupación que “en lo público no se ha invertido en investigación todo lo que hubiera sido necesario”.

Si bien reconocen que hubo instituciones como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas y algunas universidades que han apoyado proyectos, siempre los presupuestos fueron magros. Por eso consideraron que es tan importante fortalecer la inversión en investigaciones en áreas disciplinares que apoyan al mejoramiento genético y cuyos resultados no se obtienen en el corto plazo.

—¿A qué atribuyen el hecho de que los alientos a la investigación en el ámbito público no siempre hayan sido los adecuados?

—G.E: Muchas veces cuando se discute el financiamiento de la ciencia, se entiende que el mejoramiento genético apunta solo al rendimiento de los cultivos y que eso sirve solamente a los productores y se desatienden otros aspectos que son muy importantes. Erróneamente, desde esa mirada se dejan de lado otras cuestiones asociadas a cómo impacta el mejoramiento en la calidad de vida, sin importar que una persona viva en el campo o en una ciudad.

—¿Robustecer la actividad en el ámbito público es uno de los desafíos?

—G.E: Ese es uno de los desafíos. Pero la gran tarea es disponer de una articulación público-privada mucho más fuerte de la que existe hoy. Hasta ahora lo que ha ocurrido es que las instituciones públicas han ofrecido sus capacidades al sector privado; lo que hay que lograr es que los dos ámbitos se fijen metas mucho más ambiciosas que alcanzar juntos.

—¿Qué rol consideran que cabe a las universidades en esta articulación?

—A.A: Tienen un rol fundamental. En el caso de la UNNOBA, a pesar de ser una universidad joven, desde siempre apoyó la investigación en mejoramiento genético para la generación de conocimientos y el desarrollo de germoplasma. Queda mucho camino por transitar. Tenemos planificado conformar un criadero, que es la base para el registro de cultivares o variedades con patente propia. También estamos fortaleciendo nuestra infraestructura de laboratorios y formando recursos humanos. Todo esto puede contribuir al desarrollo de las empresas pequeñas a las cuales la Universidad puede apoyar desde la generación de conocimientos.

Más cerca de lo que se supone

Aunque asociado a conceptos que resultan abstractos al común de la gente, el mejoramiento genético y las disciplinas que engloba están, a juicio de los investigadores de la UNNOBA, más cerca de la vida diaria de lo que se sabe y su desarrollo tiene implicancias ciertas. A pesar de presuponer que se trata de saberes confinados a un grupo de científicos aptos para manejar complejas tecnologías, mejorar genéticamente es algo que, transforma un producto en otro para cumplir con un determinado cometido, habitualmente asociado a la calidad en un marco de sustentabilidad. Así lo expresa Guillermo Eyherabide al marcar: “La posibilidad de acceder a alimentos en cantidad y a niveles de costo razonables va de la mano de la capacidad de poder producir cada vez más respetando el ambiente”.

En este aspecto, que es quizás el más próximo a la sociedad, ejemplificó: “Algunas líneas de trabajo buscan desarrollar cultivos biofortificados, en el sentido de que sus granos o la pulpa de sus frutos tengan algunos componentes que puedan contribuir a la salud, y de este modo contribuir a resolver problemas nutricionales que existen aquí y en otras partes del mundo”.

“Estas cuestiones van a tener cada vez más importancia, en paralelo a lo que la propia población vaya demandando”, planteó Eyherabide, quien en coincidencia con la directora del Instituto de Posgrado de la UNNOBA concluyó: “El mejoramiento genético está mucho más cerca de la gente de lo que puede percibir”.

El doctorado

Como parte de su oferta de formación de posgrado, la UNNOBA dicta el doctorado en Mejoramiento Genético Vegetal y Animal. La carrera tiene cuatro años de duración y este año se abrió la segunda cohorte con la participación de profesionales de distintos lugares del país y del exterior. Los tres primeros años de cursada están destinados al desarrollo del programa académico y el cuarto a la investigación para la presentación de la tesis final.

Se trata del primer doctorado en Mejoramiento Genético Vegetal y Animal de Argentina. Otras universidades nacionales tienen trayectoria en el dictado de maestrías y doctorados en temáticas puntuales en áreas disciplinares específicas, pero no planteadas de modo integrador.

Un doctorado constituye el mayor grado académico que se confiere en Argentina y el programa de la carrera fue aprobado por la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU).

Diseño: Laura Caturla


Pandemia, un año después

 

Por Lorena Berro

Hace un año una decisión del Gobierno nacional imponía la cuarentena obligatoria para impedir el colapso sanitario que podía generar la propagación del virus SARS-CoV- 2, causante de la COVID-19. En Argentina, comenzaban a hacerse visibles las implicancias de la pandemia. Hoy que comienzan a habilitarse actividades y se ha puesto en marcha el plan de vacunación, se generan las condiciones para suponer que se está iniciando la ansiada “nueva normalidad” . Sin embargo, la pandemia está lejos de haber terminado.

Lo que propone el calendario, a poco más de un año de aquel 20 de marzo en que se inició el confinamiento, es la posibilidad de mirar con visión retrospectiva lo vivido para tomar aprendizajes.

La tarea del sistema de salud, tanto público como privado, ha sido y es titánica; la ciencia ha avanzado a pasos agigantados y ha conseguido llevar adelante estrategias de colaboración que hubieran sido impensadas sin la magnitud de esta tragedia que puso de rodillas al mundo. El desarrollo de vacunas y la construcción de conocimientos en tiempo real sobre un virus desconocido aparecen entre las principales riquezas para capitalizar de esta experiencia.

Como contracara, en este tiempo de pandemia también se han visibilizado los egoísmos, las violencias y la estigmatización. Ese es el camino que hay que abandonar si no se quiere abortar la posibilidad de resurgir mejores de esta vivencia tan disruptiva como dolorosa.

La aparición de nuevas variantes del virus SARS-CoV- 2 y el presagio de una inminente "segunda ola" producto del sostenido aumento de casos, enciende luces de alerta. A pesar de  ello, la ciudadanía pareciera no estar dispuesta a observarlas, como si se impusieran mecanismos de negación que velaran la realidad en toda su magnitud.

En este escenario, como ha sucedido en otros momentos de la emergencia sanitaria, la educación vuelve a brindar las claves para habilitar la reflexión e interpelar al conjunto social sobre lo que el futuro impone como tarea. La licenciada en Psicología, Graciela Giménez, y la licenciada en Comunicación Social, Yanina Frezzotti, docentes de la carrera de Enfermería de la UNNOBA, aportaron su visión sobre lo que la pandemia ha representado hasta aquí en términos psicosociales. Describieron algunos eventos y señalaron cuestiones que consideran necesario no desatender para evitar la idea ilusoria de una pospandemia que aún no ha llegado.

—¿Cómo evalúan en términos psicosociales el tránsito por el primer año de la pandemia de coronavirus?

—Yanina Frezzotti: Ha sido un año muy complejo en varias dimensiones. Desde el punto de la comunicación, la infodemia irrumpió como un fenómeno generado por la incertidumbre. A través de las redes sociales se fueron viralizando contenidos, a veces informativos y muchas veces desinformativos. Comenzaron a circular rumores, noticias falsas, contenidos maliciosos, teorías especulativas que fueron canalizadas a través de las redes sociales, respondiendo a la necesidad de la gente de hallar respuestas que no podía brindarle la ciencia, que como sabemos, avanza a otro ritmo. La crisis sanitaria, política, económica y social que atravesamos empezó a dar lugar a la circulación de esos contenidos para llenar vacíos.

—Graciela Giménez: La pandemia tuvo un acompañante permanente que impactó seriamente en términos psicosociales que fue la infodemia. Pandemia más infodemia generaron en términos psicosociales la tergiversación de la posibilidad real de analizar las conductas sociales tal como estamos acostumbrados a hacerlo.

—¿Qué fenómenos sociales observan que se han expresado en este tiempo en el que las redes sociales han tenido mucho protagonismo como canal de comunicación?

—YF: En el marco de un grupo multidisciplinario radicado en el Centro de Investigaciones y Transferencia del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires (CITNOBA), llevamos adelante una investigación sobre “Repertorios y flujos de comunicación en espacios digitales” y advertimos un crecimiento exponencial de la violencia a través de las redes sociales. Hicimos un relevamiento entre jóvenes y observamos que ellos perciben este fenómeno, aunque tratan de resguardarse, evitando intervenir en debates públicos, sobre todo cuando se generan a partir de temas “polarizantes”. Están más ausentes del diálogo en redes cuando se habla de "vacunas sí o no", cuando se plantean debates sobre la conveniencia o no del confinamiento, o el uso o no del barbijo. Sí intervienen más en las cuestiones de género y el cuidado del medio ambiente, aunque siempre lo hacen con un perfil bajo y recurriendo a otras herramientas que brindan las redes para sumarse de alguna forma al activismo digital. Pero la violencia en redes creció y eso tiene impacto en términos sociales por la capacidad de penetración de esos contenidos. Lo mismo sucedió con la violencia de género que también encuentra un canal a través de las redes sociales para expresarse, aunque en este caso, los jóvenes, que es el grupo que estudiamos en el proyecto, suelen ser observadores pasivos y tienden a naturalizarla.

—¿Cómo han impactado desde el punto de vista psicológico y psicosocial el confinamiento y las modificaciones que sufrió la dinámica de la vida cotidiana?

—GG: Hay emociones que generó la pandemia, estados de ánimo que afectaron a la sociedad. La UBA hizo clasificaciones con rigor científico, y han prevalecido el miedo, la frustración, el enojo, la ambivalencia, la desorganización, el aburrimiento, la tristeza y la soledad; sensaciones que parecieran no contener ninguna connotación positiva y que han estado subrayadas por la incertidumbre.

