Enigma GPT: preguntas a una tecnología

"Imaginando el lenguaje humano", Bing Image Creator

Por Marcelo Maggio

La sensación generalizada es que, al parecer, la promesa de la inteligencia artificial se ha cumplido, que ha dejado de ser un fenómeno de científicos o de la literatura, y que ya está disponible en cualquier dispositivo, lo sepamos o no.

El nombre de la inteligencia artificial (IA) hoy es ChatGPT. La técnica o la publicidad así lo determinaron. Los tiempos actuales son así, virales se dice, no importa que la idea tenga setenta años y miles de proyectos anteriores o paralelos. Se trata de “una arquitectura de red neuronal profunda llamada GPT (Generative Pre-trained Transformer) que fue entrenada con grandes cantidades de datos textuales para poder generar respuestas coherentes y precisas a las preguntas y consultas de los usuarios”. Al menos eso es lo que respondió el propio Chat acerca de sí mismo. ¿De sí mismo?

ChatGPT fue la aplicación que más rápido crecimiento en número de usuarios tuvo en la historia de internet. Como si se tratara de un gran estadio en el que se jugaba la final del mundo y las masas agolpadas afuera pudieran entrar sin pagar entrada. Así fue. Las más profundas curiosidades y temores nos movían. Sin embargo, esas cavilaciones concretas, a nivel de la técnica, esas ideas sobre una máquina que pudiera hacer lo que hoy hace ChatGPT, comenzaron con una leyenda de la historia de la informática: Alan Turing, el que permitió iniciar el triunfo de los Aliados sobre los nazis mediante una computadora, la famosa Enigma (se puede ver el film Código Enigma de 2014). Luego de la guerra, Turing escribió el artículo “Maquinaria computacional e inteligencia” (1950) en el que se preguntaba, “¿pueden pensar las máquinas?”. Ya nada sería igual después de ahí, de la apertura de esa “compuerta evolutiva” que tiene, aún, destino incierto.

La ciencia ficción comenzó a popularizar la pregunta, sobre todo en el cine. En las décadas siguientes se pudo conocer a la supercomputadora HAL9000 (del film 2001, una Odisea en el espacio, de 1968 y basada en la novela de Arthur Clarke ) que consideraba a los humanos una amenaza para su existencia, o también al más afable androide C-3PO (Star Wars, 1977), que estaba siempre al servicio de las personas.

Sin embargo, las empresas apenas podían volcar en el mercado unos toscos artefactos informáticos, primero gigantes, y luego más pequeños con la llegada del chip y la miniaturización en la década del 70. Las primeras PC de IBM se empezaron a popularizar a inicios de los 80 y aunque las revistas especializadas intentaban generar entusiasmo, las Personal Computer tardaron en ser vistas como algo útil.

Se podía computar, bastante, pero claramente no era lo mismo que pensar. Uno de los pioneros de la inteligencia artificial, Marvin Minsky (MIT), respondía de este modo a las dudas y el escepticismo mediante un artículo publicado en 1982: “La mayor parte de la gente asume que un ordenador no puede ser consciente de sí mismo; que como mucho, pueden simular que lo son. Por supuesto, esto está basado en la suposición de que los propios humanos somos conscientes de nosotros mismos. Pero, ¿lo somos? No lo creo”, desafiaba. Y apostaba por un crecimiento mutuo: humanidad y máquinas del mundo, a unirse. “Tal y como la evolución cambió nuestra forma de ver la vida, la IA cambiará la visión sobre la Mente. A medida que encontremos más caminos para que las máquinas se comporten de un modo más sensible, aprenderemos más sobre nuestros procesos mentales”. El resplandor de una utopía cibernética que no terminaba de nacer.

El crepúsculo de los dioses

El 22 de marzo de 2023 es el día D (por utilizar la metáfora bélica de los tiempos de Turing). Se conoció una carta abierta titulada “Pausar experimentos gigantes de IA” (Pause Giant AI Experiments: An Open Letter) publicada por el instituto Future of Life. El texto se viralizó más rápido que una extravagante tropelía de Donald Trump. Fruto de un encuentro ecuménico, la carta está firmada por miles de personalidades (cerca de 30 mil intelectuales, empresarios, activistas), en la cual firman desde magnates como Elon Musk (Tesla/Twitter) y Steve Wozniak (Apple), pasando por investigadores de la IA como Ramana Kumar (Google DeepMind) o Emilia Javorsky (directora de la organización de científicos contra armas autónomas), y hasta filósofos best seller reconocidos por su postura crítica a la IA, como Yuval Noah Harari. Su pedido era simple: “Hacemos un llamado a todos los laboratorios de IA para que pausen inmediatamente durante al menos 6 meses el entrenamiento de los sistemas de IA más potentes que GPT-4”.

Al instante todas las luces, las de alarma y las de la publicidad, se encendieron. ¿Qué era GPT? ¿Era el verdadero nombre de la famosa Skynet que anticipó el film Terminator? ¿Qué hacemos en seis meses, esperar el fin del mundo?

¿Entrevisté? a una red neuronal. Pregunté a GPT mediante su interfaz de chat, y no sin temor a que se ofendiera, lo siguiente: dicen que sos la mejor IA del mundo, ¿es así? En tono neutro, respondió: “ChatGPT es parte de una nueva generación de modelos de lenguaje que han logrado avances significativos en la capacidad de la inteligencia artificial para entender y generar lenguaje natural”. Ante mi insistencia periodística, tuvo que agregar algo: “La popularidad de ChatGPT se debe a su capacidad para generar respuestas coherentes y útiles a una amplia variedad de preguntas y consultas, lo que lo hace especialmente útil para tareas como la asistencia al cliente, la investigación en línea y la educación”. Seguimos hablando un largo rato, yo me cansé primero, así que le agradecí y me respondió: “Estoy aquí para ayudarte en lo que necesites. ¡Que tengas un buen día!”. Tuve una sensación similar a la primera vez que usé un chat en tiempo real por computadora (quizás alguien se acuerde del viejo ICQ), pero esta vez no estaba eufórico, era otro el sentimiento, más indescifrable.

Tenía que chequear con un humano esta información. Además, me seguía dando vueltas la posibilidad de que estuviéramos frente a una gran campaña publicitaria, un vicio profesional, sobre todo porque detrás estaba la empresa Microsoft. Con estas preguntas y otras dudas recurrí a nuestro experto en IA, Leonardo Esnaola (Investigador del Instituto de Investigación y Transferencia de Tecnología de la UNNOBA -ITT-, doctorando en Ciencias Informáticas, docente del área de Software y Sistemas de la Información). Después de recordar algunos detalles de anteriores entrevistas, Esnaola se puso serio, se acomodó la incipiente barba y espetó: “Sí, esto es algo distinto”.

Red neuronal: “El porvenir de una ilusión”

“Estamos en el campo de la inteligencia artificial generativa, una inteligencia artificial que puede generar cosas, ya sean textos coherentes como hace ChatGPT, una IA generativa de imágenes, o de otros tipos de contenidos”. Esnaola destaca la diferencia con los modelos anteriores, porque la IA generativa puede tomar datos sin etiquetar, es decir sin la participación de un humano que le dice cuál es el significado o qué debe hacer con esa información (ver Altoritmo, divino tesoro).

“Recoger datos etiquetados lleva un tiempo, un costo, tener a alguien —un humano— trabajando, y eso hace que no puedas tener bases de datos demasiado grandes porque hay que contratar personas”. Este nuevo paradigma de aprendizaje, el generativo, se entrena mediante la ausencia de palabras y la predicción: tiene que encontrar la palabra que falta en un hueco. “Como vos ya tenés la respuesta correcta, que es la palabra que borraste, eso lo usás para entrenar la IA. Ese es el enfoque de Bard (de Google), que es autosupervisada. En GPT, en vez de borrar una palabra, borran la terminación de una frase. La IA es entrenada para predecir las palabras, examinar el contexto de las palabras y trata de predecir y completar la frase”.

El abandono de la supervisión humana y el cambio en el modelo de entrenamiento no es el único factor. Aparecen más vetas. En los feeds de noticias de mi teléfono aparece la noticia: “Google desarrolla una inteligencia artificial generalista y dice estar más cerca de alcanzar la humana”. Esnaola opina que “los modelos generativos tienen un cierto propósito general, se está hablando de eso, pero es algo difícil de medir aún”. Y ejemplifica: “Las tareas que son complejas para el ser humano, como el cálculo, la máquina las hace bien, pero las tareas como comunicarnos o mirar el cielo y saber si está nublado, esas que parecen simples, para una computadora no lo son, requieren de un conocimiento del mundo. Estas herramientas se están metiendo, justamente, en ese terreno”.

"Paisaje de la pampa argentina", dibujado con tecnología DALL-E

Esnaola afirma que al menos la carta abierta publicada en Future of Life plantea que es un camino difícil de manejar “porque hay una competencia entre empresas líderes que fogonean tecnologías que quizás se publican antes de lo que deberían por el hecho de competir comercialmente”. Hoy OpenAI (vía Microsoft) y Google son los que llevan la delantera, claramente. Pero Esnaola advierte que “es cuestión de tiempo para que salgan otras empresas a jugar, mejorar, optimizar y competir”. De hecho, la tecnología que hay por detrás de los modelos de GPT los propuso Google originalmente. “El proceso, de alguna manera, se fuerza en esta competencia y así se descontrola”.

Libertad de mercado y gobierno

Para abordar este aspecto consulté a Martín Gendler, doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Sociología. Él viene estudiando temas como la “Gobernanza de Internet” y los impactos de las nuevas tecnologías en la sociedad. Gendler es contundente: “GPT rompió el delicado equilibrio que hay en el capitalismo de plataformas”. Incluso más: “Las plataformas de la actualidad generan un ecosistema con segmentos definidos en el que cada empresa tiene una parte con dominación, y pequeñas presencias en los otros. Sin embargo, a la vez, todas estas empresas vienen trabajando e investigando en todas las líneas posibles, como inteligencia artificial, realidad aumentada o internet de las cosas. Lo que nadie esperaba es que, sobre una de estas cuestiones (IA) una de estas empresas (OpenAI) diera un salto tan grande y por eso están temerosos”, indica.

El primer modelo red neuronal profunda del modelo GPT fue lanzado en 2018: “Podía almacenar su aprendizaje en función de algo más de cien millones de parámetros”, cuenta Esnaola. “GPT2, lanzado en febrero de 2019, ya pasa a miles de millones de parámetros, es decir que creció exponencialmente. Con cada generación que sale, crece su poder de cómputo y alcanza textos más coherentes”, explica. Esta interfaz que está conmoviendo a la humanidad, Chat-GPT, fue lanzada en noviembre de 2022 y en pocos meses, marzo de 2023, se lanzó GPT-4, el nuevo modelo. La empresa OpenAI, a diferencia de lo sucedido con modelos anteriores, no publicó las características, por lo tanto no se sabe qué tan grande es.

Todo chat es ideológico

Esnaola explica que la gran novedad es que antes, para conversar con GPT o cualquier otro modelo similar, había que instalar un software y tener conocimientos de informática. Ahora, al introducirle una interfaz tan simple como un chat que cualquier usuario de internet sabe usar, cualquiera puede preguntar. Al mismo tiempo esa interacción le va brindando un entrenamiento (aprendizaje) a la red neuronal. El límite y hasta dónde se lo puede usar y puede aprender se está viendo en la práctica misma, a medida que la inventiva de las preguntas lo hace avanzar. La incertidumbre está presente.

El modelo de chat o conversación con la máquina se remonta al icónico “Test de Turing” (sí, por Alan Turing, el de Enigma). El test dice que si una computadora puede manejar el lenguaje de modo que un humano, desde atrás de un canal conversacional, no puede distinguir si habla con una persona o con una máquina, entonces se afirma que estamos ante un comportamiento inteligente.

Lenguaje e inteligencia unidas detrás de un ordenador. Fue demasiado para el filósofo Yuval Harari, quien tomó la bandera de la humanidad y encaró hacia las trincheras enemigas: “La IA tiene la capacidad de hackear y manipular el sistema operativo de la civilización. Al adquirir el dominio del lenguaje, la IA se ha apoderado de la llave maestra de la civilización”.

Cuando el siglo XX se despedía, había ocurrido un hecho de parecida resonancia mundial al actual incidente GPT. Tal vez no resultó tan paradigmático como para convertirse en una compuerta evolutiva, pero Deep Blue (la máquina de IBM que había sido entrenada en el ajedrez, durante los años 1996 y 1997) jugó una serie de partidas contra el campeón mundial de este deporte, el ruso Gary Kasparov, y le ganó. “Pensar es calcular”, había pronunciado Gottfried Leibniz trescientos años antes. Deep Blue le dio sentencia de muerte a su idea. La máquina ahora podía hacer los mejores cálculos. Pero entonces, ¿qué era pensar? Nos quedaba, aún, el refugio del lenguaje.

Al utilizar nuestro lenguaje, “la nueva IA está interviniendo directamente en el proceso social de creación de significado” por lo tanto “los sistemas GPT son máquinas de ideología”, afirma el investigador en tecnología digital, Leif Weatherby. El aspecto ideológico de algoritmos e IA viene siendo abordado desde la categoría de “sesgo” (bias en inglés). Los problemas de sesgo aparecen cuando los programas informáticos favorecen cierto tipo de respuestas frente a otras. ¿Cómo se dan esas “preferencias” que muchas veces se muestran como recomendación? Son los algoritmos inteligentes los que toman las decisiones, ¿o las empresas deben responder por sus diseños? Lo cierto es que a partir de la generación de lenguaje y creación de significado la categoría de sesgo parece quedar corta. Es lo que parecerían estar planteando Harari y Weatherby.

Una caja negra para tu navidad

La carta abierta de Future of Life habla de “modelos de caja negra impredecibles cada vez más grandes con capacidades emergentes”. Si la creación de significado está sujeta a lo impredecible, ¿debemos asumir que hay una parte del funcionamiento del modelo generativo de la IA al que no podemos acceder?