En las redes sociales, los jóvenes se mostraron más ajenos al debate sobre las cuestiones vinculadas a la pandemia.

—¿Estas manifestaciones pueden tener efectos perdurables sobre la salud emocional individual y colectiva?

—GG: Lo que ha sucedido en este tiempo ha redundado en patología mental. En mi opinión, la pandemia puso en foco una cantidad de cuestiones y cuando la estructura psíquica, la configuración de biografía y experiencia de los sujetos son terreno propicio, el síntoma aparece. No me arriesgaría a decir que a alguien lo enfermó la pandemia, ni que hay una depresión por pandemia. Todavía no hay un registro suficiente, porque aún estamos transitando el problema.

—¿Cómo evalúan este tiempo de la pandemia y  los mecanismos que se pusieron en juego a nivel social para sobrellevar una situación que se ha sostenido en el tiempo? 

—YF: Creo que hubo dos grandes momentos: el comienzo de la pandemia, donde tuvimos mucho más miedo, lo que hizo que emergiera la solidaridad social y esta idea de cuidarnos entre todos, de protegernos y "remar todos para el mismo lado", de preguntarle al vecino si necesitaba algo... ese tiempo inicial que nos permitía mirar el impacto positivo que la pandemia podía llegar a tener en el medioambiente y un montón de cuestiones. Y luego, con la naturalización del problema, se inició otro momento en el que volvieron a surgir los individualismos, los egoísmos y se impuso el "sálvese quien pueda". Con ello la idea de que tal vez la pandemia no nos deje nada, porque seguimos siendo los mismos, igual que ha pasado con otros eventos traumáticos de la humanidad.

—GG: Creo que hemos enmascarado el problema. La pandemia sigue. Pero recurrimos a mecanismos conscientes e inconscientes para convencernos de que es un problema que afecta a otros. Ya ha pasado antes con el sida y en esta oportunidad intentamos hacer lo mismo, poner afuera el problema para sentir que no somos nosotros “los apestados”, que es “algo que viene de afuera”, que “nos tiraron la peste”.

—YF: Hay un mecanismo de negación que se expresa en falsas certezas que construimos, como la que señala que el virus no existe, que es una gran mentira que usan para dominarnos. En el plano informativo estas teorías circularon desde el comienzo de la emergencia sanitaria y circulan aún hoy. Seguramente hay recursos que consciente o inconscientemente utilizamos para procesar situaciones adversas que encuentran sustrato en la información que consumimos o que buscamos.

GG: En estas situaciones tan disruptivas se expresan conductas básicas del ser humano que son de "fuga" o de "ataque" y siempre eluden la propia responsabilidad. Como sociedad estamos naturalizando el problema y eso expresa una vez más la falta de educación, como si los cuidados que adoptamos cuando la pandemia empezó, los hubiéramos guardado.

—¿Este mecanismo de negación es un impulso natural a vivir como antes?, ¿o seremos socialmente capaces de construir una nueva normalidad?

—GG: Creo que es relativo. La potencialidad de vivir que tenemos los seres humanos nos llevó en distintos momentos de nuestra historia a poner en juego el poder de la voluntad para sobrevivir. Pero no creo que haya una nueva normalidad, soy bastante escéptica. La diferencia va a estar en que tendremos algo más en la historia para sumar. En términos de espiritualidad no se va a modificar nada. Respecto de la conducta social, no es la pandemia un factor de impacto que genere cambios en este nivel. Eventos que trajo la pandemia en términos de usos y costumbres se van a sostener. Vamos a tener que aprender a vivir de otra manera, porque de acuerdo a lo que señalan los científicos, ésta no será la última pandemia y eso nos obliga a estar más atentos. Pero los egoísmos, las solidaridades, las generosidades, las mezquindades, van a seguir estando.

—YF: Personalmente opino que apenas podamos, todo va a volver a ser como si nada hubiera pasado, también como un intento de tratar de olvidar el trauma. Por supuesto que en algunos ámbitos específicos las transformaciones van a continuar, como el uso de la tecnología en la educación y los adelantos de la ciencia; pero también otras cuestiones menos positivas como la precarización laboral y las violencias.

 La incorporación de la tecnología a la vida cotidiana fue una constante de este tiempo.

La dimensión positiva

Al momento de rescatar aspectos positivos que dejó el tránsito por este primer año de pandemia, las docentes de la UNNOBA coincidieron en marcar los avances de la ciencia y el uso de la tecnología como elementos valiosos.

“Algunos sectores reacios a incorporar la tecnología la adoptaron e incorporaron a sus prácticas laborales e interacciones sociales y eso es algo positivo”, recalcó Yanina Frezzotti, docente de la asignatura Socioantropología de la Salud y becaria del CONICET. “En el ámbito educativo, muchos docentes han aprendido cosas nuevas y se han visto modificados a sí mismos en el proceso, esto los reubica en otro escenario, pueden establecer otros vínculos y eso es positivo”, añadió. “Si bien nada reemplaza la presencialidad en educación, hoy se cuenta con un recurso que ya no se podrá dejar de considerar”, recalcó Frezzotti, quien también es docente de posgrado.

Aunque nada reemplaza la presencialidad, el recurso tecnológico en lo educativo no se puede soslayar.

En la misma línea, Graciela Giménez, secretaria Académica del Instituto Académico de Desarrollo Humano de la UNNOBA y docente de las asignaturas Antropología de la Comunicación, Introducción a las Ciencias Sociales, Sociología de la Enfermería y Psicología de las Organizaciones de la carrera de Enfermería de la UNNOBA, sostuvo que el avance de la ciencia es un aspecto positivo: “A raíz de la emergencia sanitaria han surgido experiencias colaborativas valiosas, nuevas líneas de aprendizaje y conocimiento. Se ha puesto en evidencia el valor de la actividad científica y el uso de la tecnología que se ha horizontalizado”.

Hacia adelante

—¿Cuál es el valor de la educación y de la comunicación en contextos que siguen signados por la incertidumbre?

—YF: Es fundamental capacitar en competencias digitales, pero no solo para achicar la brecha digital, sino para formar en competencias reflexivas. La alfabetización informacional es un concepto clave. Enseñarle a las nuevas generaciones y practicar juntos esta idea de no consumir la información, sino procesarla para validarla.

—GG: Hay que insistir mucho en la educación. Este tiempo nos mostró que estamos atravesados por la información y por las redes sociales, pero no es cuestión de usarlas, sino de pensar para qué las utilizamos. Hay que trabajar muy fuertemente en lo educativo para que los hábitos de cuidado puedan incorporarse, porque no todo el mundo tiene la posibilidad de poder cuidarse o de saber hacerlo. En este sentido el compromiso de la educación es ineludible. Solo con mejor educación vamos a salir enriquecidos de esta experiencia tan dolorosa.

La resiliencia como tarea

—¿Es posible promover la resiliencia como instrumento para pensar la pospandemia? 

—GG: La resiliencia en tanto capacidad humana de sobreponerse y adaptarse a situaciones adversas, se puede fomentar, acompañar. No es una condición natural, hay que aprender a ponerla en marcha: es un entrenamiento, una decisión. La resiliencia no se puede convertir en un acto social por sí mismo, porque depende de la historia y capacidad adquirida de cada persona. El nivel de resiliencia es tan diverso, que no podemos plantearla del mismo modo para todos. Ahora bien, como la mayoría de las personas está atada a la pulsión de vida, se pueden pensar estrategias para desarrollar esa potencialidad. Pero la resiliencia es un proceso interior, un trabajo.

—YF: Coincido en que el ser humano tiene una capacidad resiliente y que para favorecer la resiliencia a nivel social, la educación cobra un valor superlativo. Hay que insistir con la educación que es lo que nos va a dotar de recursos para entender la complejidad del tiempo que estamos viviendo y nos va a permitir ensayar soluciones para los problemas que deberemos resolver en el futuro.

Capitalizar lo aprendido

De la mano de la reflexión sobre la resiliencia y la tarea de promoverla a nivel social, tanto Graciela Giménez como Yanina Frezzotti se detuvieron en la importancia de capitalizar los aprendizajes que dejó este año de pandemia. Ambas coincidieron en señalar que la crisis sanitaria puso en evidencia la importancia del Estado y el conocimiento científico. También resaltaron enseñanzas valiosas en el orden práctico, vivencial y existencial, como la recuperación de hábitos de higiene y conductas saludables, la incorporación de herramientas tecnológicas a la vida cotidiana y a la educación.  “Hay un aparente registro de representación social de mayor intercomunicación”, dijeron.

Asimismo, observaron que se visibilizaron problemáticas sociales estructurales que “tal vez constituyan una oportunidad para trabajar sobre ellas”.
Por último, remarcaron que durante este año de pandemia se instituyó una percepción de inmediatez y finitud sobre el que antes no se reflexionaba y emergió una valoración de la interdependencia social. Todos aspectos de los cuales sacar enseñanzas para trazar el camino hacia el futuro que sigue siendo incierto, pero que encuentra a la sociedad con el bagaje de experiencias del sendero ya transitado.

 

Diseño: Laura Caturla


Candid#1, la vacuna huérfana

Por Lorena Berro

Cada vez que una enfermedad irrumpe en una comunidad y comienza a expandirse con consecuencias drásticas, aparece la necesidad de la ciencia de contener esa emergencia sanitaria y trabajar en la búsqueda de alternativas que permitan su control. En ese devenir, el hallazgo de una vacuna que posibilite la prevención constituye la aspiración máxima. No importa la dimensión del problema ni su alcance geográfico: morigerar la incidencia y reducir la mortalidad es el reto de la actividad científica.