“Sí”, responde Esnaola. “En realidad sólo vemos el funcionamiento a nivel sistémico, por lo tanto hay entradas y salidas a una caja, que es el sistema. Si querés ver cómo se transforma esa entrada en una salida, en este tipo de tecnología como son las redes neuronales, no lo sabés, porque lo que guardan son ‘pesos’ o valores que ponderan transformaciones matemáticas que podemos leer pero que no nos van a dejar descubrir por qué hace lo que hace”. Es decir que se pueden ver los valores o datos usados por el sistema, pero no los podemos interpretar. Por lo tanto, no sabemos qué es lo que está sucediendo ahí adentro, en la black box.

“Esto es muy distinto a los modelos anteriores”, enfatiza Esnaola. En la programación tradicional se establecen los mecanismos para seguir un camino u otro (mediante "reglas" de decisión). En cambio, “este tipo de elementos, acá, no los ves”.

Es por eso que espacios como la Fundación Vía Libre se han expresado en contra de lo que plantea la carta abierta: “Esta gente está pidiendo que se pause la investigación y no la aplicación. Lo que efectivamente puede hacer mal es la aplicación de estos sistemas, no que se investiguen. De hecho, que se investiguen debería ser positivo para que se entienda mejor cómo funcionan”.

Trabajo y máquinaria: por el camino de Ned Ludd

Culpar a la tecnología como la causante de un proceso social, no es algo nuevo. Lejos en el tiempo se hizo célebre Ned Ludd, el personaje que supuestamente fue el primero en destruir una máquina de hilar en la Inglaterra de la Revolución Industrial. Los artesanos se quedaban sin trabajo frente a la nueva técnica, y una de las respuestas que encontraron para protestar fue destruir las máquinas.

Una de las preguntas que me llevó hacia Martín Gendler tenía que ver con este tema: ¿cómo se prepara la sociedad de la información para enfrentarse a un posible mundo sin trabajo? “Desde la época de la Revolución Industrial sabemos que cada nueva ola de desarrollos tecnológicos plantea transformaciones en relación a esperanzas y temores. Uno de los ámbitos en los que se ven ambas cosas, es el laboral”, reflexiona Gendler. “Desde aquellos tiempos se planteaba la idea de mejorar procesos, optimizar tiempos, espacios, cantidad de producción y también se sabía que podía dejar en el desempleo a muchas personas; y esto lo podemos rastrear hasta en la literatura, como en Charly y la fábrica de chocolate, donde todos los trabajadores son reemplazados por uno, el encargado de verificar que cierre bien la cajita”.

El fin del trabajo humano es una distopía que cobra más fuerza a medida que la maquinización y el automatismo crece. Gendler comenta que el fin del trabajo se relacionó con la informática desde los comienzos mismos de internet, cuando la red tenía menos de diez años de vida y menos de doscientas mil personas conectadas. “Ahora estamos en una época en la cual, aunque hay una mayor magnitud de uso de la tecnología digital, la cuestión es la misma: surge una innovación disruptiva y aparecen las esperanzas y los temores”.

“Desde que las tecnologías digitales impactan en el mundo del trabajo, los expertos plantean que se viene acrecentando la división social del trabajo en dos polos: el polo hipercalificado, con habilidades y acceso a tecnologías, y el polo hiperprecarizado”, detalla. Según el docente, se lo puede plantear de modo más simple aún: están quienes diseñan la tecnología y quienes la ensamblan. “El trabajo creativo e intelectual siempre tuvo mejores condiciones que el manual pero, en esta época informacional, la brecha se acrecienta, por eso utilizamos el término hiper delante de calificado y precarizado”, sentencia.

“Con la inteligencia artificial se sigue el mismo patrón. ¿Quiénes pueden hacer un uso creativo y hasta lucrativo de estas tecnologías?”, pregunta Gendler. Las empresas que monitorean el flujo de usuarios en internet informaron que ChatGPT fue la aplicación que más rápido crecimiento tuvo en la historia de internet. Sin embargo, ¿son usuarios o tan solo personas motivadas por la curiosidad? Para Gendler, “cuando estas tecnologías se vayan introduciendo como obligatorias en el ámbito laboral, van a magnificar aún más esta brecha entre tipos de usuario. La diferencia estará no sólo en poder acceder o tener una habilidad básica, sino que habrá que tener el conocimiento específico para sacarle ‘todo el jugo’. Por lo tanto, probablemente el segmento de los trabajadores hipercalificados sea cada vez más segmentado y más pequeño, especialistas en estas cuestiones, y muchos otros que hasta ahora eran calificados pasen a ser parte del proletariado informacional”.

Hija de la definición clásica de proletariado (quienes sólo disponen de su fuerza de trabajo y la venden en el mercado para poder sobrevivir), la de proletariado informacional irrumpe en el capitalismo de las plataformas: “Hoy ese proletariado son los chicos de Pedidos Ya, de Uber o los que mueven las cajas en Mercado Libre —indica Gendler—. Pero con estos avances recientes, ese proletariado se va a ampliar, por ejemplo con la incorporación de los programadores. Si estas tecnologías hacen lo mismo que diez programadores, ¿quién será el hipercalificado? La persona que tenga la habilidad necesaria. El resto se encargará de arreglar algún fallo”.

Un ensayo para el gobierno civil

Empresas como Microsoft, Meta (Facebook) o Alphabet (Google), disponen de una inversión para la investigación difícil de dimensionar. En el marco de este proceso de competencia entre gigantes, surge la pregunta sobre la posibilidad de una regulación o “gobernanza” en este terreno. ¿Admitirían estos gigantes ser regulados?

Al respecto, Martín Gendler afirma: “Más allá de la posibilidad, creo que es totalmente deseable y que el único camino posible es el de la gobernanza”. La idea, que viene de la ciencia política y es muy aplicada a cuestiones derivadas de internet y las nuevas tecnologías, involucra no sólo al Estado de modo aislado para llevar adelante la regulación. “Por la magnitud global, y porque hay muchísimos conocimientos que no se tienen —plantea Gendler—, la idea de la gobernanza implica que todas las partes interesadas, con capacidad de acción y que tienen algo para decir, puedan juntarse y decidir cómo operar. Esas partes son, además del Estado, el sector privado, la sociedad civil y el sector técnico. La gobernanza se enriquece de los aportes de cada uno de los sectores”.

Con la inteligencia artificial sucede algo muy curioso: no existe a nivel mundial marco regulatorio alguno. En mayo de este año, Sam Altman, el director ejecutivo de OpenAI, se presentó ante el Senado de los EE.UU. y dijo que “regular la inteligencia artificial es crucial”. Gendler aclara que existen variedad de declaraciones, guías, marcos éticos o planes de políticas públicas con recomendaciones, pero no existe “ninguna ley”. “Si la inteligencia artificial tiene más de sesenta años, ¿por qué pasa esto?”, inquiere.

“El consenso que había hasta ahora, el de las empresas que se autorregulan, se cae con el escándalo de Cambridge Analytica (2017) porque se pensaba que era lo mejor que se podía hacer, que si el Estado se metía iba a arruinarlo. Se le dio todo el poder a las plataformas”, pondera el sociólogo.

Hay pocos países en el mundo con organismos institucionalizados y con una lógica de gobernanza que puedan asegurar el cumplimiento de “líneas guía”. “Uno de los países que aplica la gobernanza es Brasil, mediante el Comité Gestor de Internet (cgi.br), que nació en 1995 y que entre sus miembros tiene representantes de todos los sectores”. Para Gendler, “hay muchos marcos internacionales dentro de los cuales la gobernanza de la IA se podría gestar, pero no se está haciendo”.

¿Entonces el pedido de “suspender la investigación” podría ayudar en este sentido? Para el investigador social, parece que “este tipo de empresas se preocupan por los derechos humanos, cuando en realidad ven un riesgo económico muy fuerte para ellos, y no por una mala decisión propia, sino porque otro actor (OpenAI) les sacó gran ventaja”.

El copiloto menos esperado

Con la compra de OpenAI, Microsoft dio el salto. ¿Cuándo impactará en sus productos? Ya lo estamos viendo. Este artículo está ilustrado con imágenes “creadas” con Bing Image Creator a partir de textos. “Quiero ver una rivalidad entre IA y la matrix”, o “un humano alienado por las redes”, y con esas frases Bing hace lo suyo. Se trata de una tecnología denominada DALL-E (nótese el juego de palabras), una IA generativa de imágenes impulsada por OpenAI.

“Hace mucho tiempo que Microsoft está tratando de integrar esta tecnología a sus productos. De hecho, a pocos días de lanzar GPT-4 hicieron un evento en el que anunciaron que habían introducido IA del modelo generativo en Office, por ejemplo con un programa denominado Copilot”, indica Esnaola. ¿No puedo estar en la reunión a la que me convocaron? Copilot hace un resumen de los temas principales, porque está conectado al flujo de audio, lo transcribe, o hace el resumen y si escuchó que la próxima semana hay otra reunión, pregunta si hay que agendarla. “Los avances van a venir no tanto por el tamaño del modelo, sino por la potencialidad de uso, que son cosas distintas”. La imaginación (tecnológica) al poder.

A medida que se van masificando, las tecnologías se van naturalizando”, considera Gendler. “Cuando trabajo con estudiantes de primer año de la universidad y les hablo de lo que implicó la aparición del smartphone, muchas veces no lo entienden, porque ya está naturalizada su existencia. Resulta difícil imaginar una sociedad previa porque muchas veces se impulsan andamiajes discursivos que sostienen que lo tecnológico es el progreso”.

Nuestros sueños más valientes o las pesadillas más crueles muchas veces se manifiestan mediante obras literarias, y con gran anticipación. Retratos de un espíritu de época que nos invade, ideas fantasmagóricas que se transforman, gracias a la imaginería técnica, en una inventiva o en el simple despliegue de las fuerzas sociales frente a lo inevitable.

Mientras escribía este artículo encontré una vieja antología de cuentos de ciencia ficción publicada en Argentina, allá por 1975. Me sorprendió el cierre del libro, el último párrafo del último de sus cuentos ("Café molecular", de I. Varshavski), casi una premonición para cerrar el libro: “Cuando me desperté resultó que todas estas tonterías del café las había soñado, y entonces escribí este cuento; pues me parece que si dejamos sueltos a los cibernéticos, el resultado no puede ser muy bueno. Es necesario que la gente no los pierda de vista”.


Ciencia y redes sociales: las narrativas del saber

Por Marcelo Maggio

Uno de los profesores cuenta que cuando asiste a un congreso científico no toma apuntes tradicionales, sino que prefiere escribir tuits, un resumen que le permite además contar lo que va pasando, como un cronista. Otro docente relata que necesitaba una persona para colaborar en su equipo de investigación y que se le ocurrió hacer el llamado a través de una red social, “¿a alguien le interesa el tema?”, preguntó. Ambos profesores comparten la práctica de la investigación científica y la dirección de proyectos. Los dos afirman tener poco tiempo para intervenir en sus redes, que les resulta difícil establecer una rutina de trabajo para difundir lo que hacen. Sin embargo, ambas anécdotas representan un cambio de época.

Rolando Rivera Pomar trabaja en la UNNOBA, es docente en la carrera Licenciatura en Genética y fue director del Centro de Bioinvestigaciones (CEBIO) durante siete años. “Cuando tengo tiempo miro Twitter, no tengo una rutina”, es lo primero que dice y deslizando que no se considera un especialista. Lo cierto es que para el investigador de la genética de los insectos, lo que comenzó siendo un juego para ver a “algunos personajes”, terminó siendo un medio para la consulta y la comunicación con pares: “Me empecé a enterar de montones de cosas, cuestiones que no eran del área propia”. Para él, “Twitter es donde se puede hablar de ciencia, pero también de política o de fútbol: es como el bar de la esquina donde uno va a charlar”. Y también utiliza Instagram, pero con otros fines: “La tengo exclusivamente para investigación, para contar cuestiones de naturaleza, biología; como ahí es todo más gráfico, subimos parte del trabajo que hacemos con los insectos de los glaciares”.

En relación a ese proyecto de investigación para los glaciares, cuenta cómo fue la convocatoria mediante redes. “Yo me siento un usuario más, pero vi todos los contactos y referencias que se iban dando. Entonces, por ejemplo, junto a Pablo Pessacq, un colega y amigo que trabaja en Esquel en el tema de los insectos de los glaciares, dijimos '¿por qué no pedimos un becario doctoral para trabajar en este tema?'. Y se me ocurrió contarlo en Twitter. Entrevistamos a una cantidad de gente que nos escribió hasta que finalmente comenzamos a trabajar con una tesista de la Universidad de Tucumán, ¡algo que salió por Twitter! Muchas veces cuando uno busca personas para trabajar tiende a terminar con los más cercanos o con sus estudiantes… De este modo fue algo de alcance nacional”.

Francisco Albarello es docente en la Universidad Austral, secretario de Investigación en la Facultad de Comunicación y director del Doctorado en Comunicación. Nació en Junín, estudió periodismo en La Plata, y desde hace tiempo se dedica a investigar cómo es la lectura en las pantallas. Hoy es una referencia nacional en el tema de la “lectura transmedia”. Sin embargo, en esta ocasión no va a ser él quien pregunte sobre los consumos en las redes, sino que nos interesa él como usuario. ¿Cómo relaciona su actividad académica y de funcionario con el uso de las redes sociales?

“Considero que las redes sociales son una manera de contar lo que uno hace, una ventana de difusión de la ciencia”, define. Y sigue: “Antes estabas limitado a publicar un paper en alguna revista, o un libro y que la editorial lo difundiera, no mucho más que eso. Hoy, todo lo que yo hago lo difundo en las redes, es una manera de hacerlo visible y establecer contacto con otros lectores, y no sólo estudiantes sino también con otros investigadores”.

Albarello afirma que usa Twitter porque es la red social en la que se siente más cómodo, aunque no deja de lado las demás, como Instagram y Facebook. Aunque manifiesta la dificultad de encarar esta tarea de publicación de modo constante, algo en lo que coincide con Rivera: “El tema es que publicar implica un tiempo que muchas veces no tenés. Produzco bastante, no sólo dando clases, sino escribiendo, investigando; queda poco tiempo para darle toda la difusión que quisiera y de un modo más sistemático”.

Con respecto al tipo de contenidos que publica, cuenta que identifica dos tipos: “En primer lugar están mis propias producciones, que publico con un hashtag que trato de mantener (#lecturatransmedia) que me permite conectar no solamente las producciones propias sino también con colegas, por eso Twitter me parece una herramienta maravillosa para encontrar material”. El otro tipo de contenido que genera el docente de la materia “Tecnologías de la información y la comunicación” es el relacionado con diversas actividades académicas, como los congresos y las conferencias: “Intento ser un cronista, cubrir los eventos científicos a los que asisto pero no de un modo tradicional tomando apuntes en un cuaderno, sino escribiendo tuits. Voy haciendo comentarios, citas, fotos, hilos en Twitter. En ese sentido trabajo codo a codo con la comunicación institucional y etiqueto generando marca con el lugar en el que trabajo. Creo que en Twitter pude desarrollar una lógica de publicación”.

Del laboratorio a la red de redes

En los últimos tiempos se ha podido acceder a resultados de investigaciones mediante las redes sociales y la inmediatez se impuso como prioridad frente a los temas que preocupan a la sociedad. Esto provocó, además, una relación directa entre investigador y opinión pública. Rivera considera la posibilidad de esta relación como “algo muy importante”. “De hecho sigo a muchos científicos que van actualizando sus novedades, gente a la que he empezado a seguir durante la pandemia, un momento de desinformación horrorosa —relata—; entonces sirve tener un grupo de científicos referentes a los que se le tiene confianza. Si uno puede aportar algo, como lo hacés con tu familia cuando te preguntan algo, compartir una información de utilidad y tratar de explicar su importancia, lo tenés que hacer”.

Rivera admite que desde el surgimiento de la última pandemia hay una tendencia a realizar esta tarea por parte de los científicos, algo a nivel mundial. “Por ejemplo, en Alemania una de las personas más seguidas en redes sociales, y hablamos de cientos de miles de seguidores, es el profesor Christian Drosten, un virólogo, que era la persona que mejor explicaba lo que estaba pasando con la pandemia”. Drosten, además de hacer su trabajo en investigación, “es escuchado por su lenguaje claro a través de podcasts o seguido en las redes sociales por su forma sencilla y rigurosa, algo de lo más difícil de lograr”.

Es un hecho conocido que durante la pandemia se potenciaron de modo significativo las noticias falsas, sobre todo mediante las redes sociales. Pero también, en modo paralelo, se daba otro movimiento, no estructurado pero constante: el de científicos que comenzaron a trabajar de manera colaborativa a partir de la lógica de la red de redes, compartiendo materiales e informaciones. ¿Cómo se experimentó ese tipo de colaboración no estructurada por parte de nuestros protagonistas?

Para Albarello este tipo de funcionamiento colaborativo se remonta, y tiene relación, con el origen mismo origen de la web, ya que era un protocolo universal para compartir información académica. “El origen de la web fue ese: compartir conocimiento de modo horizontal; la pandemia lo puso en evidencia, tanto para el desarrollo de las vacunas como para algo tan extendido como realizar nuestras tareas de docencia mediante la virtualización forzada de la enseñanza en 2020”, recuerda. Y agrega: “Fue el año de los webinars, una palabra que se impuso; y luego se compartían en las redes no sólo los recursos, sino también las ideas: había un espíritu colaborativo que explotó entre los docentes, algo altruista, como cuando suceden inundaciones y florece la solidaridad. Fue algo similar”.

Quedó en evidencia que lejos de las miradas apocalípticas sobre las pantallas, vivimos un escenario contrario a eso”, celebra Albarello. En este sentido recuerda su propia experiencia con el proyecto “Investigar en red”: “Lo realizamos entre once universidades argentinas, un proyecto de investigación que publicamos recientemente y que da cuenta de cómo leen, estudian y se informan estudiantes de comunicación de las once universidades intervinientes. Este proyecto, con treinta y cinco investigadores, lo hicimos a través de la web y se llevó adelante durante la pandemia. Lejos de obstaculizar, la pandemia lo potenció, porque participamos universidades de varias provincias que de otro modo no nos hubiéramos podido reunir. La necesidad nos movió a desarrollar competencias de trabajo en red: teníamos las herramientas, pero tuvo que suceder algo extraordinario para decidir hacerlo”.

¿Hacia un nuevo tipo de influencer?

¿Las redes sociales habilitarían una nueva era en la cual los científicos tienen la posibilidad de ser celebridades? Rivera cuenta que retoma este tema en sus propias clases. Y afirma que “no es tan así”, ya que la ciencia es una preocupación pública desde mucho antes. “En el siglo XIX, las discusiones de las academias de ciencia salían en los diarios y la gente tomaba partido. Cuando discutían creacionismo versus evolucionismo en la Academia de Ciencias de París se trataba de una pelea como si fuera Chevrolet contra Ford. Están los diarios de la época para consultar. Esos temas formaron parte de la opinión pública, como el libro de Darwin El origen de las especies, que tuvo un impacto descomunal, ¡y estamos hablando del año 1860! Y Albert Einstein, quien quizás fue el primero en estar en el día a día de los medios”.

Claro que la intervención social de los científicos se ve incrementada no sólo por las redes: muchos medios masivos tradicionales los incluyen en su agenda para tomarlos como referentes de consulta. Esto es así, según Rivera, porque “el científico tiene una credibilidad, sobre todo ahora después de la pandemia. La gente empezó a hablar de cuestiones científicas, ¿te hiciste el PCR? Pero antes, ¿quién sabía lo qué era PCR? O también temas que se hacen populares, frases como “está en el ADN de River”. Entonces si lo dijo un científico vale la pena: pero un científico puede decir tantas pavadas o verdades como cualquiera, si se le consulta más allá de su campo de saber especializado".

En este sentido, Albarello coincide y marca los riesgos y la responsabilidad que implica ese prestigio para opinar: “Hay una lógica propia en las redes sociales, en la que con pocos elementos y con mucha convicción una persona puede creer que sabe de un tema. Está en la televisión también, por ejemplo, referentes de la nada misma que hablan más o menos bien. Y en las redes pasa lo mismo. Se construye sobre una subjetividad narrativa: cualquiera con ciertos elementos narrativos puede erigirse como un influencer”.

Por eso mismo creo que hay que estar en las redes sociales”, asegura Albarello. “Tengo la esperanza de que nuestro mensaje tenga una lectura, no porque seamos mejores, sino porque podemos comunicar desde un método, riguroso, sostenido en el tiempo, a riesgo de ser aburridos por hablar siempre de lo mismo, pero justamente es lo que nos convierte en especialistas: alguien que se dedica a un tema sistemáticamente”.

En las redes sociales se puede ir detectando a los referentes. Y ahí viene el llamado de Albarello: “Creo que tenemos que ser referentes de los temas que investigamos, no en el sentido de ser personajes especiales, sino de hacer nuestro aporte”. Se trata, de algún modo, de un llamado a la responsabilidad por la intervención en un escenario que está cargado de ruido y subjetividad.

Y justamente porque son las redes sociales el espacio para la expresión máxima de la subjetividad humana, y la ciencia, supuestamente, el espacio para la búsqueda de la verdad despojada de los prejuicios, es que puede aparecer una simple pregunta: ¿cómo puede dialogar la ciencia con las redes sin abandonar su lógica, sin sopesar lo verdadero frente a lo retórico, lo expresivo, lo individual?

Rivera patea el tablero y arroja su sentencia: “La ciencia puede no ser subjetiva, ¡pero los científicos somos subjetivos! En las redes somos como todos, subjetivos. Yo trato de ser objetivo cuando presento una cuestión científica, y me da igual si el resultado es el que esperaba o no. Pero no todo el mundo es así. Y muchas veces hay límites entre ciencia y política, lo que se vio claramente en la pandemia, en donde los científicos eran capaces de torturar los números para que confiesen lo que ellos querían. Apremios ilegales de los datos, porque había mucha intencionalidad política”.

Para el docente de genética, “el científico es un tipo común, que a la hora de plantear cuestiones no científicas, puede ser tan tonto o tan inteligente como cualquier persona. Hay mucha subjetividad, en las redes y en las no redes".

La velocidad de la difusión: revistas versus redes

Con la web y las redes sociales no sólo cambió la temporalidad: también cambió el concepto mismo de acceso. La idea de acceso abierto (open access) irrumpe de la mano de un movimiento derivado del espíritu del software libre y las licencias abiertas. La reivindicación del acceso sin restricciones a material de tipo académico y educativo ya tiene un recorrido en el mundo digital (quizás el hito más conocido esté retratado en el film “El Hijo de Internet. La Historia de Aaron Swartz”, 2014). Las revistas científicas, que tradicionalmente se manejaron mediante la suscripción y con tiempos de publicación extensos, se ven seriamente impactadas en este nuevo escenario.

Albarello informa que como editor de una revista académica, la Revista Austral Comunicación ha tenido que asumir el tema. “Precisamente en el congreso de ALAIC que se hizo en Buenos Aires hubo un panel sobre revistas académicas, de modo que esta pregunta es muy pertinente, porque hay una problemática en las revistas”, reflexiona. Y agrega: “La movida del acceso abierto al conocimiento va teniendo muchas revistas que se suman, como la nuestra. Es una modalidad con mucha fuerza. Considero que las revistas académicas no deberían ser pagas”.

Para poder difundir materiales que requieren una circulación rápida se ha comenzado a utilizar el sistema de publicación denominado preprint. Además hay revistas que tienen un sistema de publicación continua, con mayor flexibilidad ya que no se ajustan a llamados puntuales. Estos recursos van permitiendo acelerar tiempos y ampliar la posibilidad de circulación de los textos.

“Creo que el sistema de publicación tradicional está en crisis por varios motivos —indica Rivera—, y el principal es el tiempo desde que uno lo envía”. “Algo se ha resuelto con los denominados preprints, que son trabajos científicos sin referato, pero que permiten que la información esté disponible en los repositorios digitales de cada universidad, espacios donde también hay tesis y otros materiales, todo disponible en la red”.

En este sentido, Rivera señala la importancia del acceso: “Con la pandemia hubo mucha información disponible que servía para que el resto pudiera seguir construyendo conocimiento y eso cambió la lógica de la publicación, porque las revistas importantes empezaron a monitorear los repositorios digitales para encontrar trabajos que a ellos les interesaban; así se empezaron a comunicar con los autores. Cambió la relación, eso fue muy evidente”.

Por su parte, el profesor en Comunicación Digital, Francisco Albarello, suma otra definición: “Como investigadores deberíamos producir distintos tipos de contenidos, no sólo publicaciones académicas tipo papers”. Esto afecta el núcleo mismo del sistema, ya que sólo reconoce un tipo o modelo de publicación al momento de otorgar puntaje a quienes investigan para continuar con su carrera.

Albarello da detalles de su propuesta: “El libro que publicamos ahora sale con todos los resultados y va a estar liberado en formato PDF mediante una edición de la Universidad Nacional de Rosario, pero a la vez vamos a hacer un White Paper, como un folleto, con los resultados más breves para difundir en medios de comunicación, y también vamos a hacer podcast para aprovechar la diversidad de voces que hay en el registro”.

"Mutaciones" es un libro surgido en pandemia en el que se coordina el trabajo de once universidades argentinas mediante el trabajo colaborativo y en red, que dio lugar a una investigación federal y diversa.

Hay que producir microcontenidos para redes también —agrega—, hay que pensar como una especie de ecosistema de productos más allá del típico paper que queda limitado a un público muy reducido. Si se hace una inversión de tiempo y dinero, eso no puede quedar sólo en la lectura de un puñado de personas. Hay una responsabilidad de los investigadores y la universidad en que el trabajo derrame en la sociedad. Por lo tanto, se deberían producir otros contenidos, más allá de cumplir con los actuales parámetros del sistema”.

Diálogo, interacción y… ¿discusión?

En la interacción en las redes sociales se pueden encontrar todo tipo de intercambios: desde preguntas y opiniones hasta ataques o insultos. Los científicos no están marginados de esta regla de funcionamiento, más allá de que su público mayoritario sean estudiantes, docentes y otros científicos. ¿Cómo viven ese intercambio en el mundo virtual?

Rivera afirma que lo vive igual que por fuera de las redes, “no creo que haya mayores diferencias”. El punto en el cual sí las encuentra es en lo que denomina “las malas interacciones, porque la ventaja de las redes es el anonimato”. De todos modos el profesor de genética afirma fijarse bien antes de responder: “Sólo respondo dependiendo quién y cómo lo preguntan”.

“El intercambio en las redes sociales es muy rico, porque se supone que uno publica para otros lo lean, comenten, respondan —indica Albarello—. Me pasa que leen mis trabajos en otras universidades donde hay colegas que son conocidos, me citan, entonces genera una movida muy linda, de estar en un ambiente donde hay una valoración de tu trabajo”.

Para Albarello es importante siempre tener presente el ida y vuelta, ya que así como él publica sus materiales y quizás terminen en las clases de alguien, él también utiliza información que publican desde otras cuentas: “Así la web es un gran apoyo para la investigación”, concluye.


Diseño: Laura Caturla


Ambientes digitales para enseñar y aprender

Por Marcelo Maggio

Este artículo forma parte de una serie vinculada a los 20 años de la UNNOBA. En esta ocasión se aborda la evolución de las nuevas tecnologías aplicadas a la enseñanza, aprendizaje y la vida institucional.