En las décadas del 50 y del 60, las epidemias de Fiebre Hemorrágica Argentina (FHA) causaban un número importante de muertes y desvelaban al grupo de científicos que estaba abocado a conocer la enfermedad causada por un ratón de campo (el Calomys musculinus). En aquel viejo hospital de llanura —donde hoy funciona el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui” (INEVH)— los pabellones estaban abarrotados de pacientes en aislamiento que perdían la vida a causa de una enfermedad que les hacía doler el cuerpo hasta matarlos, sin que se supiera demasiado sobre las causas de aquello conocido como “El Mal de los Rastrojos”.

Fue el doctor Julio Maiztegui y un grupo de profesionales, muchos de los cuales recién se iniciaban en el camino de la Medicina y asumieron la tarea como un reto personal y social, quienes trabajaron sin pausa para hallar primero un tratamiento que resultara efectivo —el plasma de convaleciente— y más tarde una vacuna —la Candid#1— que lograra el control de esta enfermedad endémica, circunscripta a una región del país, actualmente delimitada por las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa.

A partir de la aparición del virus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, aquel modelo nacido en el corazón de la pampa húmeda, producto del desvelo de quienes abrazaron la actividad científica y tomaron todas sus herramientas para lograr contrarrestar las grandes epidemias, se puso en el centro de todas las miradas. Antes, la labor realizada por estos científicos había sido observada para replicar intervenciones orientadas a controlar los brotes de Ébola, SARS y MERS, entre otras enfermedades que afectaron diversas regiones del planeta. Hoy que el mundo entero está a la espera de la llegada de una vacuna que finalmente pruebe ser capaz de detener el avance de la pandemia desencadenada por el nuevo coronavirus, ir hacia atrás en la historia y recordar las instancias que se siguieron para el desarrollo de la Candid#1 resulta no sólo un ejercicio de memoria necesario, sino un espejo en el cual mirar la tarea que es capaz de realizar la ciencia cuando se pone al servicio de objetivos precisos y cuenta con el acompañamiento de una comunidad.

Una historia en primera persona

La doctora Delia Enria no solo trabajó a la par de Julio Maiztegui en los estudios dirigidos a probar la eficacia del plasma inmune para tratar la FHA, sino que durante años estuvo abocada a la tarea asistencial. Más tarde, como directora del Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui” (INEVH), lideró el ensayo clínico realizado en el país para probar que la vacuna producida en Argentina era equivalente a la elaborada en Estados Unidos, donde se produjo por primera vez.

Es, junto a otros profesionales, testigo y protagonista de un hecho científico sin precedentes que cambió la historia de una enfermedad.

En ese contexto, su testimonio aporta no solo una mirada retrospectiva de aquella “lucha” que desencadenó que el país asumiera la responsabilidad y dispusiera de los recursos para fabricar la vacuna Candid#1,  sino que acerca al presente la visión de una mujer de la ciencia respecto de la realidad que vive el mundo atravesado por la pandemia de coronavirus, una situación que a su juicio dejará como saldo “una crisis que requerirá de la ciencia, los Estados y el compromiso social para sortear las batallas que aún quedan por dar, y que no se reducen a lo sanitario”.

—¿Cuándo surgió la necesidad de contar con una vacuna contra la Fiebre Hemorrágica Argentina y cómo fue ese desarrollo?

—Una vez aislado el Virus Junín, causante de la Fiebre Hemorrágica Argentina, la necesidad de la vacuna empezó a manifestarse en el trabajo de diferentes grupos científicos. Hubo distintos intentos, uno de ellos con una vacuna a virus inactivado por parte del Instituto Malbrán. Luego, la Cátedra de Microbiología de la Facultad de Medicina tuvo un primer inicio de vacuna contra el Virus Junín, de donde surgió la cepa XJ clon 3, que incluso llegó a aplicarse a voluntarios. Esa vacuna se interrumpió por decisión de la Academia Nacional de Medicina porque las etapas de su desarrollo no habían seguido lo que se aconsejaba para un producto de uso en humanos. La tarea científica siguió avanzando en otros aspectos, se describieron otros arenavirus y en el año 1976 se realizó en Argentina una conferencia internacional que reunió a expertos de todo el mundo. Ese encuentro concluyó en la necesidad de explorar nuevas posibilidades de vacuna tomando los avances logrados en el trabajo con la cepa XJ clon 3. La idea era buscar una vacuna para todos los arenavirus partiendo del Virus Junín, pero lamentablemente no se logró.

—¿La exploración de esas nuevas posibilidades de vacuna se hizo en Argentina?

—La sugerencia de los expertos de esa conferencia internacional devino en un proyecto colaborativo internacional que involucró al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la Oficina Sanitaria Panamericana, el Ministerio de Salud de la Nación, el Instituto Maiztegui, que se creó a consecuencia de ese proyecto, y la Unidad de Enfermedades Infecciosas de la Oficina de Defensa de los Estados Unidos. Esto habilitó la posibilidad de trabajar en varias líneas. Una de ellas siguió el camino de la cepa XJ clon 3. Se convocó al virólogo argentino Julio Barrera Oro para desarrollar la vacuna en Estados Unidos, en un laboratorio con condiciones de bioseguridad de nivel IV, en un momento en el que eran escasas las condiciones de infraestructura para este tipo de desarrollos en el mundo. Luego de varios años, Julio Barrera Oro con un grupo de trabajo enorme desarrolló la Vacuna Candid#1. Y mientras tanto en Argentina estábamos sentando las bases para desarrollar el ensayo clínico y ayudando en etapas colaterales de este proceso. Estamos hablando del año 1979 y la candidata a vacuna Candid#1 estuvo lista en 1984, un momento en el que nuestro país no tenía autoridad regulatoria.

Ríos de tinta corrieron en torno a la tarea realizada para la producción de  la vacuna Candid#1.(Diario LA OPINIÓN)

—¿Cómo se subsanó el hecho de que Argentina no tuviera autoridad regulatoria para aprobar las distintas fases de este proceso y dónde se llevaron adelante?

—El pedido, si bien pasó por una comisión de regulación del Ministerio de Salud de la Nación, obligó a la conformación de un Comité de Ética en el Instituto Maiztegui, que fue el primero de la Argentina. A propósito de este desarrollo, se presentó la autorización para iniciar los ensayos clínicos ante la autoridad regulatoria de Estados Unidos (FDA), terminadas ya las pruebas in vitro y en distintos modelos experimentales. Cuando este organismo autorizó el comienzo de la fase I, se hizo con voluntarios americanos. Para ello una investigadora del Instituto Maiztegui, la doctora Ana María Briggiler, viajó para participar como observadora. La fase II se desarrolló tanto en Estados Unidos como en Argentina, fueron los estudios que empezaron en Pergamino hacia el año 1985 y fueron completando las etapas de lo que se llama “seguridad de la vacuna”. Para la fase III elegimos trabajar con voluntarios de localidades de la provincia de Santa Fe, donde la incidencia de la enfermedad era muy alta, porque eso nos iba a permitir tener con mayor rapidez las pruebas de eficacia, algo que no se mide por los anticuerpos que desarrolla una persona, sino por la protección que la vacuna brinda contra la enfermedad.  A esos voluntarios los llamo “nuestros granaderos”, porque respondieron con mucho compromiso. Este estudio se desarrolló a "doble ciego", es decir que la mitad recibió la vacuna y el resto, placebo. Y en paralelo, seguíamos ampliando la cantidad de inmunizados vacunando a personas a riesgo y haciendo otros estudios vinculados con la inmunidad celular y completando una infinidad de pruebas de fase II y III. El código de la vacuna se abrió en la década de 1990 y demostró una eficacia del 95,5 por ciento. Inmediatamente, y como éticamente corresponde, se procedió a aplicar la vacuna a todos los que habían recibido placebo.

—Finalizadas las fases de estudio, ¿dónde se produjo la vacuna Candid#1?

No se consiguió ningún laboratorio que aceptara fabricarla por ser una droga huérfana. Esto quiere decir que no es comercialmente rentable por las características que tiene la FHA de ser una enfermedad confinada a una sola región del mundo. Durante algún tiempo la produjo el Instituto Salk, de Swiftwater, Pensilvania, Estados Unidos. Con esas dosis se inmunizó a muchas personas, todavía bajo informe de consentimiento, porque la vacuna no tenía licencia.

La planta de producción en el INEVH fue el fruto de una gestión que contó con el apoyo de toda una comunidad.

—¿Cómo fue que finalmente Candid#1 consiguió producirse en Argentina y cómo recuerda ese proceso que representó un enorme trabajo en términos institucionales y políticos?

—Cuando por razones presupuestarias el Instituto Salk dejó de fabricar la vacuna se inició otra dificultad para nuestro país, porque quedaba en nosotros la responsabilidad de producirla, sin que estuvieran dadas las condiciones para ello. Me tocó personalmente llevar adelante aquella lucha porque Julio Maiztegui ya había fallecido. Trabajamos mucho con la doctora Ana María Ambrosio y un gran compromiso de todo el personal del Instituto. Fue necesario finalizar las obras de la planta de producción y conseguir financiamiento. Fue un proceso que llevó casi una década, con no pocos conflictos. La producción de Candid#1 en el Instituto Maiztegui se logró a razón de un recurso de amparo que presentó un ciudadano y obligó a la Nación Argentina, representada por el Ministerio de Salud, el Ministerio de Economía y la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (ANLIS), a producir la vacuna. A partir de allí comenzó un proceso de financiación que fue seguido muy de cerca por la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Cuando obtuvimos los primeros lotes propios, la autoridad regulatoria nacional autorizó la vacuna, pero fue necesario hacer un nuevo ensayo clínico porque la eficacia de Candid#1 estaba demostrada para el biológico producido en Estados Unidos. Eso motivó el ensayo clínico que se hizo en los años 2005 y 2006 con una inmensa cantidad de voluntarios mayores de 15 años. Los resultados dieron lugar a la licencia y Candid#1 fue incluida en el calendario nacional de inmunizaciones para las provincias del área endémica.