Aulas virtuales, videoconferencias, chats, ¡inscripción online! Los procesos de digitalización avanzaron sobre todas las dimensiones de la vida social, y la educación no podía permanecer ajena. La pandemia aceleró muchos cambios y para la UNNOBA ese cambio de ritmo en la demanda de la virtualidad implicó “un cambio en la escala”: se trataba de aumentar recursos y presencia allí donde ya se venía trabajando.

En la actualidad, la Universidad tiene dos espacios que cubren las necesidades planteadas por el desafío digital: el Sistema Institucional de Educación a Distancia y Digital (SIEDD) y la Prosecretaría de Tecnología de la Información y la Comunicación (TIC).

“Educación Digital es nuestro nombre reciente, pero nos podemos remontar al año 2009 rememora Claudia Russo, responsable del SIEDD—. En aquel año, la Escuela de Tecnología puso en marcha un ingreso semipresencial y también se comenzaron a dar los primeros pasos con un sistema de gestión de aprendizaje (LMS, por sus siglas en inglés), que era la plataforma Moodle, vigente en la actualidad”.

“Moodle hoy es un standard, y también algo histórico en materia de aulas virtuales —explica Hugo Ramón, prosecretario TIC—. Este software es como el núcleo de una cebolla al que se le pueden agregar funcionalidades y contenidos”.

En un primer momento, esta plataforma se utilizaba como un repositorio en el cual los docentes dejaban sus producciones o se comunicaban con los estudiantes, siempre como apoyo a la presencialidad. “En aquel tiempo no pensábamos en virtualizar horas o algo similar a lo que ocurrió con la pandemia —aclara Russo—. Sin embargo, a medida que pasaron los años, la plataforma fue teniendo cada vez más uso dentro del ámbito de lo presencial, como una manera de extender el aula”.

Foto: Matías Lucero.

Ese recorrido fue impactando a nivel institucional: antes de la creación del área de Educación Digital ya se venía trabajando desde un programa que funcionó como antecedente, dirigido por Diego de La Riva y con Florencia Castro a cargo de la Secretaría Académica. Russo agrega que, “el área de Educación Digital de la Universidad se crea a partir de una resolución ministerial sobre la educación a distancia, pero le agregamos el nombre de digital y no sólo a distancia porque el objetivo es abordar la innovación tecnopedagógica en el aula, sea tanto en modalidad presencial como virtual”.

Las iniciativas y los debates acerca de la presencialidad no se iniciaron durante la reciente pandemia. El recurso de la distancia y la virtualización viene permeando en la educación desde hace tiempo, y en la UNNOBA se remonta al 2009, momento en el cual se implementó el ingreso semipresencial. Sin embargo, desde antes ya estaban en uso las salas de videoconferencia en Junín y en Pergamino, donde los docentes podían estar de manera presencial en una sede y con otro grupo a distancia desde la otra e interactuar mediante sonido y video. “En este tipo de videoconferencia, las aulas estaban en la Universidad —destaca Russo—, docente y estudiante tenían que ir a alguna sede universitaria, un tipo de tecnología híbrida”.

Cultura online y recursos

En la UNNOBA ya teníamos la cultura de la videoconferencia gracias a nuestras aulas conectadas punto a punto en cada sede”, resalta Hugo Ramón. Con esa ventaja, se pudo dar el salto hacia la videoconferencia online en tiempos de pandemia. “Necesitábamos implementar una tecnología, y la Universidad fue por el lado del software libre y la implementación de un servidor Jitsi”, recuerda Russo. De este modo, a partir de 2020 se habilitó a los docentes esa herramienta para comunicarse con los alumnos en clases sincrónicas.

Hugo Ramón recuerda cómo se fueron dando los pasos para llegar al Jitsi, el primero de los recursos que se usaron en este sentido. Fue tan solo unos meses antes del salto a la virtualidad total: “En marzo de 2019 empezamos a tener problemas con las cámaras móviles de las salas de videoconferencia y no se conseguían los recambios. Empezamos a evaluar Jitsi porque era un software que ya se estaba utilizando desde 2014 para la telefonía IP. Alguien del equipo (de la Prosecretaría TIC) descubre que tenía una funcionalidad para videoconferencia y la empezamos a probar. Cuando en 2019 el área de Educación Digital, recién creada, nos pide un recurso para una reunión virtual, propusimos Jitsi. Así, hacia fines de noviembre de 2019, se usó por primera vez. En marzo, sólo unos meses después, aparece la pandemia”.

Claudia Russo recuerda que su área empezó de modo incipiente, “pero la pandemia hizo que se tomara un gran volumen de trabajo en un corto tiempo”. “Creemos que la Universidad pudo dar respuestas en ese contexto gracias a la proyección que ya teníamos —indica la responsable de Educación Digital—. Se le pudo dar apoyo a docentes para que transformaran sus clases presenciales en clases virtuales y lo que a nivel nacional se llamó educación de emergencia, desde la UNNOBA lo fuimos transformando, paulatinamente, en una educación a distancia”.

Saldos de los tiempos de encierro

En el presente los desafíos son otros y se intenta asimilar los pasos ya dados: “Hay que tratar de no perder lo que se aprendió en esa etapa, incluso poder trasladarlo al aula presencial. Entendimos qué cosas se pueden hacer virtuales y cuáles no, dependiendo de las carreras, las disciplinas, el tipo de prácticas que se realizan, por ejemplo”, reflexiona Russo.

En este sentido, tanto Russo como Ramón coinciden en que la virtualidad y sus herramientas brindan oportunidades únicas que se deben intentar poner en práctica, como la facilidad para estudiantes que trabajan o quienes no cuentan con los medios económicos para trasladarse hasta alguna sede de la Universidad.

“Se puede tener un aula presencial con uso de tecnología, un aula virtual, o se puede tener un aula mixta con una parte virtual y otra presencial”, destaca Russo. Se puede lograr así una “hibridez entre lo presencial y la distancia como una nueva modalidad educativa”.

Foto: Matías Lucero.

La implementación de tecnología en las aulas físicas de cada edificio universitario es una tarea a cargo de Hugo Ramón: “La Universidad siempre se caracterizó por tener tecnología en el aula. Por ejemplo, casi el noventa por ciento de la superficie edificada de la universidad tiene wifi disponible, eso incluye a las aulas, que además cuentan con proyectores”.

Enseñar y aprender en la sociedad del conocimiento

Una de las actividades que impulsó el área de Educación Digital fueron los workshops con docentes, reuniones para el intercambio de experiencias con tres ejes, los más icónicos de la educación a distancia: la organización del aula, el rol tutorial y la evaluación. A partir del segundo workshop se incluyó la participación de otras dos universidades: UNSADA y UPE.

“La estructura del WITE (Workshop de Innovación y Transformación Educativa) es totalmente virtual, con muchos asistentes y ponentes de otros países y de otras universidades argentinas —cuenta Russo—. Lo que hemos visto durante la pandemia es que la posibilidad de asistir a eventos no presenciales hizo que la participación aumente, por eso creemos que hay que mantener ese espíritu de evento virtual. En lo que queremos hacer hincapié es que no se trata de un congreso científico: en el WITE cada uno puede contar sus experiencias, y no sólo las virtuales, sino también las que se dan en la presencialidad, porque la educación presencial también está bajo la misma observación que la educación a distancia”.

Una de las conferencias virtuales del último encuentro WITE.

Hay quienes plantean, como el especialista David Buckingham, que la educación digital ha permitido pensar nuevos modos de la pedagogía e incluso avanzan sobre el potencial educativo de los videojuegos, en lo que se denomina "gamificación". Desde Educación Digital de la UNNOBA, Claudia Russo se pregunta: “Después de la pandemia, ¿por qué irías hoy a escuchar una exposición de un docente, si después esa clase va a estar online porque alguien la grabó? ¿Por qué voy al aula? Tengo que ir porque me va a dar algo más de lo que puedo encontrar en internet. Entonces, si hay gamificación, clase invertida, desafíos para pensar soluciones y debatir la clase, exponer mi trabajo, entonces voy. Eso piensa un estudiante actualmente, después de la pandemia. Pero sucede que no todos los docentes estamos dispuestos a enfrentar esta realidad”.

--Entonces, ¿por qué insistir en las prácticas presenciales?

--Es un debate actual. Por un lado, hay un sentimiento muy fuerte de querer pertenecer y querer estar con las compañeras y compañeros en el aula, algo muy entendible, porque la universidad es mucho más que lo académico. La universidad brinda muchos valores a los estudiantes y la presencialidad es muy importante en este sentido. Pero en los años superiores, y en algunas disciplinas, la virtualidad puede ayudar a que no abandonen por los diversos motivos que aparecen, como el trabajo. La virtualidad aparece entonces como una oportunidad para quienes no pueden acercarse a la universidad y deciden estudiar. Por eso es importante dar respuesta a todas las situaciones. De hecho ya tenemos, desde la UNNOBA, dos carreras aprobadas por Consejo Superior para ser cursadas completamente a distancia.

--¿Qué evaluación hacen de la apropiación y utilización por parte de docentes universitarios de las nuevas tecnologías y los entornos virtuales?

--En la Universidad hay que reconocer que todos los docentes dieron respuesta en el contexto de pandemia. No hubo ni una asignatura, de ninguna carrera de la UNNOBA, en la que un docente diga 'si no doy presencial no doy la materia'. Por lo tanto, la respuesta fue muy buena. Claro que hubo diferentes usos de la tecnología, y eso siempre va a pasar. En el transcurso de la pandemia y en lo que llevamos de presencialidad, vemos que hubo una apropiación de lo aprendido, ya sea para seguir llevándolo hacia adelante en las aulas virtuales o en la presencialidad misma. Por ejemplo, para ver cómo crece el interés en el tema, desde Educación Digital hemos creado dos diplomaturas de posgrado, diseño de aulas virtuales y contenidos digitales, tomadas por gran cantidad de docentes, tanto de la UNNOBA como externos.

--Guillermo Simari, cuando visitó la UNNOBA, planteó que debíamos entender el desafío de la continuidad que hay entre las realidades virtual y material. ¿Se ha dejado de ver, por fin, lo digital en educación como un asunto "informático"?

--Creo que se está avanzando y que la pandemia nos ha dado un "sacudón" muy importante en ese sentido. Se cambiaron las cosas de un día para el otro, se nos puso a todos no sólo en un nivel de uso de tecnología en general, sino de uso en el aula para enseñar. Y esto va a continuar también porque son los estudiantes los que nos van a pedir cada vez más. Entonces nos vamos a tener que acostumbrar a los nuevos contextos educativos, porque ya no hablamos solo de presencialidad o distancia, también hablamos de la hibridez, o de una flexibilidad en la que es cada uno quien determina de qué manera quiere hacer su carrera.

Recursos e implementaciones

“Somos un área transversal y nuestros servicios impactan en las funciones sustantivas de la universidad (académica, investigación y extensión), pero también en las otras áreas transversales, como la administrativa”, explica Hugo Ramón.

La Prosecretaría TIC, por su transversalidad, debe enfrentar todas esas necesidades y demandas y, luego, establecer prioridades para el uso de los recursos digitales. “Tenemos que mantener operativos todos los servicios, independientemente del área de destino. Sí está claro que cada servicio maneja escalas y prioridades distintas —indica Ramón—. Por ejemplo, el servicio administrativo presupuestario es utilizado por una cantidad pequeña de personas si se lo compara con el académico, que es impactado por toda la población de docentes y estudiantes de la Universidad”.

“Para nuestra área es crítico que cualquiera de los servicios funcione bien, ¡y todo el tiempo!”, indica. Ramón se refiere a tareas que van desde la ejecución de pagos hasta inscripciones, calificaciones e inscripciones a finales, o las ya mencionadas relacionadas con el aspecto académico dentro de las aulas virtuales.

--¿Cómo resuelven a nivel infraestructura la creciente demanda de recursos?

--La infraestructura, el nivel físico, tiene un ciclo de actualización tecnológica. En este momento estamos volcando muchos servicios a la "nube" y otros, como los servicios críticos, en una infraestructura propia. Hay muchos servicios que estamos tratando de sacarlos afuera para evitar problemas relacionados al costo operativo y la disponibilidad. Y todo es creciente porque no se destruye información. Entonces tenemos más estudiantes, más docentes, más metros cuadrados a cubrir con internet y más consumo de ancho de banda. Incluso hay que pensar en la obsolescencia de los equipos.

Google Data Center

--Actualmente la Universidad está brindando una integración con Google. ¿Cómo se establece esa decisión y qué beneficios tiene?

--Venimos desarrollando una estrategia para que cada integrante de la comunidad pueda acceder a todos los servicios que le corresponden mediante una validación con su cuenta de correo institucional; desde cursar materias hasta conectarse al wifi en cualquier edificio. Esa convergencia iba a terminar en alguna solución en la nube. Nos decidimos por Google por un tema de escala, en el que la gestión de los correos es el mejor ejemplo, porque hay una cantidad de información para almacenar que nos dificulta el funcionamiento, el respaldo y la estabilidad. Para este servicio, sin embargo, las claves no las almacena Google sino la institución, es decir que se autentifica con nuestro servidor mientras que todos los datos permanecen en la nube. Además hay otros beneficios, como acceder a las herramientas que están dentro del paquete, como el Meet para las videoconferencias. Pese a la ventaja que implica, hay que seguir educando en el uso responsable de estas herramientas. Es como en una casa, hay que ser ordenado y guardar lo que es importante, porque siempre la capacidad está limitada.

--¿Qué tendencias hay en tecnología, sobre todo en educación?