Delia Enria, junto al doctor Julio Barrera Oro, en la Academia Nacional de Medicina que reconoció la labor científica realizada.

—¿Qué rescata de aquellos años de trabajo?

—El control de la Fiebre Hemorrágica Argentina significó una tarea de muchísimos años, que empezó con el descubrimiento del Virus Junín y culminó con la vacuna, superando todas las dificultades. A la vista de los resultados obtenidos, hasta lo negativo aportó cosas que sirvieron mucho. Logramos disminuir sensiblemente la incidencia de la enfermedad, aunque en los últimos años por olvido ha vuelto a aumentar.

—¿Qué los motivó como científicos a impulsar tan fuertemente el desarrollo de la vacuna?

Fue una lucha política terrible, pero había un proyecto clarísimo. Lo que nos impulsó fue la convicción de lo que se iba a lograr.  Hay responsabilidades que recaen sobre el Estado, no como partido sino como institución. Nos correspondía proteger a la población de una enfermedad endémica. Hay muy pocos ejemplos en el mundo de lo que se ha logrado con la Fiebre Hemorrágica Argentina y sería una pena que se olvidara ese ejemplo, que significó incluso el paso de mando de una generación a otra para seguir trabajando en la misma dirección.

—¿Teme que ese ejemplo pueda perderse?

Me apena que la producción de Candid#1 se haya interrumpido. Pero sé que están encaminadas las gestiones para restablecer el funcionamiento de la planta de producción del Instituto Maiztegui.

—Más allá de restablecer la producción de Candid #1, ¿considera que hay otros desarrollos que ameritaría generar en torno a esta vacuna?

—Sería interesante seguir buscando vacunas diferentes a la Candid#1. Siempre es necesario desarrollar líneas más seguras de producción. Pero, en principio, creo que la gran tarea es asegurar la continuidad de lo que ya tenemos, que es una vacuna segura y efectiva.

—En lo personal, ¿qué ha significado haber sido parte de este trabajo científico que permitió el control de la Fiebre Hemorrágica Argentina?

Ha sido una oportunidad única en mi vida de la que me siento honrada. He podido gozar de una profesión bella como la Medicina en todos los aspectos posibles: desde atender a los pacientes, desarrollar un tratamiento y participar del desarrollo de una vacuna. Ha sido un desafío interesante que espero haya valido la pena. Personalmente me enriqueció mucho y me mostró lo que es capaz de hacer una comunidad cuando abraza un propósito.

Como integrante de un grupo de trabajo de la OMS, Enria sigue de cerca el proceso de desarrollo de la vacuna contra el Coronavirus.

Sobre la vacuna que espera el mundo

En el caso de la Fiebre Hemorrágica Argentina el uso de plasma inmune y su probada eficacia aplicado en estadios tempranos de la enfermedad, se transformó en aliado para manejar los brotes epidémicos y dio tiempo a que el desarrollo de la vacuna pudiera respetar todas sus fases de implementación.

Frente a la pandemia de coronavirus, el desarrollo de vacunas parece ser una carrera contra el tiempo. Y la premura se erige en condición indispensable para sortear la urgencia de la emergencia sanitaria.

Alejada ya de la conducción del Instituto Maiztegui, tras haberse jubilado, y en su rol de integrante del Comité Estratégico de Asesores en Infecciones Peligrosas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la mirada de Delia Enria sobre el proceso de desarrollo de vacunas contra el Virus SARS-CoV-2 es auspiciosa, aunque cauta respecto de la estricta vigilancia posvacunación, que deberá hacerse atendiendo a que será una vacuna que se autorizará “bajo uso de emergencia” y sin que estén completas algunas fases.

—¿Qué mirada tiene de la tarea que está llevando adelante la ciencia para alcanzar el desarrollo de vacunas que resulten efectivas contra el virus SARS-CoV-2?

—Estoy siguiendo muy de cerca el brote desde que no sabíamos de qué se trataba. Siento que la ciencia hizo un muy buen trabajo cuando allá por el año 2000 advirtió sobre la posible emergencia de enfermedades y eso permitió desarrollar herramientas. A los pocos días de la irrupción del nuevo coronavirus tuvimos secuenciado el virus y, aplicando los conocimientos generados en el trabajo con virus similares, se pudo avanzar rápidamente en la lucha contra el SARS-CoV-2 mediante un trabajo colaborativo público-privado de innumerables grupos de investigación del mundo. Ha habido algunos malos juegos políticos de algunos países, pero en general lo que se ha visto es una colaboración científica internacional sin precedentes. Creo que es una maravilla que a poco más de once meses de haber sido detectado el virus, estemos vislumbrando la posibilidad de una vacuna, que seguramente obtendrá una licencia transitoria, porque ninguna fase III va a estar completamente terminada. Celebro que haya varias posibilidades de vacuna y que incluso algunas hayan avanzado en la producción bajo riesgo. La pandemia lo amerita.

—¿Qué observación merece el hecho de que posiblemente la vacuna comience a aplicarse sin tener completa la fase III?

—Tengo confianza en las autoridades regulatorias internacionales y nacionales. Creo que se va a tener que recurrir a una autorización de uso de emergencia. No es lo deseable, pero la situación lo exige. Entiendo que se necesitará una vigilancia posvacunación muy estricta y esto representará un desafío grande para el sistema sanitario que está muy conmocionado con lo que le está ocurriendo.

—Desde su experiencia, ¿qué mensaje habría que transmitir a la población que siente cierta desconfianza por la premura de este proceso?

A la población hay que transmitirle tranquilidad y pedirle que confíe en sus instituciones. Son muchos los organismos que van a intervenir para regular el uso de la vacuna contra el coronavirus. Será difícil el abordaje de la vacunación en tiempos de pandemia.

—¿Cómo imagina el futuro del mundo pospandemia?

—La vacuna en sí misma no resolverá el problema. Las medidas de cuidado personal y colectivo han llegado para quedarse. El tiempo pospandemia, que aún no ha llegado, será difícil porque se aventura una crisis mundial de dimensiones enormes. El HIV significó una crisis, pero no de esta magnitud. Esta es una situación que desencaja nuestros hábitos y para comunidades como las nuestras, amantes del acompañar, esto tiene consecuencias en todas las dimensiones de la vida personal y social.

—¿Tenemos que acostumbrarnos a convivir en un mundo donde cada vez sean más frecuentes emergencias sanitarias como las causadas por el coronavirus?

—Sí. Esa es la advertencia que han hecho los expertos internacionales que trabajan en enfermedades emergentes. Y el énfasis está puesto en las zoonosis, algo que involucra los modos de intervenir del ser humano en el ecosistema, que lo ponen en contacto con enfermedades que estaban presentes y no lo habían alcanzado. Esto desafía los sistemas de producción alimentaria, interpelándonos sobre cómo sostener la sanidad de los mismos.

—¿Hay algo de la tarea desplegada en esta región para el control de la Fiebre Hemorrágica Argentina que pueda ser tomado como "modelo" para pensar intervenciones en escenarios sanitarios tan complejos?

—Creo que nuestro principal aporte ha sido la mirada interdisciplinaria del problema y la incorporación de otras disciplinas que no siempre se visualizan claramente en el campo de la salud, como las ciencias sociales o la antropología. Estas disciplinas resultan de suma utilidad para pensar la relación de los seres humanos con el ambiente y contribuir en la adopción de nuevos hábitos, la aceptación de tratamientos y vacunas. Creo que en esta pandemia, a raíz del uso de plasma, se ha mirado el modelo desarrollado por Julio Maiztegui. Estoy convencida que hay muchos aprendizajes más que pueden tomarse de su modo de hacer ciencia con el acompañamiento de la comunidad.


Diseño: Laura Caturla

 

 

 

 

 


Género, una agenda necesaria

Por Lorena Berro

La pandemia de coronavirus afectó todas las dimensiones de la vida social y de algún modo puso en foco problemáticas que muchas veces quedan desdibujadas en la vorágine de la vida cotidiana. La temática de género es una de ellas. A pesar de que en los últimos tiempos se han delineado políticas en este campo y la cuestión comenzó a visibilizarse ante la mirada social, el tema no termina de instalarse en la agenda pública desde lo preventivo. Apenas logra imponerse por las consecuencias que genera la violencia cuando ocurre y exhibe su peor saldo.

Como parte del ciclo Diálogos en tiempos de pandemia, una iniciativa que lleva adelante la UNNOBA y convoca a distintos actores sociales para abordar diferentes temas, fueron varios los especialistas que se enfocaron en la problemática de género y la abordaron desde miradas diversas. Una de ellas fue la diputada provincial de Santa Fe, Erica Hynes, quien efectuó un análisis sobre cómo la violencia que sufren las mujeres no consigue ocupar el “Top 5” de la agenda mediática, un fenómeno que a su criterio sigue reproduciendo el espiral de violencia y mostrando cómo el problema sigue resultando “marginal” para el Estado.

La investigadora y docente universitaria que ha trabajado desde diversos ámbitos con perspectiva de género, enfatizó en la necesidad de que esta problemática se integre a la agenda pública de modo transversal y no quede confinada a acciones de asistencia.