--Hay una tendencia a la descentralización y a la operatoria al cien por ciento, esto es que necesitamos que los sistemas estén disponibles todo el tiempo, lo que nos convierte, a su vez, en seres cada vez más dependientes de la tecnología, algo que se aceleró con la pandemia. ¿A dónde vamos? Claramente la hibridez es uno de los temas. También hacia el trabajo domiciliario o ubicuo, desde cualquier lugar. Y otro de los temas que en particular estamos analizando es el de la identidad digital: en nuestro caso la clave la maneja y almacena la Universidad. Ahora bien, ¿por qué los atributos para que vos te identifiques los tiene que tener un tercero? Con el DNI es el Estado, con Google es la empresa, pero ¿por qué no lo puede tener el ciudadano en una billetera digital? ¿Por qué no podemos usar una tecnología tipo blockchain para dar esa trazabilidad? De esa manera se podría validar la identidad sobre una tecnología que es propiedad de todos, o de nadie.

--¿Cómo impacta la brecha digital en el nivel universitario? Sobre todo, si pensamos en la crisis económica actual y los precios internacionales de los servicios.

--En nuestro país hemos tenido, históricamente, un retraso en el acceso a equipamiento de última generación. Hoy vemos que las soluciones en la nube nos han permitido amortiguar este problema, pero las restricciones económicas siempre tienen consecuencias, aunque desde que trabajo en el ambiente universitario convivimos con este tipo de problemas. Creo que el impacto que tiene la tecnología en nuestras vidas, en el trabajo, en la educación, hace que tenga que tener un tratamiento especial. Un chip o un software están en cualquier lugar de la vida que uno mire, no sólo en la educación. Por lo tanto hay que hacerse responsables de eso. Lo que sí sabemos es que desde la Universidad estamos preparados y equipados para enfrentar cierres o crisis de este tipo por unos años. En términos más amplios, la brecha digital me preocupa porque ahí entran muchos aspectos, desde quien enseña que no puede armar una presentación de diapositivas, hasta estudiantes que aún no pueden utilizar una herramienta básica como un procesador de textos: es decir que no lo tenemos que reducir a un tema de acceso. La brecha digital no deja de ser un tema a resolver desde la educación temprana, por eso la educación en tecnología debería estar ahí también, desde los primeros años de vida de cada estudiante.

 


Diseño: Laura Caturla


Unicornios y otros animales fantásticos

Por Marcelo Maggio

Las promesas de la economía global, conectada en tiempo real gracias a las nuevas tecnologías de la información, con prosperidad de crecimiento veloz y ruptura de todo lo establecido, aparecen detrás de una denominación: empresas unicornio. Sin embargo, ¿qué características tienen?, ¿cómo se preparan los Estados para los desafíos que plantean este tipo empresas?

Aníbal Cueto, profesor titular del área de Comercialización de la UNNOBA, explica que “antes de poder definir una empresa unicornio hay que definir una empresa startup, porque van de la mano”. “Una startup es un emprendimiento, implica la organización de personas para diseñar nuevos productos en condiciones de incertidumbre extrema, y busca un crecimiento exponencial”, sostiene. La traducción de startup nos dice que es algo que se pone en marcha, pero no cualquier cosa: se trata de proyectos vinculados a la tecnología y eso los diferencia de emprendimientos tradicionales.

Ahí aparece otra diferenciación. Según Cueto, todas las startups son emprendimientos, pero no todos los emprendimientos son una startup. “Si mañana ponés una pizzería o una panadería, claramente se trata de un emprendimiento, pero no de una startup, porque no se desarrolla un producto que no existe y tampoco hay incertidumbre”. Las startups, por lo tanto, se definen y juegan el todo o nada ahí: en la incertidumbre. Por eso es que sólo dos de cada diez startups sobreviven, una tasa que no se corresponde con emprendimientos de mercados más tradicionales.

“Emprendedurismo no es emprender cualquier cosa”, advierte Cueto. No estamos hablando de emprender el ejercicio de un deporte o de comenzar a estudiar una profesión. Se trata de desarrollar un proyecto económico: “Está vinculado a proyectos que desarrollan ideas de negocios, por lo que la idea es la piedra fundamental que, a su vez, tiene que estar vinculada a una oportunidad de negocio”, detalla el docente.

No es sólo una cuestión de tamaño

Vemos que las startups están llamadas a dar el salto. Y de hecho algunas lo hacen, ¡y cómo! Por eso es que aparece “una suerte de subcategoría de startup”: los unicornios. “Se trata de una expresión de Aileen Lee, quien la utilizó en el año 2013, haciendo referencia a estas criaturas mágicas. Ella decía que unicornios son las startups que tienen un desarrollo extraordinario. Y lo termina cuantificando: hoy decimos que un unicornio es una startup que alcanza una valoración de mercado de mil millones de dólares”.

Por eso es que los unicornios empresariales, al igual que los seres mágicos, son poco numerosos, escasos. Argentina tiene los suyos, no podía ser menos, y se ubica segundo después de Brasil en la cantidad de esta especie en Latinoamérica: Mercado Libre, Globant, Despegar, OLX, Auth0, Vercel, Aleph Holding, Mural, Bitfarms, Ualá y TiendaNube.

Otras características que tienen los unicornios, detalla Cueto, es que “son creadas y administradas por personas de entre treinta y cuarenta años, que están vinculadas a la tecnología y las redes y que, por lo general, funcionan con la modalidad B to C”. Se trata de la abreviatura del inglés business to consumer, es decir que son empresas que le venden directo al consumidor. En esta terminología también se pueden distinguir las empresas B to B (empresas que le venden a empresas), o B to G (empresas que le venden al gobierno). “En general, los unicornios se orientan al consumidor”, enfatiza Cueto.

Parece impensable este desarrollo sin un escenario digital, sin una gran penetración de las nuevas tecnologías de la información. ¿Será este el factor determinante hacia la consolidación de una economía de los servicios que desplace a la productiva, como se auguraba hacia fines del siglo XX? Cueto, quien está a cargo de la Maestría en Dirección de Empresas de la UNNOBA, confirma que si bien la economía de servicios se ha expandido en los últimos setenta años, “la transformación digital cruza de modo transversal a toda la economía, no solo a los servicios”. Lo digital “se puede encontrar en plataformas de pago y en el e-commerce, pero también en toda la industria, por ejemplo en internet de las cosas y en todos los desarrollos que la pandemia ha consolidado; eran recursos que estaban disponibles pero que se fueron incorporando a la cotidianidad, desde la educación hasta la compra de comida”.

¿Global versus multinacional?

“Las startups, y los unicornios en general, tienden a un mercado global: aunque después cada una segmente en su negocio, miran al mundo como un solo mercado. Tienen otra visión del negocio, con criterios de desarrollo del producto por segmentos, regiones, tal como lo hace Netflix”, aporta el profesor de UNNOBA.

En este sentido es que resulta interesante pensar el rol de los Estados, ya que si se trata de empresas que no reconocen fronteras, ¿cómo se puede regular ese movimiento global? Incluso Argentina, en este terreno, ya no se puede pensar como un simple consumidor, porque posee once empresas que traspasan sus fronteras de cara al mundo. ¿Sabe el país cómo relacionarse con este emergente económico?

“El gran desafío que tienen hacia adelante los gobiernos es pensar cómo regular estas nuevas formas de economía y comercio, y lo vemos con Mark Zuckerberg sentado en el Congreso de los Estados Unidos —grafica Cueto—, dando explicaciones: ahí vemos a la economía y la política tratando de buscar acuerdos, consensos, un desafío más grande que nunca”.

Pero, ¿qué sucede con las empresas multinacionales, ya no existen más, se han quedado quietas? Cueto explica que empresas como Ford, Coca-Cola o Toyota “están hace mucho tiempo operando en todo el mundo, pero con concepciones distintas”. Y las define: “La multinacional es una empresa que opera en distintos mercados, adecuada a las reglas de cada uno de esos mercados locales, a sus leyes. En cambio, la empresa global opera por arriba de los Estados, y ese es el gran desafío. ¿Cómo regular a un Facebook o un Netflix si no están radicadas en tu país?”, se pregunta el docente.

Trabajo local en crisis

Se suele abordar la cuestión del mercado global desde las características del denominado “mundo empresario”, esto es, el rol de las ideas, el trabajo en equipo, la inserción en el mercado global, cómo hacer para no quedar aislados del mundo, y temas similares. Pero, ¿cómo impacta el fenómeno en el trabajo, sus características, sus derechos?, ¿cuáles son las respuestas trabajadoras para acoplarse a este tren?, ¿y qué hacer con las relaciones y contratos establecidos durante el siglo XX?

Por el momento, en este terreno no aparecen las respuestas innovadoras. Más bien se ve una suerte de duelo entre las posiciones clásicas, por ejemplo "Estado de bienestar" versus "liberalismo salvaje", o sindicatos versus desregulaciones al estilo siglo XIX. Por eso es que se pueden leer las críticas a la burocratización del mercado laboral por “exceso de derechos” por un lado, o las propuestas de dejar el trabajo humano expuesto a los vaivenes del mercado, por el otro. Pero la dinámica económica no espera a la resolución política del debate: avanza. Una base que determinará a su superestructura jurídica. Entonces, tanto unicornios como multinacionales moldean su mercado laboral. Por ejemplo Mercado Libre dio la nota con el informe 2021, año en el que generó siete puestos de trabajo por día. O Toyota Argentina, que no alcanzó a cubrir los puestos ofrecidos por problemas en la cualificación de la mano de obra.

Aníbal Cueto estima que aún se está “en el inicio de la curva de aprendizaje sobre estos nuevos formatos”. “Es un desafío saber cómo regular estas nuevas relaciones laborales y económicas. No va a ser sencillo, porque implica un verdadero cambio de paradigma. Cuestiones como el home office resultan todo un cambio, porque ¿cuál es el horario de trabajo?”, reflexiona.

¿No considera preocupante el actual escenario de auge político antiestatal y antiderechos laborales? Siguiendo su planteo, tanto con la defensa de las burocracias como del liberalismo salvaje se podría estar anulando por completo esa curva de aprendizaje que mencionaba, ese diálogo entre política y economía.

—Por eso decía que es un gran desafío buscarle reglas a esta nueva economía. Las soluciones viejas para los problemas nuevos no van a funcionar. Esta es otra economía. La solución no pasa por regular o desregular todo, la solución pasa por ser lo suficientemente creativos para encontrarle las reglas a esta nueva realidad, estando seguro de que las reglas viejas ya no funcionan. Y, si queremos ir con esas reglas viejas, nos vamos a quedar fuera, porque todos se van a ir donde tengan mejores condiciones. Es otro mundo, en el cual la oferta de puestos de trabajo también es global. Si uno quiere obtener los beneficios de esta transformación y desarrollarse en la economía digital, tiene que ver la manera de generar condiciones favorables y a la vez contención.


Diseño: Laura Caturla


Alimentación saludable: algo más que una etiqueta

Por Marcelo Maggio

Se podría empezar esta historia desde muchos lugares posibles. Este es uno de ellos: de cada cuatro muertes que se producen en el mundo, tres son producidas por enfermedades no transmisibles.

¿Cuáles son? Enfermedades como las cardiovasculares, producidas por acumulación de grasa en las arterias; distintos tipos de cáncer; diabetes y enfermedades respiratorias, principalmente. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la incidencia de estas muertes es mayor en países como los nuestros, pobres. Enfermedades producidas por dietas distorsionadas, tanto por excesos como por ausencias de nutrientes. Y a ese cóctel se le agrega el consumo de tabaco y alcohol, la inactividad física y el ritmo de vida actual, incluso alterado por la reciente pandemia.

Distintas instancias dependientes de Naciones Unidas como FAO (alimentación y agricultura) o la OMS, plantean combatir esta problemática desde un enfoque integral, única manera de frenar el avance de las enfermedades no transmisibles (ENT). Una de las vías es concientizar a los consumidores mediante una mejor información acerca de los productos con los que se alimentan y así brindar herramientas clave para que las personas puedan tomar las mejores decisiones para el cuidado de su salud.

¿Mal comidos versus mal educados?

Estamos “mal comidos” fue la frase mediante la cual un libro instaló un debate bastante masivo allá por el 2013. Denunciaba directamente a la industria de los alimentos por sus graves consecuencias sobre la salud humana. Sin embargo, están quienes sostienen que se trata básicamente de una responsabilidad individual y que el Estado no debe intervenir en cómo decidimos alimentarnos. En el medio, también, una amplia variedad de posiciones políticas posibles. Frente a este debate aparecía el desafío de consensuar una ley informativa y un plan de alimentación saludable para bajar los números de muertes y de enfermedad que van en crecimiento.

El proyecto de ley de “Promoción de la alimentación saludable”, que aprobó el Senado casi por unanimidad en octubre de 2020, tardó un año en poder salir de las comisiones de debate de Diputados y tuvo su primer intento a inicios de octubre de 2021. Pero fracasó por una ausencia masiva de diputados. Se tejieron especulaciones de todo tipo, desde los manejos políticos hasta las presiones de sectores económicos.

Ese proyecto de ley, o alguno alternativo, tenía un futuro más que incierto porque toda la discusión se reducía a la presencia, o no, de unos polémicos “octógonos negros con letras blancas” sobre productos que tuvieran exceso de grasas (saturadas y totales), azúcar, sodio, y calorías. El problema de la alimentación saludable quedaba así tapado por el problema económico.

Sin embargo el acuerdo llegó a las pocas semanas, y el martes 26 de octubre de 2021, en el día de la vuelta a la presencialidad plena en la Cámara de Diputados de la Nación, el texto que había enviado el Senado hacía un año fue aprobado con el respaldo de unos 200 diputados y diputadas de distintas fuerzas políticas. El consenso había llegado y el encuentro de posiciones se debía a una preocupación fundamental: detener el silencioso avance de estas enfermedades.