En su reflexión Hynes describió cómo la violencia hacia las mujeres recrudeció durante el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) impuesto por el Gobierno Nacional para contener la pandemia de coronavirus y brindó algunos indicadores concretos en términos estadísticos y simbólicos. Sus consideraciones no se detuvieron solo en las cifras que reportan el número de víctimas de la violencia de género, sino que abundó en algunos aspectos de fuerte valor simbólico, como el lugar que ocupan las mujeres en los espacios de decisión política. También se centró en cómo las imágenes que representan el poder siguen siendo preponderantemente masculinas en la jerarquización y el planteo informativo que realizan los medios de comunicación.

A través del análisis discursivo de las principales noticias publicadas en medios de circulación nacional durante el confinamiento social, la legisladora planteó que las cuestiones de género se instalaron en la agenda mediática tangencialmente, sólo a través del relato de algunos hechos que pretendieron marcar “la desigualdad”.

Por fuera del “Top 5”

Bajo la consigna “Prioridades en pandemia. Cuando los problemas de las mujeres no llegan al Top 5 de la agenda pública”, sus apreciaciones giraron en torno a la centralidad ganada por las iniciativas implementadas en materia sanitaria y económica, en detrimento de la agenda de género, que “solo apareció en las noticias de manera esporádica”, a través de la difusión de las que denominó “medidas insignias” como la recomendación de llamar al 144 ante situaciones de violencia.

“Lo que apareció en la agenda de los medios de comunicación fue el consejo y la articulación de acciones del Estado con organizaciones de la propia comunidad. Pero lo que estuvo ausente fue la sustancia de la política pública concreta”, resaltó. Y prosiguió: “Desde la declaración de la pandemia y las medidas de confinamiento, no se conocieron acciones que estuvieran dirigidas a las mujeres de manera específica”.

“Ante el crecimiento de los hechos de violencia de género, se difundieron noticias asociadas a los mecanismos de asistencia y el trabajo que realizan las redes conformadas por organizaciones del activismo feminista”, insistió. En este punto reclamó la necesidad de “un espacio preponderante de las cuestiones de género en el plano de las decisiones políticas y la acción gubernamental”.

 Lo duro y lo blando

Erica Hynes opinó que durante el confinamiento existió una agenda “estratégica” marcada por la macroeconomía, el problema sanitario, las estadísticas en relación al número de contagios de la COVID-19, las cifras de personas muertas y recuperadas; y después “una agenda de género”, que a su juicio no solo es la agenda de las mujeres, sino la de los sectores “más vulnerables de la sociedad” y  los colectivos cuya problemática no encuentran eco en la agenda mediática, más que por situaciones puntuales.

Para Hynes existe una "agenda dura" que no suele incluir la temática de género.

Así, describió: “Recién al mes de la cuarentena, en la tapa de algunos diarios apareció una noticia referida a la agenda de género. Fue para marcar el aumento de las consultas a la línea 144 por casos de violencia hacia las mujeres".

"También se reflejaron los alcances de la campaña del barbijo rojo, una iniciativa que comenzó y se quedó corta, porque terminó siendo la divulgación de algo que en sí mismo no tuvo ninguna capacidad de poder garantizar la satisfacción de la demanda de ayuda, porque ni siquiera las trabajadoras de las farmacias, donde las mujeres debían acudir con un barbijo rojo si estaban sufriendo alguna situación de violencia que vulnerara sus derechos, tuvieron herramientas para convertir eso en un auxilio seguro”, prosiguió.

A su entender la problemática de género ocupa “la agenda blanda”. “Son titulares que no interesan”, dijo, lo que revela “el lugar que estas cuestiones siguen teniendo en la prioridad de quienes poseen responsabilidad sobre las políticas públicas”.

En esta línea, reconoció que cuesta mucho que el Estado y los gobiernos piensen sus acciones desde una perspectiva de género y que se invierta capacidad estatal en la resolución de problemas que afectan a las mujeres y al colectivo de la diversidad.

La legisladora aportó datos sobre la problemática de género y el tratamiento que tuvo en medios.

De igual modo lamentó que a pesar de los avances y las batallas ganadas por las propias mujeres en este terreno, sus problemas sigan estando por fuera de “la agenda dura” que es la que termina concitando la mayor atención por parte de la sociedad.

Del diagnóstico a la acción

En su reflexión reclamó la necesidad de pasar del diagnóstico a la acción: “Es necesario declarar la emergencia en violencia de género y poner a disposición de quienes son víctimas todos los mecanismos de sostén y protección, mediante una fuerte respuesta estatal como la que el país ha dado en otras dimensiones en esta pandemia. “Pero también hay que generar mecanismos para el registro de datos, trabajar en prevención y en medidas de mitigación y amparo”, continuó.

Asimismo, señaló que “más allá de la emergencia la gran tarea es construir sociedades igualitarias porque esa es la única forma de disminuir y erradicar la violencia y para ello hay que avanzar en formas más equitativas de distribución de los ingresos y de acceso a las oportunidades en todos los órdenes de la esfera productiva y social”.

La legisladora puso el acento en la cuestión de los cuidados para marcar que “este tipo de tareas suele recaer sobre las mujeres, cuando en realidad habría que establecer las corresponsabilidades”.

La necesidad de construir una agenda con perspectiva de género resulta esencial.

En este punto advirtió que cuando profesiones habitualmente ejercidas por mujeres comienzan a jerarquizarse, como por ejemplo la enfermería, llamativamente comienzan a ser elegidas también por hombres. “En cambio, sigue siendo desigual el acceso de la mujer a determinados puestos laborales en las mismas condiciones en que acceden los hombres”.

La investigadora sostuvo que “las mujeres tienen que estar en la mesa que se toman las decisiones” y consideró, a partir de imágenes tomadas de las principales noticias difundidas por los medios de comunicación, que éstas exhibieron una escasa participación femenina en espacios de decisión política estratégicos.

Solidaridad entre los géneros

La legisladora resaltó que la situación extraordinaria generada por la pandemia, llevó a la sociedad a “valorizar la vida” por encima de otras variables y consideró que “esto tiene que servir para incrementar la solidaridad entre los géneros y entre las generaciones”. “Para ello hay que avanzar en una concepción de la política desde una perspectiva de género, que incluya esta cuestión en todos los proyectos”, añadió.

El análisis de la agenda mediática durante el confinamiento apareció en sus consideraciones como un espejo para mostrar que existe una escala de valor en torno al género que interpela a la sociedad todo el tiempo y exhortó a que los decisores de políticas públicas y la propia comunidad tomen nota de ello y avancen en la construcción de una sociedad que se sirva de los logros alcanzados en el país en materia de reconocimiento de derechos para “desterrar el patriarcado” y avanzar hacia la construcción de una sociedad más igualitaria e inclusiva.

En la agenda de la Universidad

La UNNOBA cuenta con el Programa de Género y Diversidad Sexual “UNNOBA Diversa” y un protocolo de Género aprobado por el Consejo Superior. Estas iniciativas son el resultado de la decisión institucional de asumir un rol protagónico y nutrir el accionar universitario de herramientas que contribuyan a fortalecer la perspectiva de género en todos los órdenes de la vida social, entendiendo que cada acto de violencia cometido contra alguien, es un acto de violencia contra toda la sociedad.


Diseño: Laura Caturla


La UNNOBA ante la pandemia

Por Lorena Berro

La irrupción del coronavirus modificó la dinámica de la vida social en todas sus dimensiones y la actividad universitaria no fue la excepción. El 20 de marzo de 2020, cuando el Gobierno nacional impuso el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio como medida para evitar la propagación del virus, las aulas quedaron vacías. Lejos de significar el cese de la actividad de la UNNOBA, la nueva coyuntura dio lugar a la puesta en marcha de un proceso de adaptación que migró la presencialidad al entorno virtual.

Facilitada por el recurso tecnológico, una nueva forma de relación entre la UNNOBA y su comunidad comenzó a gestarse en la emergencia. Con el imperativo de respetar el calendario académico establecido y asegurar el cumplimiento de sus funciones esenciales en lo formativo, la Universidad también ofreció una serie de respuestas al sistema sanitario de la región, poniendo a disposición desde espacios físicos hasta recursos humanos, en una dimensión que recién podrá sopesarse en su verdadero alcance cuando la pandemia haya terminado. Transcurrida la primera etapa de la contingencia, y mientras la institución se dispone a iniciar un nuevo camino que posibilite el paulatino regreso a las actividades presenciales, la voz de referentes de distintas áreas de la Universidad pone en perspectiva la tarea desarrollada para tomar insumos que quedarán como aprendizaje para construir  lo que se ha dado en llamar “la nueva normalidad”.

En lo académico, un nuevo modelo

Pilar Traverso, secretaria Académica de la UNNOBA, planteó que en lo académico la principal adaptación fue “mudar un modelo presencial a uno enteramente virtual con curvas de aprendizaje muy pronunciadas tanto para docentes como para estudiantes”.

Apenas se dispusieron las medidas de confinamiento estaban las aulas virtuales creadas y de inmediato se puso a disposición de los docentes una oferta de capacitación para que pudieran dictar sus clases a través de la plataforma de la Universidad”, recalcó.

El objetivo fue sostener el calendario académico con adecuaciones mínimas, lo que dio lugar a que se pudieran tomar exámenes e, incluso, contar con egresados en este sistema.

En relación al "regreso a la “presencialidad" consideró que “deberá ser organizado” y mencionó que para ello, la UNNOBA ha avanzado en el diseño de “un modelo híbrido” para que la actividad pueda desarrollarse con apego a las medidas sanitarias.

 

En este plano sostuvo: “Estamos llamados a tomar las mejores lecciones de esta experiencia, llevar adelante reformas académicas que ya estaban planificadas y avanzar hacia un modelo curricular más flexible”.

“Lo que vivimos nos mostró que nadie aprende ni enseña solo”, expresó, y consideró que la particularidad de la UNNOBA de ser una “universidad joven” de algún modo facilitó la posibilidad de brindar respuestas.

Fortalecer el vínculo en el posgrado

Las actividades de posgrado también debieron adecuarse a la virtualidad. “Todas las carreras se dictaron sin inconvenientes, con un marcado compromiso tanto de sus directores como de docentes y estudiantes”, expresó Adriana Andrés, directora del Instituto de Posgrado de la UNNOBA.

El comienzo del Doctorado en Mejoramiento Genético fue quizás el hecho más significativo en materia de formación de posgrado, ya que se trataba del primer doctorado dictado por  la Universidad , el cual se vio obligado a iniciar su primera cohorte en entorno virtual. “Teníamos muchas expectativas en torno a esta carrera y la pandemia nos obligó a reorganizar la actividad”, reconoció Andrés evaluando positivamente la experiencia. “Lo mismo sucedió con las especializaciones y maestrías”, agregó.

Asimismo comentó que se realizaron en entorno virtual varias defensas de tesis, lo que permitió a estudiantes de posgrado finalizar su formación. “Esto supuso la participación en algunos casos de evaluadores de otras universidades, incluso de países vecinos”, remarcó Andrés.

 

En todo momento se promovió que los estudiantes que estaban realizando sus tesis pudieran seguir con su plan de actividades y en el terreno institucional se avanzó en la consolidación del Consejo Académico del Instituto de Posgrado y la conformación de los comités ad hoc de las distintas carreras. “También se presentó una nueva carrera para su evaluación por parte de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria”, confió.

De cara al futuro se está trabajando en la formulación de protocolos para permitir el desarrollo de algunas actividades presenciales y el dictado de cursos no estructurados. “Apostamos fuertemente a un modelo híbrido entre presencialidad y virtualidad”, dijo.

Diagnosticar y construir conocimiento

La UNNOBA integra la Red de Laboratorios de Diagnóstico de COVID-19 en la Provincia de Buenos Aires. El Centro de Investigaciones Básicas y Aplicadas (CIBA) realiza las pruebas en su laboratorio a partir de los hisopados, en una tarea articulada con el Hospital “Abraham Piñeyro” de Junín y la Región Sanitaria III. En tanto, el Centro de Bioinvestigaciones (CeBio) en Pergamino presta colaboración al Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui” en la misma tarea. Respecto de esta función asignada en la contingencia, la secretaria de Investigación, Desarrollo y Transferencia de la UNNOBA, Carolina Cristina, expresó: “La posibilidad de integrarnos a la red de laboratorios para el diagnóstico de la COVID-19 fue una respuesta muy contundente de la Universidad en la emergencia sanitaria y nuestros centros de investigación pudieron hacerlo muy eficientemente”.

“Esto planteó muchos desafíos, tanto en el armado de los equipos como en el trabajo con instituciones de salud de la región”, señaló.

A la par de ello, distintos grupos de investigación de la Universidad trabajaron muy fuertemente presentándose a las convocatorias que se lanzaron desde el Gobierno para llevar adelante proyectos de investigación sobre coronavirus, un aspecto que consideró “clave” porque “se requiere de la búsqueda de resultados de rápida aplicación en la pandemia”.

La secretaria de Investigación, Desarrollo y Transferencia precisó que fueron varios los proyectos presentados y dos de ellos quedaron seleccionados en el marco de la Convocatoria COVID Federal. “Una de las iniciativas contempla el estudio del efecto a nivel social de la pandemia y la otra es sobre test serológicos que determinan la respuesta de los individuos que estuvieron expuestos al virus”, especificó. También se presentaron proyectos de aplicación en el campo del diseño y el desarrollo de software.

Lo que quedó en evidencia es que contamos con una masa de investigadores muy dispuestos a ir encontrando soluciones a problemas específicos que genera esta pandemia”, resaltó. En ese sentido, valoró el trabajo realizado por el área de Vinculación Tecnológica de la Secretaría en el acompañamiento brindado a los investigadores para la presentación de sus proyectos en convocatorias extraordinarias.

“La emergencia ha volcado la mirada de los investigadores hacia otros temas que no son los específicos de su campo de trabajo”, recalcó. Y abundó: “Los investigadores han puesto lo mejor de sí y esto va a quedar como un legado en la sociedad en relación a las necesidades que pudo cubrir la universidad pública y el apoyo que supo brindar en una situación tan inusual”.

Capacitar a quienes cuidan

En el abanico de las múltiples respuestas brindadas por la UNNOBA en la pandemia, aparece la capacitación a profesionales de la salud de distintas localidades de la región, una tarea coordinada por el Instituto Académico de Desarrollo Humano. Fruto de esta experiencia, se abrieron las puertas del Laboratorio de Experiencias Clínicas Simuladas de Enfermería y se pusieron a disposición docentes de las carreras de Enfermería de la UNNOBA para entrenar a personal que trabaja en la primera línea de atención de pacientes, en procura de reforzar sus conocimientos.

 

María Lázzaro, directora del Instituto Académico de Desarrollo Humano, comentó que las actividades de educación permanente y capacitación en servicio estuvieron dirigidas a médicos y enfermeros. “Con este entrenamiento quisimos facilitar la participación activa e integrar conocimientos teóricos y prácticos para que pudieran enfrentar la realidad con mayor seguridad en cuanto al uso correcto, colocación y retiro de equipos de protección personal y al manejo eficaz de vía área de pacientes con diagnóstico o sospecha de infección por coronavirus”, describió, valorando los beneficios de la metodología implementada. “La simulación clínica se ha convertido en una pieza clave a la hora de pensar programas de formación porque ofrece la oportunidad de adquirir conocimientos en un ambiente de aprendizaje positivo, de alto realismo, sin correr el riesgo de resultados negativos”.

Personal de salud de localidades de la región participaron de capacitaciones brindadas por la Universidad.

Estar cerca en la virtualidad

Una de las dimensiones de la actividad universitaria más tangibles para la comunidad son los cursos y talleres que se promueven desde el área de Extensión. Juan Pablo Itoiz, secretario de Extensión de la UNNOBA, explicó: “Planteada la emergencia sanitaria pusimos en marcha una nueva modalidad de trabajo y la adaptación fue paulatina, progresiva y con muy buenos resultados”.

El primer objetivo fue desarrollar el programa de adultos mayores para ofrecer una oferta de cursos a través de la plataforma virtual de la Universidad y así acompañar a uno de los sectores de la población más vulnerables en la pandemia. “Hoy tenemos más de mil adultos mayores inscriptos que semanalmente toman clases en quince propuestas temáticas”, precisó el funcionario.

En una segunda instancia se lanzaron los cursos de idioma, capacitación y cultura general dirigidos a personas de todas las edades. La recepción, en este caso, también fue muy buena. “La virtualidad abrió las posibilidades de participación. La propuesta es universal y hemos tenido inscriptos de distintos lugares, como Comodoro Rivadavia, Gualeguaychú y La Plata”, comentó, confirmando la apertura de una nueva instancia de inscripción.

En paralelo, el área de Extensión trabaja para “tener lista la actividad presencial con los protocolos correspondientes” y se están buscando alternativas para que los proyectos de Extensión aprobados, y que requieren de la presencia de estudiantes y docentes en el territorio, puedan comenzar a ejecutarse.

Itoiz consideró que muchas de las alternativas ideadas en tiempos de pandemia llegaron para quedarse. “El uso de las plataformas digitales no solo se transformó en una realidad sino que abrió las puertas a una nueva manera de entender la educación”.

El uso de la plataforma virtual amplió la participación en los cursos abiertos a la comunidad.

Desde ya que nada reemplaza el vínculo directo entre el docente y el estudiante, pero el uso de la tecnología puede enriquecer el proceso”, enfatizó.

Una institución abierta

En cualquier plano de la actividad universitaria, varias de las iniciativas implementadas requirieron del recurso tecnológico para llevarse adelante. En este punto, los funcionarios coincidieron en destacar el papel del área de Educación Digital y la Secretaría Tics que “no solo facilitaron el acceso sino que anticiparon demandas de formación y normativas en un proceso valioso”.

Con una mirada integral de la institución marcaron que la situación planteada en torno al coronavirus expresó claramente el valor de la universidad pública.  “En esta emergencia, la UNNOBA demostró el valor de la investigación, del acompañamiento a los adultos mayores, de los servicios que puede brindar a terceros sin soslayar sus funciones centrales, y sin traicionar el proyecto educativo de jóvenes que decidieron estudiar en la universidad pública”, opinó Pilar Traverso.

En el mismo sentido, Carolina Cristina planteó que las respuestas brindadas por la UNNOBA quedarán como la muestra de las necesidades que pudo cubrir la universidad pública, gracias a su principal capital que es su infraestructura y recursos humanos puestos al servicio de la sociedad”.

Se idearon soluciones para suplir necesidades del sistema sanitario.

Con el desafío de capitalizar las fortalezas construidas en este tiempo, Adriana Andrés consideró que “esta situación nos mostró una nueva forma de hacer docencia y fortaleció el vínculo de la Universidad con la comunidad, lo que claramente habla de una sensibilidad y un compromiso que va más allá de la emergencia”.