Agustín Sola es el director del Proyecto de Fortalecimiento de las Carreras de Alimentos de la UNNOBA. Además es docente de la materia “Proyecto Industrial” y coordina el Programa de Alimentos “Sabores UNNOBA”. Fue consultado sobre las repercusiones que podría tener esta ley en el proceso productivo y también en las potencialidades, o no, para lograr torcer los malos hábitos en el consumo de alimentos.

--¿Tu mirada trata de incorporar de un modo más fuerte al consumidor como una parte importante de este problema?

--Exacto. Se trata de entender que hay otra realidad más allá del fabricante, algo que me dijo una profesora antes de recibirme: "Cuando tenés hijos y se portan bien, ¿a dónde los llevás? Al kiosco, no los llevás a la verdulería. El hábito de algo dulce como premio es responsabilidad de los adultos".

--Es como el premio McDonald’s en una salida con niños.

--Sí. Cuando era niño, y viajaba a Buenos Aires, si no me llevaban a comer a McDonald’s era como si no hubiera viajado: mi principal objetivo era lograr ir ahí. Pero era un gusto que te podías dar, no lo que comías todos los días. Por eso tiene que haber un equilibrio entre la exigencia a la industria para que cuide al consumidor y la responsabilidad del consumidor en sus elecciones.

--¿Eso nos puede llevar a pensar que hay una contradicción entre los alimentos nutritivos y saludables, por un lado, y los alimentos del placer, por otro? Recuerdo una canción infantil de Luis Pescetti que plantea esto, una mamá o un papá que le explican las propiedades de los alimentos al hijo para que coma, como si esto fuera una motivación real para comer.

--Es que nadie come sólo para nutrirse, la mayoría comemos para disfrutar, ni hablar en nuestra tradición. ¿Es necesario comer hasta reventar cada vez que nos juntamos los domingos en familia? Poner logos en los productos y demonizarlos con una ley de etiquetado frontal no va a resolver el bajo consumo de frutas y verduras que tenemos en Argentina.

--Es interesante el punto del bajo consumo de frutas y verduras, ¿no hay un problema de precios ahí? Porque, en definitiva, una franja de los alimentos ultraprocesados terminan siendo mucho más baratos y accesibles.

--Hay soluciones. Si vos consumís productos de estación vas a encontrar precios adecuados. Pero si querés comer mandarinas en febrero o kiwi en invierno, pasa eso. Además, tanto en Argentina como en el mundo hay que tener presente que casi un 50% de las frutas y hortalizas se echan a perder. Por eso es importante conocer a los productores locales, para consumir los productos de tu lugar y en la estación que corresponde. Los productos de alta humedad son perecederos.

--Entonces, volviendo a la legislación, las alertas en los envases, ¿pueden ayudar o no en el intento de torcer estos hábitos?

--Para que el rotulado frontal funcione tiene que ser comprensible para la población, no alcanza con poner un signo de alerta. Hay que acompañar la ley con una campaña de educación alimentaria, justamente para poder elegir, administrar alimentos, saber cuánto se está consumiendo. Se debe permitir al consumidor tomar decisiones saludables. Lo que no se debe hacer es causar temor o confusión. Además el sistema de rotulado tiene que estar adaptado a las particularidades de la población local y no copiar iniciativas que vienen de otros países. Esto es un problema grave, porque ya hay iniciativas a nivel Mercosur y esa es una complicación que se agrega al tema.

Mercosur: la articulación fallida

Argentina, como país miembro del Mercosur, tiene una legislación que indica lo que se debe incluir en un envoltorio de alimentos. Agustín Sola lo detalla: “En términos generales se tiene que indicar la denominación del producto según el Código Alimentario Argentino, es decir que no se puede decir cualquier cosa, el contenido neto (lo que pesa), y el contenido escurrido (si corresponde). Si se hizo en el país debe decir que es industria argentina. Además deben figurar la tabla nutricional, el tenor graso (si corresponde), los datos del elaborador y el registro del establecimiento, que es como el documento de quien hizo el alimento. También, desde hace un tiempo, es obligatorio el registro del producto, debe mostrarse el listado de ingredientes y los alérgenos, si los tiene. Debe especificarse si el producto hay que prepararlo y no está listo para el consumo, la fecha de vencimiento y el lote. Todo eso es obligatorio. Y es opcional colocar un nombre de fantasía al producto”.

Cámara de Diputados de la Nación: aprobó la ley de Alimentación Saludable con 200 votos a favor, 22 negativos, 16 abstenciones y 18 ausentes.

El rotulado frontal para indicar “excesos” en determinados nutrientes, como sodio, azúcar, grasas y calorías, es algo relativamente nuevo. En algunos países es obligatorio y en otros es optativo. Chile (2016), Uruguay (2018), Perú (2019) y México (2020) son los países de la región con esquemas de advertencia similares al aprobado en Argentina. “El rotulado frontal tiene distintas disposiciones o formatos: puede ser un semáforo o un octógono negro con letras blancas como se aprobó para implementar aquí; dentro de esos octógonos se indicaría cuál es el nutriente que está en exceso”, informa Sola.

De todos modos, a nivel legislativo hay aspectos que Argentina, como país miembro del Mercosur, debería tener en cuenta: “La normativa alimentaria debe ser armoniosa con todos los países miembro. Uruguay se adelantó, ya usa el rotulado frontal. Chile, aunque no es del Mercosur, también lo tiene. Todo el tratamiento normativo a nivel regional está ríspido", señala Sola, y ese fue uno de los argumentos que señalaron los diputados que votaron en contra en la sesión.

A nivel empresarial, esto impacta de un modo directo, ya que si bien la importación y exportación de alimentos empaquetados seguiría abierta, una ley de este tipo podría trabar la circulación de mercadería. “Las empresas tendrán que considerar que, cada vez que se exporta un producto, se tiene que cumplir con los requisitos de etiquetado del país de destino. Si en Brasil tienen una exigencia particular, la empresa deberá generar un envase especial para poder exportarlo, distinto al de circulación local”. Este punto no parece haber pesado en la redacción final de esta ley, ya que la palabra Mercosur no aparece.

Nuevos tipos de consumidores

Está claro que hay una tendencia mundial: los consumidores quieren saber cada vez más sobre los productos que están comprando, y el rotulado frontal se volvió tendencia por esas exigencias, y no solo hablamos a nivel nutricional”, indica el docente de la UNNOBA. “Un ejemplo de estas nuevas exigencias son los consumidores que se fijan en el impacto ambiental que genera la producción de lo que van a comprar, o en los métodos de elaboración que se utilizan, aspectos que van más allá de lo nutricional”.

--Otro aspecto que señalan los críticos de los productos ultraprocesados es que, además del alimento, hay otros ingredientes como los conservantes, antiapelmazantes, etc., todo tipo de aditivos que incluso pueden tener más impacto en la salud que el exceso del nutriente marcado en la etiqueta.

--Los aditivos tienen que estar detallados en el listado de ingredientes; y sí, es verdad que también hay una tendencia mundial a utilizar lo que se denomina el “etiquetado limpio” o clean label, en donde se indica si el producto se ofrece con pocos aditivos. Además todos los ingredientes deben ser conocidos e informados claramente. Pero este proyecto de ley que se presentó no apuntaba a un clean label, sólo apuntaba a los excesos de nutrientes.

--Pero entonces, ¿pueden ser un problema aún mayor los aditivos? Pienso en las personas que consumen envasados durante las distintas horas del día porque están en la calle haciendo sus distintas actividades.

--Para todo lo que son los aditivos hay algo que se llama “ingesta diaria recomendada”. Quienes fabrican alimentos necesitan una aprobación y por eso no pueden colocar más aditivos de los permitidos. Los productores éticos, quienes trabajan bien, señalan esto y es seguro el consumo de sus alimentos. Pero también te puedo preguntar desde el lado del productor: ¿alguien te obliga a vos a consumir todos esos alimentos con aditivos durante todo el día? También podrías hacer el producto en tu casa, pero es más fácil comprar la torta hecha. Entonces podemos exigirle todo lo necesario a la industria, pero quien termina eligiendo el alimento es el consumidor.

“Si sus monedas lo pueden comprar,
ellos se olvidan de lo artesanal” (Viejas Locas)

--Hoy se puede percibir un auge de lo artesanal como sinónimo de bueno y saludable en determinado sector social, que lo enfrenta a lo industrializado. ¿Cuál es la idea de saludable que aparece en el texto de la ley aprobada en Argentina?

--Este texto entiende como alimentación saludable aquella que está basada en criterios de equilibrio y variedad y que, de acuerdo con las pautas culturales de la población, le aporta una cantidad suficiente de nutrientes esenciales, a la vez que es limitada respecto de aquellos nutrientes cuya ingesta en exceso constituye un factor de riesgo para enfermedades crónicas no transmisibles. Es decir, se habla de nutrientes y no se habla de escalas, como podría ser artesanal o industrial. Muchas veces es preferible elegir un alimento industrializado porque se tiene la certeza de que se respetaron ciertos procesos de producción, a diferencia de las empanadas que hizo la vecina porque no sabemos nada de las condiciones en las que las cocinó. Entonces, puede ser que el producto artesanal no te genere una enfermedad no transmisible, pero sí te puede dar una intoxicación o una enfermedad de transmisión alimentaria. Por lo tanto es preferible cocinar uno mismo o comprar una marca con trayectoria reconocida.

--Otro punto áspero, muy discutido por el impacto en la industria de la publicidad, fue el de la comida destinada a niños, con la prohibición de la utilización de personajes de ficción e incluso no poder venderlos en los kioscos escolares.

--Esta ley contempla ese aspecto, directamente prohibir publicidad, promoción o patrocinio en productos que tengan al menos un sello de advertencia y que estén dirigidos a niños o adolescentes. Además, como señalás, los kioscos presentes dentro de las escuelas no podrán ofrecer productos que tengan al menos un sello de alerta. La pregunta es si estamos educados y preparados para esto.

--Es difícil, porque lo que ves en la puerta de las escuelas es que los niños ya van muñidos de golosinas desde la casa.

--Por eso mismo, lo que no compre en la escuela se lo dará la familia.

--Eso es así, pero sigue estando la realidad ahí vigente, esa que dice la OMS, la relación directa entre los alimentos ultraprocesados y las enfermedades no transmisibles, y algo hay que hacer.

--Es verdad, pero hay que completar el panorama, porque este crecimiento de enfermedades va de la mano con otros factores, como la falta de actividad física, el consumo de alcohol, el ritmo de vida. Por ejemplo, ¿qué pasa con toda la gente joven que no cocina? Es cada vez más la cantidad de jóvenes que compran comida hecha, ¡todos los días! Después vienen las consecuencias. Entonces, si estamos hablando solamente de los alimentos envasados, toda esta realidad nos está quedando afuera.

 


Diseño: Laura Caturla


Energías renovables para enfrentar el cambio climático

Por Marcelo Maggio

Después de vivir casi diez años en un campo al sur de Santa Fe, por fuera de los tendidos eléctricos tradicionales, fue que Pablo Atencio se empezó a encontrar con las energías renovables. Allí se puso a explorar las energías solar y la eólica, por su cuenta. “Había que tener lo necesario para los consumos de la casa”, rememora.

Hoy es el primer egresado de la Maestría en Energías Renovables y su Gestión Sustentable, dictada en la UNNOBA. La tesis, que fue defendida este año, hace un estudio ambiental y propone la implementación de un parque fotovoltaico en la localidad de O’Higgins, partido de Chacabuco. Y fue a partir de su experiencia como subsecretario de Medio Ambiente en este municipio, entre 2015 y 2019, que surgió toda la inquietud, tanto de cursar como de elaborar la propuesta.

La relación entre “generación de energía” e “impacto ambiental” es mayor de lo que se pueda pensar. En su trabajo, Atencio publica que, por ejemplo, en Chacabuco la categoría Energía es la que produce la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero, con un 53%, seguido por la producción agropecuaria, que es de un 44%. Es por eso que ya desde el título de la tesis invita a pensar en la multiplicidad de dimensiones: “Políticas Públicas Locales frente al cambio climático en la Ciudad de Chacabuco: Plan Local de Acción Climática y uso de Energías Renovables”.

“El cambio climático está potenciado por las acciones antropogénicas, entre ellas la producción de energía, esto es, cuando para producir energía emitís gases de efecto invernadero. Esto va desde los motores diésel hasta el uso de represas hidroeléctricas, que implican inundación de superficies y el desplazamiento social”, explica Atencio. En este sentido, la construcción de parques solares o eólicos implica una reducción de la producción de las energías tradicionales, como las fósiles. “La implementación de energías renovables implica también un cambio de paradigma en lo social, porque todo cambio tiene que ir acompañado en el uso. Por ejemplo, un exceso de consumo de bienes lleva a malgastar energía, porque se usó energía en producir esos productos”, agrega. En este sentido "la domótica en las casas (automatizar procesos como encendido de luces o el mantenimiento de la temperatura del hogar) lleva a economizar los consumos; o la bioconstrucción, que permite que la calefacción o refrigeración sea utilizada de manera eficiente, sin derroches; todos estos pasos que acompañan a las energías renovables y a un futuro necesario”.

En el título mismo de la maestría se utilizan dos conceptos que pueden o no ir de la mano: renovable y sustentable. Sin embargo, hay energías con diversos cuestionamientos en relación a sus impactos, desde las tan extendidas represas hidroeléctricas hasta las más asociadas con lo renovable, como los biocombustibles, el litio para los acumuladores eléctricos o los residuos de los paneles solares.

Leonardo Amet es codirector de la maestría y docente de las asignaturas “Energía Eólica” y “Energía Fotovoltaica y Térmica”, y en este sentido afirma: “Es verdad que para fabricar algo, por ejemplo una turbina eólica, generás una huella de carbono, debido a la energía que se necesita, a los materiales que extraés, los residuos que se generan. Lo mismo pasa con los paneles y hay debates sobre este tema. En mi opinión, tanto la tecnología no renovable como la renovable generan huella de carbono, pero la diferencia hay que verla con lo que pasa durante su vida útil”, y ahí es donde la energía renovable y sustentable saca su ventaja.