De igual modo, Juan Pablo Itoiz enfatizó: “La frase que dice que la UNNOBA es una universidad de puertas abiertas ha quedado demostrada en estos meses de manera muy concreta, en la virtualidad que nos impuso la cuarentena, pero también a partir de la disposición a buscar soluciones a problemas que surgieron en esta situación tan excepcional”.

Todos acordaron que, una vez más, ante el conjunto de la sociedad, la UNNOBA demostró su vocación de ser una institución abierta, comprometida con su territorio.

 

Diseño: Laura Caturla


Por Lorena Berro

“La incertidumbre que siempre definimos como una característica de la posmodernidad, los escenarios cambiantes que obligan a la adaptación como condición básica para lograr mejor eficacia social y política, se han expresado como nunca antes en esta pandemia. De algún modo esta situación excepcional es un laboratorio impresionante y, en la medida en que cada uno pueda apropiarse de esta experiencia, nos vamos a encontrar todos en mejores condiciones para enfrentar el futuro”. Así reflexiona el rector Guillermo Tamarit sobre la pandemia, cuando la entrevista lo convoca a evaluar las respuestas brindadas por la Universidad en la emergencia sanitaria.

Lo que expresa  el rector de la UNNOBA se entrelaza con conceptos que forman parte del núcleo medular de la Universidad y que han hallado correlato en la realidad de manera tangible. Como ha ocurrido en otras esferas de la vida social, la irrupción de la COVID-19 interpeló a la propia Universidad en su capacidad para ensayar soluciones que puedan facilitar al conjunto de la sociedad el tránsito por una experiencia compleja.

 

El rector se refirió a los distintos planos de la respuesta institucional brindada en la emergencia.

Tamarit diferenció dos planos de respuesta de la institución en la crisis: “Por un lado, nos pusimos a disposición de las autoridades sanitarias y políticas de la región para colaborar con lo urgente. Así fue como ofrecimos laboratorios, espacios físicos, recursos humanos y capacitación. Todas estas iniciativas son producto de haber podido poner en valor todos los instrumentos que tiene la Universidad. Y por otro lado, tuvimos que resolver la emergencia académica para dar continuidad a las actividades transformando nuestro modelo de presencial a virtual, dando lugar a una experiencia que destacan estudiantes y docentes”.

--Poder brindar estas respuestas, ¿significó una inversión adicional desde el punto de vista presupuestario?

--Estas acciones no hubieran sido posibles sin tener una infraestructura y recursos humanos de calidad. Lo que nos exigió la emergencia fue redireccionar la inversión presupuestaria. Por ejemplo, recursos que iban a ser destinados a becas de transporte se volcaron a becas de conectividad para el acceso a la educación virtual por parte de muchos estudiantes. También volcamos recursos al funcionamiento de los laboratorios y a la infraestructura que pusimos a disposición de las autoridades sanitarias para la eventual atención de pacientes. En materia de formación de recursos humanos, nuestras acciones se orientaron hacia lo urgente como fue el entrenamiento del personal de salud de la región. También invertimos fondos de la Fundación de la Universidad para la producción de máscaras faciales, tapabocas y envases para el traslado seguro de las muestras que se procesan para el diagnóstico de la COVID-19.

--¿Algunas de las cuestiones que llegaron con la emergencia marcarán el camino de los próximos tiempos?

--Considero que el aprendizaje que adquirieron tanto docentes como estudiantes para el manejo de las plataformas virtuales llegó para convertirse en un elemento sustancial del proceso educativo. Si bien lo presencial va a volver a tener preeminencia, las posibilidades tecnológicas van a acompañar la actividad universitaria.

--¿La dimensión que tiene la UNNOBA ha sido un sello distintivo en la posibilidad de brindar respuestas?

--Ideamos respuestas para poder avanzar en todos los niveles de acción que nos planteó la crisis. Integramos la Red de Laboratorios de Diagnóstico, por el desarrollo de nuestra infraestructura y por la calidad de nuestros recursos humanos. Lo mismo ocurre en términos de la oferta académica. Somos de las pocas universidades que ha mantenido su calendario académico. Estamos entre las instituciones que han podido resolver la coyuntura de la mejor manera.

--En un escenario bastante incierto desde lo sanitario, ¿la idea es sostener las estrategias implementadas por la UNNOBA hasta el fin de la pandemia?

--El panorama es muy cambiante, seguramente habrá avances y retrocesos y en esta dinámica estamos previendo las actividades del segundo semestre para tener a mano respuestas en cualquiera de los escenarios que nos plantee la cuestión sanitaria. Si las ciudades de la región de influencia de la UNNOBA avanzan y permanecen en fase 5, podremos implementar estrictos protocolos para el desarrollo de actividades presenciales. Pero lo que seguro va a funcionar es la virtualidad y para ello hemos trabajado en el diseño de un modelo híbrido.

Los valores de la universidad

El rector de la UNNOBA observa cómo la situación planteada mostró la vocación solidaria de la Universidad. En este punto, se detiene en el compromiso demostrado por el conjunto de la comunidad universitaria para adaptarse a una situación extraordinaria y resalta la enseñanza que han dejado los propios estudiantes: “La emergencia señaló muy claramente su voluntad de participación. Quienes provenían de carreras del campo de la salud, enseguida se postularon en las distintas convocatorias de voluntariado que requerían de perfiles específicos; y otros, a través de los Centros de Estudiantes, se organizaron en diversas tareas para estar a disposición de la comunidad”.

Con marcado compromiso la comunidad avanzó en distintos desarrollos para resolver urgencias.

Con una mirada retrospectiva sobre la tarea desplegada hasta el momento y sabiendo que la pandemia aún no ha quedado atrás, Guillermo Tamarit entiende que hay valores de la universidad pública que se han expresado en la emergencia. Resalta la capacidad de adaptación y la solidaridad como atributos que la UNNOBA tiene internalizados en su concepción: “La Universidad forma parte de su sociedad, le debe todo a su sociedad y tuvo la oportunidad en esta crisis de presentarse como un instrumento valioso”.

Diseño: Laura Caturla

Plasma inmune: el tratamiento que mira el mundo

 

Por Lorena Berro

En las décadas del 50 y 60 las epidemias de Fiebre Hemorrágica Argentina se cobraban una innumerable cantidad de vidas hasta que la ciencia hizo su aporte y consiguió hallar un tratamiento efectivo: el plasma inmune de convaleciente, que aplicado en etapas tempranas de la enfermedad, logró reducir significativamente la letalidad. El hacedor de este hallazgo fue el doctor Julio Maiztegui quien, acompañado por un grupo de profesionales, trabajó sin descanso en la contención de una situación sanitaria que desvelaba por las trágicas consecuencias del “Mal de los Rastrojos”, una enfermedad viral aguda grave producida por el Virus Junín y transmitida por el ratón de la especie Calomys musculinus.

En plena pandemia de Coronavirus, los ojos del mundo se detienen en esa estrategia científica y el plasma inmune de convaleciente aparece como una de las promesas para tratar a pacientes afectados por el COVID-19. Estados Unidos ya anunció que comenzará a aplicarlo y desde el propio Ministerio de Salud de la Nación se señaló que el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui” (INEVH), con sede en Pergamino, trabajará en protocolos de investigación específicos.

La doctora Delia Enria es médica, trabajó a la par del doctor Julio Maiztegui y lo sucedió en la dirección del INEVH, cargo que desempeñó hasta 2018 cuando se jubiló. Hoy integra el comité estratégico de asesores en infecciones peligrosas de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Ella comenzó a trabajar con el doctor Julio Maiztegui cuando el plasma inmune de convaleciente ya se había instaurado como un tratamiento. Desde entonces, en su trayectoria como médica fue testigo y protagonista de cómo de la mano de la ciencia fue posible no solo hallar una terapéutica apropiada sino una vacuna (la Candid I) producida en el Instituto Maiztegui- para prevenir la enfermedad.

“La estrategia de Julio Maiztegui consistió en aplicar ciencia y metodología científica. Que es lo mismo que yo sugiero que se haga frente al COVID-19”.

Hoy, cuando la atención se centra en el trabajo de “Don Julio”, como lo recuerdan quienes lo vieron luchar incansablemente contra la Fiebre Hemorrágica Argentina, su testimonio cobra especial relevancia porque es la voz de una mujer de ciencia que narra en primera persona los pasos que dio Maiztegui para alcanzar este desarrollo, cuya metodología se erige como un modelo y una promesa.

Delia Enría, exdirectora del INEVH, destacó la rigurosidad científica el trabajo realizado por Julio Maiztegui.

--¿En qué momento de la lucha contra la Fiebre Hemorrágica Argentina comenzó a utilizarse el plasma de convaleciente para tratar a los pacientes?

--Desde que se describió la enfermedad en la década del 50 distintos grupos empezaron a usar lo que se dio en llamar “suero de convaleciente” para tratar a pacientes con Mal de los Rastrojos. Es decir, era plasma de personas que se suponía que habían tenido la enfermedad, porque las técnicas de diagnóstico eran bastante limitadas, y se habían recuperado. Estas transfusiones no se hicieron con una adecuada metodología; probablemente hayan sido eficaces en casos individuales. En ese momento generaron mucha polémica y no lograron modificar la curva general de letalidad, que siguió siendo de alrededor del 30 por ciento.

--¿Cuál fue el desarrollo científico logrado por Julio Maiztegui para bajar ese índice de letalidad?