Sin embargo, muchas veces renovable no es equivalente a sustentable, como plantea Atencio: “Los denominados biocombustibles no los considero como una energía renovable porque el recurso que se utiliza es finito. El suelo, si no se lo cuida adecuadamente, se degrada. El agua es también un recurso finito. No lo veo como una solución, aunque sí lo veo como una forma de resolver una problemática puntual para el sector agropecuario, utilizarlos en un ámbito particular y no de forma masiva. Pero priorizar los biocombustibles para mantener la misma flota de automóviles, para mí, es demencial”.

Por eso, quienes trabajan en energías renovables están planteando la idea de la eficiencia energética, para lo cual la innovación tecnológica es clave, tanto en el lado del consumo como de la producción. Leonardo Amet lo explica en estos términos: “Primero, tratás de ser eficiente para bajar el consumo energético. Por ejemplo, lo que sucedió con la iluminación en pocos años, pasando de la lámpara incandescente a la tecnología LED. Pero también en el lado de la producción de energía, se están haciendo más eficientes los paneles fotovoltaicos, con los que se está tratando de aprovechar cada vez más la cantidad de radiación solar que les llega”.

Crear dos, tres, muchos parques

En O’Higgins tenían un problema recurrente: la caída de tensión eléctrica. Esto era, en parte, debido al largo trayecto que recorre su línea para conectarse a la red. “¿Por qué un parque fotovoltaico? Porque se nos acerca la Sociedad de Fomento de O’Higgins y nos comentan que tienen un predio disponible y que quieren llevar adelante la construcción de un parque fotovoltaico”, relata Pablo Atencio, en ese momento subsecretario de Medio Ambiente local. Con el parque solar podrían inyectar energía a la red y minimizar las caídas de tensión.

Desde la subsecretaría, Atencio se puso a trabajar junto a la Red Argentina de Municipios frente al Cambio Climático para poder contar con un "plan local de acción climática”, verdadera “llave” para acceder desde el municipio a los créditos que otorga el “fondo verde” europeo. Pero ese plan iba a tardar. Incluso la aprobación llegaría mucho más tarde, con el cambio de gestión administrativa. ¿Cómo seguir?

Granja fotovoltaica del predio Mariápolis, en O’Higgins.

“El presupuesto nos daba que había que gastar cerca de 1,3 millones de dólares. ¡Obviamente no nos pudimos ni acercar a esa cifra!”, se lamentó Atencio. Sin embargo, tanto desde el municipio como desde la Sociedad de Fomento y la Cooperativa Eléctrica se pusieron a buscar opciones. “Dimos con Alfredo Zuccotti, gerente jubilado de la cooperativa que nos ayudó mucho, y a través de su informe técnico se pudo llegar al Ministerio de Energía de la Provincia y obtener fondos del Programa Provincial de Incentivos a la Generación de Energía Distribuida (PROINGED)”. “Hoy ese parque ya está en funcionamiento, un parque pequeño, de 400 KW, pero que es un hecho”, celebra Atencio.

“Mientras esto pasaba, yo cursaba la maestría. Quería plantear una tesis sobre cómo se tienen que plantear las políticas públicas para el sector”, indica. Es por eso que en su texto está no sólo el proyecto para la construcción de un parque fotovoltaico de 2000 KW de potencia en un predio municipal. También está el planteo de un proyecto a mediano plazo, que implicó la elaboración de un "plan local de acción climática" con todas las etapas necesarias, “un proceso de cuatro años que va desde el inventario de los gases de efecto invernadero, los planes de adaptación, planes de mitigación y el plan de acción”. Políticas públicas, energías renovables, cambio climático y una gran cantidad de actores involucrados. ¿Es algo posible de articular desde lo local?

Para que los tiempos de implementación sean efectivos, es mucho más ágil la interacción entre gobiernos locales”. Quizás debido a ese convencimiento es que Atencio se puso a trabajar junto a la Red Argentina de Municipios Frente al Cambio Climático, un espacio que une a los municipios que quieren seguir este lineamiento y busca los medios de coordinación internacional y los fondos para llevarlos adelante.

Parque Fotovoltaico Cauchari, Jujuy. Es el parque solar más grande de Latinoamérica con 300 MW de potencia.

“Desde mi punto de vista, los gobiernos locales tienen que ser un nexo. El municipio tiene que ser uno más y no la figura principal. ¿Por qué? Porque de esa manera la interacción va a ser más sana y con más llegada social, sostenible en el tiempo, porque a la larga la gente se cansa de las manipulaciones políticas”, opina haciendo un balance del camino recorrido.

Para Atencio, es fundamental el involucramiento de la sociedad en las políticas públicas relacionadas con el medio ambiente. “Se trata de políticas que tienen un impacto directo en la calidad de vida, por eso es la gente la que tiene que presionar para que se lleven adelante las decisiones”.

En este sentido, Argentina, como todos los países firmantes del Acuerdo de París, está obligada a informar sus emisiones de gases de efecto invernadero periódicamente, utilizando un inventario como instrumento para hacerlo. “A nivel nacional, la última comunicación nacional fue publicada en 2015, con los resultados de la evaluación de emisiones del año 2012”, detalla.

“El desafío lo marca el cambio climático, porque si no tenemos un cambio de mentalidad pronto, el futuro va a ser cada vez más difícil”, sintetiza Atencio.

 


Diseño: Laura Caturla


El fervor por encontrar la verdad


Por Marcelo Maggio

“Nada hay más vulnerable que ‘lo real’ de la realidad, y no hay peor ingenuidad que la de no creerse ingenuos”. Así interpelaba a sus estudiantes de la UBA el profesor Alejandro Piscitelli durante 1993, en un trabajo sobre el conocimiento científico. Pero, ¿qué pretendía con estas palabras? ¿Por qué lo real es vulnerable? Quizás intentaba generar esos primeros chispazos en quienes querían dar sus primeros pasos en el camino de la ciencia, con planteos disparadores, incómodos.

Para quienes eligen dedicar su vida a la actividad científica existe en Argentina un día conmemorativo: el 10 de abril. Ese día, pero de 1887, nacía en Buenos Aires el primer premio Nobel del país, el doctor Bernardo Houssay (1887-1971). Ese galardón de Medicina, recibido en 1947 por sus investigaciones sobre la hipófisis, es solo uno de sus muchos logros. Se destaca sin dudas, también, el haber sido cofundador, en 1958, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), la institución más reconocida en el país para desarrollar la carrera de investigación.

Pero, ¿cómo nace una vocación científica? ¿Se la puede motivar, impulsar, encauzar? Desde el laboratorio que dirige en el Centro de Investigaciones Básicas y Aplicadas (CIBA) de la UNNOBA, la doctora Carolina Cristina rememora: “A medida que avanzás en tu carrera de pronto querés saber más, surgen la vocación y las preguntas, es algo que te va empujando hacia el ambiente científico. Charlaba con mis profesores en Bioquímica y surgían más preguntas, ¿cómo será la vida del investigador, cómo será trabajar y publicar lo que investigué, cómo será crecer en un ambiente científico? Recuerdo que la primera vez que entré a un centro de investigación, fue en la Universidad de La Plata, y pensé que tocaba el cielo con las manos”.

El Dr. Bernardo Houssay en su cátedra de Fisiología en la Universidad de Buenos Aires en 1930 (AGUBA).

Carolina Cristina, además de dirigir las investigaciones en Neuroendocrinología / Fisiopatología de la Hipófisis en el CIBA, se desempeña como secretaria de Investigación, Desarrollo y Transferencia de la UNNOBA, por lo que debe combinar su doble rol, de funcionaria y científica. ¿Es contradictorio ese trabajo? Algo que trasluce rápidamente de su labor cotidiana es que no hay contradicción ya que, explica, todo científico debe tener muy presente la dimensión institucional y también la administrativa para poder avanzar en sus proyectos y construir una verdadera carrera.

“Necesitás saber a qué convocatorias presentarte y presentar a tu equipo -señala-, dónde y cómo solicitar financiamiento, dónde es conveniente publicar tus resultados, a qué congresos llevar los avances de tu grupo, etc. Todo eso lo hice y lo maduré primero como investigadora y después, desde la Secretaría, empecé a gestionarlo para toda la Universidad. Fue una continuación para mí, que implicó un poco más de esfuerzo, pero fue en cierta forma natural”. Y agrega: “Ahora además de utilizar las herramientas del sistema, busco generarlas y adaptarlas a nuestros investigadores”. Cristina además destaca que su rol de funcionaria le permite “transmitir a los centros y a los recursos humanos de la universidad mucho de lo nuevo que se comparte con pares institucionales de otras universidades”.

Hay un énfasis en la carrera del investigador, opina, y es que hay que ir “prestando mucha atención en los pasos que se dan, sobre todo para saber cómo se hace para recorrer ese camino, ¡un camino que hay que construirlo!, porque al principio no se lo conoce”. Y ejemplifica desde su tarea docente: “Se te acerca un estudiante avanzado de Genética y te dice: quiero empezar a investigar, pero no sé cómo hacerlo”.

En ese trayecto están las becas de investigación para estudiantes primero, luego para los graduados (las becas doctorales) y las instancias de posdoctorado. Todo este camino, absolutamente necesario, es la denominada “etapa de formación”. Luego sí se puede pensar en la carrera de investigador científico, a la que se puede acceder desde diversas instituciones: en Argentina el CONICET es muy reconocido en el sistema científico. Pero hay más alternativas, aclara Cristina: “Se pueden encontrar instancias provinciales de ciencia y técnica, como la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la provincia de Buenos Aires, y también podés ser investigador de una universidad, ya que también forman parte del sistema de ciencia y tecnología del país”.

Además, y no es menor, la investigación implica entrar en un mundo donde hay categorías o escalafones, en los que se va “haciendo carrera”. “Para la carrera -afirma Cristina- tenés que sumar antecedentes con resultados y acciones concretas, como publicar trabajos científicos en revistas que tengan impacto en la especialidad en la que trabajás, formar recursos humanos, desarrollar proyectos propios, participar en colaboraciones nacionales e internacionales, asistir a congresos, todas las actividades que permiten sumar antecedentes, que se evalúan periódicamente”. En ese camino de crecimiento se va encontrando la oportunidad de transferir los conocimientos que se fueron generando y hacer además una “vinculación tecnológica” con la sociedad.

Trabajo en equipo y sociedad del conocimiento

--Existe una idea que flota, y es que el investigador científico es más bien una persona solitaria, tal vez una mirada romántica que venga de un pasado cercano, de figuras ilustres a lo Einstein. ¿Es posible desarrollar el trabajo científico de un modo solitario en la actualidad?
--Efectivamente antes se podía trabajar en soledad, pero hoy no hay lugar a tal posibilidad, porque no estás aprovechando al máximo tus capacidades ni las del resto. La ciencia va mucho más rápido que el ritmo de una sola persona, y necesitás de las interacciones y las colaboraciones de distinto tipo. Cada uno sabe hacer algo, o tiene un equipo especial o la infraestructura necesaria y de todo eso sacamos mejores proyectos, buenos resultados e informes. Además, las publicaciones que realizás son internacionales, de modo que el nivel demandado es ese. Lo mejor es siempre trabajar en equipo, es la mejor manera de avanzar en la ciencia. Claro que hay una instancia de soledad, de reflexión individual, donde estás vos y tu aporte, analizás los datos, los mirás con detenimiento uno por uno para ver qué te dice el conjunto, leés muchos trabajos del tema, pero luego todo eso se vuelca en herramientas de uso compartido y se trabaja así, en colaboración, tanto a nivel interno como a nivel externo.

--¿Hay algún tipo de tensión o contradicción entre seguir las complejas reglas de la comunidad científica por un lado y, por otro, tener la capacidad de tener iniciativa, innovar, crear, o incluso ser disruptivo?
--Por suerte hay muchas instancias de evaluación en el sistema científico: hay una evaluación por pares, por coordinadores, y hay evaluación a nivel de directorios. Si hay algo que es disruptivo pero es realmente bueno, si tiene sustento científico, y tiene un equipo atrás que puede demostrar que lo que se está diciendo va a ser bueno o va a cambiar algún paradigma, entonces sí tendrá un lugar. Te puede costar, pero en algún momento vas a tener la oportunidad o de divulgar, aplicar, transferir al sector privado, comunicarlo… pero solo si tu resultado es bueno. Siempre la disrupción va a pesar, se busca la innovación, se la busca pero no por la disrupción misma.

--Claro, vemos que el nombre “innovación” se le agrega a muchas instancias “institucionales”.
--Es que hoy hay muchas cosas hechas, hay mucho recorrido y cuando alguien agrega un plus hay que apoyarlo. Aunque es claro que vas a tener que buscar y luchar por tu lugar para demostrar que es valioso tu hallazgo innovador.

"Hay que prestar mucha atención en los pasos que se dan, sobre todo para saber cómo se hace para recorrer un camino que hay que construir".

Ciencia y sociedad, ¿un par dispar?

--¿Qué sucede con la capacidad para generar “pensamiento crítico” en la ciencia? Existen temas en los que un científico puede ofrecer ideas alternativas, objeciones y hasta participación en el activismo político. Imagino desde cuestiones como el uso de la energía nuclear para la paz hasta, más acá en la historia, las luchas ambientales, por la ética aplicada a la inteligencia artificial o el aborto. La pregunta es ¿puede existir esa conversación?
--El debate no se da en todas las disciplinas del mismo modo. Por ejemplo, nosotros acá (CIBA) tenemos una práctica experimental, que va a lo demostrable. Pero, de alguna manera, todos los científicos tenemos una forma de razonar que hace que tengamos un pensamiento crítico, con mayor o menor capacidad de expresarlo. En nuestro caso sucede que muchas veces nos pone a reflexionar un comité de ética con preguntas, ¿por qué vas a hacer esto?, ¿qué razón de ser tiene tu experimento con tantos animales?, o ¿por qué elegiste esa patología o ese rango de edad en los pacientes? Uno está preparado para responder eso porque el pensamiento científico te permite hacerlo. Entonces sí hay un lugar, cada disciplina tendrá el suyo, pero también es cierto que aparece y está muy ligado a lo personal, y así se va mucho más allá de tu tema o tu disciplina. En las ciencias sociales y humanísticas, estas cuestiones tienen otra centralidad que hace que todos los temas y los enfoques sean cuestionables, y es bueno que así sea.