--El trabajo comenzó en 1965 registrando caso por caso, certificando el diagnóstico etiológico y corroborando la existencia de anticuerpos en la convalecencia. El estudio clave para reducir la mortalidad por Fiebre Hemorrágica Argentina se hizo en la década del 70, cuando se comparó la eficacia del plasma inmune, es decir plasma donde se había corroborado existencia de anticuerpos para el Virus Junín mediante una técnica de inmunofluorescencia.  Se hizo un ensayo clínico controlado al azar, cuyos resultados se publicaron en 1979. El autor de esta publicación fue Julio Maiztegui y los coautores fueron Néstor Fernández y Alba Damilano. Ese fue el estudio definitivo que terminó con la controversia respecto de si plasma sí o plasma no, e inició una nueva era en el tratamiento. Ya no era usar “plasma de convaleciente”, sino “plasma inmune de convaleciente”. Y esa distinción fue central.  A partir de ese momento se supo que el plasma era inmune y controlado por una técnica de reconocimiento de anticuerpos. Esa fue la verdadera estrategia de Julio Maiztegui. De ahí en más el Instituto montó su estrategia para sembrar bancos de plasma controlado y fue así como se bajó la letalidad de la Fiebre Hemorrágica Argentina.

El estudio que marcó un hito en el tratamiento de la Fiebre Hemorrágica Argentina fue publicado en 1979. 

--¿Esa estrategia considera que es replicable a Coronavirus?

--En Coronavirus aún no está claro cómo se va a utilizar, porque todavía no se han desarrollado adecuadas técnicas de detección de anticuerpos o están en etapas preliminares. Probablemente la estrategia pueda ser exitosa, pero estamos frente a una enfermedad nueva y no hay tampoco muchos convalecientes. Nosotros cuando elegíamos a los convalecientes, pretendíamos que ya hubieran superado la enfermedad y se encontraran en buen estado de salud para poder hacer la extracción del plasma. Es un requisito demostrar que el plasma que se extrae está libre de virus y posee una determinada cantidad de anticuerpos. Solo así podría evaluarse su eficacia si se aplicara tempranamente. Pero por ahora en COVID- 19 la mayoría de las terapéuticas se están utilizando en pacientes con etapas avanzadas de la enfermedad. La estrategia de Julio Maiztegui consistió en aplicar ciencia y metodología científica. Que es lo mismo que yo sugiero que se haga frente al COVID-19. Pero no sé si actualmente están dadas las condiciones porque no tenemos suficientes reactivos diagnósticos, ni tanta cantidad de convalecientes con buen estado de salud, y los test de identificación de respuesta inmune están en una etapa inicial y requieren validación.

--¿Esta falta de condiciones está dada por lo novedoso de la enfermedad?

--En cierto modo sí. El nuevo Coronavirus fue descripto recién el 7 de enero de 2020, probar la eficacia del plasma para Fiebre Hemorrágica Argentina demandó alrededor de veinte años. El COVID-19 y el Virus Junín son muy distintos. La realidad es que viendo los ensayos disponibles todavía resta mucho trabajo científico por hacer. Con mucho trabajo podría ser una herramienta útil. Hay que hacer el trabajo que hizo Julio Maiztegui. También desde la biología molecular se podrían ofrecer respuestas. Mientras tanto, se puede ir llevando un registro de pacientes y ver si de ellos se puede obtener plasma, pero demostrando que éste tiene evidencia de adecuada respuesta inmune contra el Coronavirus.

--¿Esta estrategia desarrollada por Julio Maiztegui ha sido explorada para otro tipo de enfermedades?

--Se ha intentado en todas las enfermedades nuevas que no tienen terapéutica específica, pero los resultados no han sido satisfactorios. Hubo algunos intentos en Ébola, en MERS y en SARS, pero como tratamiento indicado y efectivo la única enfermedad que yo conozco que tiene este desarrollo es la Fiebre Hemorrágica Argentina. En otras no ha quedado demostrado.

--¿Considera que es posible hallar un tratamiento efectivo para el nuevo Coronavirus más allá del uso de plasma inmune?

--No lo sabemos aún. Nuestro país ha ingresado en la iniciativa Solidaridad impulsada por la Organización Mundial de la Salud que integran distintos países. Eso va a permitir contar con distintas alternativas de tratamiento y tener resultados científicamente validados. El objetivo final es llegar a tener una o más terapéuticas con eficacia demostrada lo antes posible. Pero para poder abordar esta pandemia, es necesario que los desarrollos se vayan validando científicamente de manera rigurosa.

--¿Considera que es un trabajo que no puede hacerse contra reloj?

--Se pueden apurar algunas etapas. De hecho, las normas regulatorias en este momento están acelerando los tiempos. Lo ideal es que los estudios sean colaborativos, que se incorporen muchos países para tener resultados más rápidamente y para que los hallazgos puedan estar verdaderamente a disposición de la humanidad. Julio Maiztegui marcó un camino.

--¿Cuál es su mirada respecto de cómo el país está abordando la pandemia?

--Considero que el país está en un buen camino, trabajando con su grupo de asesores de excelencia y siguiendo las pautas que se han generado desde la Organización Mundial de la Salud con las cuales he contribuido. Respeto absolutamente las medidas que se están tomando. Esta etapa es difícil, pero lo más complejo está por venir y tiene que ver con el modo en que vamos saliendo de esta emergencia que exigió que las medidas de distanciamiento físico fueran absolutas. Ahora debemos conducirnos hacia modalidades más flexibles, sin que eso impacte en lo sanitario y le permita al sistema de salud brindar respuestas. Es un enorme desafío que debemos asumir como sociedad.

Delia Enria y Julio Maiztegui compartieron varios desarrollos científicos en la lucha contra la Fiebre Hemorrágica Argentina. (FOTO INEVH).

Una historia de ciencia

En el contexto actual, el relato de la doctora Delia Enria tiene la particularidad de poner “la ciencia en perspectiva”. Su palabra tiene la precisión del lenguaje científico, pero también la sensibilidad de quien estuvo en la primera línea de la atención de pacientes en las épocas en que muchas personas se morían de “Mal de los Rastrojos”. Muchos de los desarrollos alcanzados en el control de la Fiebre Hemorrágica Argentina la tuvieron como parte esencial.

--¿En qué instancia estaba la estrategia desarrollada por Julio Maiztegui cuando usted comenzó a trabajar en el Instituto y cómo recuerda esos comienzos?

--Cuando entré al Instituto en el año 1979 ya se usaba de rutina el plasma inmune en etapas tempranas de la enfermedad. Mi primera investigación fue precisamente establecer las dosis de anticuerpos que resultaban apropiadas para tratar a los pacientes. Ese fue "mi primer hijo". Eran épocas muy complicadas, de grandes epidemias. Me apasionó la tarea porque soy médica de alma. Los pacientes se atendían en el Instituto y trabajábamos a destajo en la asistencia.

Julio Maiztegui se caracterizó por formar equipos de trabajo para "hacer ciencia". (Foto INEVH)

--¿Los pacientes se atendían en el Instituto Maiztegui?

--En aquel momento el hecho de que la enfermedad estuviera circunscripta a una región permitía que los pacientes se atendieran en su gran mayoría en el Instituto. Esa centralización permitió usar plasma inmune y nada más. Era excepcional que se les diera un antibiótico. En las circunstancias actuales de atención esto es impensable. La nuestra fue una estrategia aplicada hace 40 años. Trabajábamos en un pabellón de circulación restringida y los pacientes estaban en cuarentena, algo parecido a lo que ahora sucede con los pacientes afectados por el Coronavirus.

Un aprendizaje para la humanidad

En su relato rescata el aprendizaje de aquel tiempo. Ese que le permitió tomar el legado de Julio Maiztegui para seguir sus pasos. “La tarea que desplegó Julio Maiztegui es digna de imitar. Es un clásico de la ciencia. La Fiebre Hemorrágica Argentina es la única fiebre hemorrágica viral en el mundo que se ha controlado, después del tratamiento tuvimos la vacuna. Eso no sucede muchas veces en la vida”, señala.

Y sobre el final agrega: “Creo que si sigo haciendo mi aporte a la ciencia en esta etapa de mi vida, es precisamente porque el trabajo de Julio Maiztegui ha sido ejemplar y sirve a la humanidad”.

“Mi consejo es que siempre se apele a metodología científica. Eso lo aprendí de Julio Maiztegui”, concluye, rememorando cómo quedaron a atrás las épocas de las grandes epidemias gracias a un trabajo que se sostuvo en la rigurosidad de la ciencia.

Una estrategia vigente

En el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas "Doctor Julio Maiztegui" (INEVH), dependiente de la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (ANLIS) funciona el Banco de Plasma y algunas ciudades de las provincias del área endémica han conformado sus propios bancos o cuentan con centros de stock.  El uso de plasma inmune de convaleciente,  que consiguió bajar al 1% la letalidad por Fiebre Hemorrágica Argentina, junto a la vacuna Candid I, forma parte de la estrategia sanitaria propuesta por el Programa Nacional de Prevención y Control que lidera el INEVH.

El Banco de Plasma del Maiztegui se nutre de la actitud solidaria de expacientes que donan en forma voluntaria. (FOTO: INEVH)

El banco se nutre de la acción solidaria de pacientes que tuvieron la enfermedad y recuperados, donan este insumo vital que, sometido a técnicas de identificación de anticuerpos, se dosifica y aplica para el tratamiento de pacientes en etapas tempranas del curso de la enfermedad.

Una referente

La doctora Delia Enria, exdirectora del Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas "Doctor Julio Maiztegui", fue co-directora de la Maestría en Prevención y Control de las Zoonosis de la UNNOBA, cuyo director fue el doctor Alfredo Seijo. Es referente de consulta para la comunidad científica internacional por su experiencia y trayectoria en el estudio y manejo de enfermedades complejas.


Diseño: Laura Caturla