"Un comité de ética te hace reflexionar con preguntas, ¿por qué vas a hacer esto?, ¿qué razón de ser tiene tu experimento con tantos animales? Uno está preparado para responder eso porque el pensamiento científico te permite hacerlo".

--Hay otro foco de conflicto entre ciencia y sociedad y que se ha manifestado con gravedad sobre todo en estos últimos años. Se trata de teorías o planteos  políticos que se basan simplemente en la negación de la ciencia. ¿Hay algún tipo de responsabilidad por parte de la comunidad científica en este auge?
--Que aparezca un movimiento antivacunas, por dar un ejemplo, para mí es grave e impensable, sobre todo cuando se sabe que las vacunas han salvado poblaciones enteras. En mi opinión, no creo que hoy en día los científicos no comuniquemos. Quizás no sabemos comunicar de la mejor manera, pero no sucede que no comunicamos. En las redes sociales, en los medios masivos, aparecen y se citan los trabajos científicos, y eso hace que estén accesibles a las personas, tanto a las receptivas como a las que van a tener una posición contraria a priori. Y no nos olvidemos que hay toda una corriente de periodistas con gran interés por dar a conocer nuestros avances, y ese nexo es para aprovecharlo.

"Publicar en una revista científica de alto impacto significa que la comunidad científica de la especialidad te va a leer. Para el avance de la investigación es fundamental y fue siempre así".

Revistas, vacunas y coronavirus

--A partir del debate por las vacunas, puntualmente sobre la validez o no que tenía una de ellas, apareció en la agenda de los medios el rol de las revistas científicas: ¿por qué son tan importantes estas revistas?
--Para empezar, publicar en una revista científica de alto impacto significa que la comunidad científica de la especialidad te va a leer, lo cual es importante para tu equipo de trabajo, ser aceptado por una revista que es revisada por pares y por el comité editorial de la revista. Así se avala tu temática, tu metodología y el mensaje que tiene tu trabajo científico. Ese resultado se reconoce mundialmente. Para el avance de la investigación es fundamental y fue siempre así.

--¿Y con los estudios de las vacunas para COVID-19 qué fue lo que pasó?
--Se escuchó mucho que el estudio clínico de fase 3 de la vacuna tenía que estar publicado en una revista científica. Está muy bien que esté publicado, pero previo a eso las entidades regulatorias de la salud de cada país, tanto del que originó la vacuna como de los países que la fueron adquiriendo, ya tenían una información más completa que iba mucho más allá de lo que se publica. Por lo tanto no había que esperar a la publicación para saber si la vacuna era segura o no, porque nuestro ente regulador ya había tenido acceso a la información completa, muy vasta por cierto, y no reducida a unas cuantas hojas de un artículo que dispone sólo de algunos de los datos, que son seleccionados para el formato y enfoque de la revista científica elegida.

--Por último, ¿cómo ha impactado la pandemia en la subjetividad y en el ánimo de la comunidad científica?
--Lo evidente es que gran parte de la comunidad científica se puso a estudiar de inmediato para ver qué podía aportar en relación a la pandemia. Al menos en Argentina se lo vio así. Eso demuestra que el sistema científico tiene preparación para resolver problemas y tiene adaptabilidad. Y esto nos habla del capital humano y técnico del que disponemos en nuestro país. También creo que demuestra la fuerza y el valor que tiene la ciencia. Pero tampoco se puede aislar lo humano y personal, y es cierto que tuvimos distintos momentos. Acá en el CIBA, por ejemplo, no sabíamos cómo íbamos a trabajar y hoy, después de un año, lo manejamos de otra manera, nos paramos frente a la pandemia de otro modo. Le tenemos mucho respeto al virus, por eso hacemos los diagnósticos con mucha responsabilidad: nos turnamos, nos apoyamos, nos repartimos tareas, para que nunca falten los resultados. Y es así porque tenemos confianza en que la ciencia, de alguna manera, ésto lo resuelve. No lo vivimos con miedo, sí con respeto, aunque al principio no sabíamos lo que era y mucho menos lo que se venía. Hoy conocemos mucho de esta infección, el comportamiento, la evolución, la vacunación, las conductas a seguir. Y seguimos estudiando, porque además tenemos proyectos de investigación sobre COVID-19 en este momento. Y todo esto fue posible por la preparación que teníamos y, por supuesto, nuestra confianza en el trabajo científico.

 


Diseño: Laura Caturla


De vocación, genetista

Por Marcelo Maggio

En la actualidad, hablar de genes, organismos modificados, o de las mutaciones genéticas de los virus ya es una parte de las noticias cotidianas o de las series de ficción que llevan todo al límite. En tiempos de pandemia, el estudio de los genes dejó de ser algo trivial para convertirse, literalmente, en esperanza.

Las jugueterías de la ciudad de Casilda, provincia de Santa Fe, deben haber estado en problemas cuando Gianina Demarchi, con 8 años, pidió un microscopio de regalo. Se iniciaba un camino con ese pedido y con esa inquietud. Más tarde, ya entrando al secundario, para seguir con sus amigos se anotó en "el comercial”, pero rápidamente se dio cuenta que no era lo suyo. Se enteró de otra escuela en su ciudad donde tenían la orientación en Ciencias Naturales, y hacia allá fue. No se equivocó, aunque doliera dejar amistades detrás. “Hubo un ejercicio de una materia, Biología, que era sobre ADN, algo muy básico y de escuela, pero ahí me surgió algo y dije esto es lo que quiero hacer”, recuerda.

Empezó a buscar qué era la genética con esa mirada al infinito, o al vacío, que se da cuando se está en el último año de la escuela secundaria. Buscando, fue que dio con la UNNOBA, que estaba bastante cerca de Casilda, y se encontró a su vez con la Universidad Nacional de Misiones (UNaM), en la que también se dicta Genética. “Les pedí a mis padres ir a Misiones a conocer la universidad, y también visitar la UNNOBA; finalmente decidimos por la UNNOBA donde me sentí como en mi casa... sería la cercanía con mi ciudad, la gente, el lugar”.

Comenzó a cursar en 2007 en la sede de Pergamino. La UNNOBA tenía apenas cuatro años de vida y a ella le atrajo esa juventud. Y durante el último año de cursada conoció a la doctora Carolina Cristina, a cargo de una materia que marcaría su graduación: “En ese momento Carolina estaba formando su grupo de becarios en la Universidad en sus líneas de investigación en tumores, al que me permitió ingresar como pasante para iniciar mi tesis de grado, con un tema que sigo hasta el día de hoy”.

Desde aquellos tempranos días en Genética fue avanzando y haciendo un camino que le permitió alcanzar, a sus 31 años, el Doctorado en Ciencias Biomédicas por la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario, con una tesis que ya desde el título parece intratable para quienes no pertenecen a su campo de investigación: “Participación de las células madre en el desarrollo y progresión de los tumores hipofisarios. Nuevos blancos terapéuticos: vías de señalización Wnt/β-Catenina”.

Una mirada desde la genética

Al elegir una carrera, tanto quien la realizará, como quienes financiarán ese camino del conocimiento, quieren saber de qué se puede “trabajar”, por el “hacer” concreto. Gianina Demarchi confiesa: “Al inicio de la carrera leía sobre las salidas laborales y no entendía nada. Lo único que sabía era que quería estar adentro de un laboratorio”. ¿Se imaginaba como una investigadora? Gianina respondió que no: “En el último año, hablando con una docente —Virginia Pasquinelli— me enteré de la existencia de los doctorados, de ese tipo de futuro laboral, y ahí empecé a entender cuál podría ser mi carrera más allá de la tesis”.

“La salida laboral está muy relacionada con el agro en nuestra zona —explica—, los cultivos modificados genéticamente, los inoculantes, o incluso las empresas farmacéuticas para tareas, como el monitoreo de protocolos. Muchos de mis compañeros, una vez que obtuvieron el título de grado, empezaron con esos trabajos”. Pero la genética puede ir por tantos lugares, que hasta sus propios estudiantes se sorprenden: “Si tiene ADN, lo podés estudiar. Entonces si es un cultivo, cerveza, o un paciente con cáncer, podés avanzar, porque tenés las herramientas para profundizar en eso”. Gianina reconoce que desde lo laboral nunca le interesó lo vegetal, pero rememora que tenía “compañeros que ya entraron sabiendo qué cultivo querían mejorar”.

Así fue que se alejó de los cultivos para encontrar su tema, ya desde la tesis de grado: “Las vías de señalización, los componentes de la célula que van llevando mensajes. Hay distintas señales y yo me ocupo de una en particular”. Esta investigación forma parte de un proyecto más amplio que dirige la doctora Carolina Cristina, investigadora a cargo del Laboratorio de Neuroendocrinología / Fisiopatología de la Hipófisis que formó en el CIBA.

“La vía que yo estudio se llama Wnt/β-Catenina, y su funcionamiento en el desarrollo de tumores de hipófisis. En mi tesina de grado lo que hice fue generar estímulos en células hipofisarias de ratones y observar cómo respondía esa vía a esa estimulación. Ese fue el puntapié para la investigación en el doctorado, donde profundizamos el rol de esa misma vía pero en otros modelos experimentales, de rata y ratón, como así también en muestras provenientes de cirugía de tejido tumoral hipofisario de pacientes con y sin quimioterapia”, detalla.

Gianina Demarchi presenta su trabajo en un congreso en la ciudad de Mar del Plata.

Defensa virtual: saltando todos los obstáculos

Creo que nadie hubiese ido a Rosario a ver algo como una defensa doctoral. Entonces, con mi novio organizamos para transmitirla por una red social: amigos, familiares de todas partes, compañeros de la escuela, del laboratorio, estaban todos conectados para seguirla en vivo”, cuenta feliz de haber compartido ese momento, que terminó siendo comunitario en un año que apretaba con el aislamiento de cada amanecer.

En la defensa de la tesis doctoral mediante plataforma virtual.

“La situación de aislamiento obligó a abandonar la parte experimental final de la tesis porque el laboratorio se cerró en marzo. Pero mi tesis de doctorado ya estaba escrita y entregada antes de la pandemia en su versión borrador en noviembre de 2019”, detalla Gianina.

Sin embargo corría julio de 2020 y Gianina no tenía noticias de su trabajo, ¿lo habrían aprobado? ¿se habría perdido en los pasillos virtuales debido a la pandemia? Nada de eso: el trabajo borrador estaba aprobado y, ya que preguntaba, tenía que mandar la versión final para hacer la defensa. "¡La tenía que completar, no estaba lista!", exclama Gianina. "Fueron quince días en los que pude tomarme un tiempo del trabajo del diagnóstico en el laboratorio. Gracias al apoyo del equipo y de mi directora, pude terminar de escribir. Ahí me dijeron que la defensa iba a ser online, que no había otro modo. Y nos preparamos para eso", recuerda.

De la hipófisis a la tesis, un camino

—La glándula hipófisis es objeto de estudio desde la Grecia Antigua, es decir que es bastante célebre. ¿Podrías describirla y explicar cómo afectan los tumores que ahí crecen?
Es una glándula endócrina que secreta hormonas, que son mensajeros que van por la sangre y le dan indicaciones al resto del organismo, por eso se dice que controla la homeostasis. Por ejemplo, "le dice" a la glándula mamaria que produzca leche. Con otra hormona "le dice" a la glándula de la tiroides que produzca las hormonas tiroideas. Va orquestando las funcionalidades del cuerpo. A su vez, es regulada por hormonas del hipotálamo. En algunos casos se desarrollan tumores en la hipófisis, que tienen un comportamiento complejo porque si bien en general son “benignos”, es decir, no hacen metástasis, en realidad se ve que pueden resistir los tratamientos. Por su ubicación en la base del cerebro pueden llegar a comprimir nervios y estructuras cerebrales, con consecuencias difíciles de tratar luego.

—En términos estadísticos, ¿cuánto representa el tumor de hipófisis?
Los tumores de la hipófisis rondan el 15% de todos los tumores que se dan dentro del cráneo, no es un número menor. Hay un porcentaje de ellos que responde a los tratamientos, entonces, se logra controlar, pero hay un porcentaje que los resiste y es donde está el mayor desafío. Los tratamientos convencionales funcionan en un buen número de pacientes y reducen la secreción hormonal, pero para los que no responden a estas terapias el tumor vuelve, incluso después de una cirugía. Hay nuevas terapias que es lo que nos interesa estudiar, terapias a las que en algunos casos se responde bien, entonces nos preguntamos por qué y qué pasó desde el nivel molecular.

—Sigamos indagando los elementos que figuran en el título de tu tesis. ¿Qué son las células madre y qué relación tienen con lo tumoral?
Se trata de células con características del desarrollo embrionario pero que persisten en un bajo porcentaje en los tejidos adultos. Se está viendo en la actualidad que hay células madre prácticamente en todos los tejidos. Estas células son las que tienen la capacidad de responder frente a una herida o a la pérdida de células en un órgano. Es decir, tienen la capacidad de dar origen a nuevas células del tejido. Para eso se mantienen en un estado desdiferenciado, o sea que no están comprometidas a funcionar como ese órgano, pero están ahí y pueden dar origen a nuevas células del órgano. En la hipófisis están, también. Pero el problema es cuando se desregula su función, porque son responsables de originar cáncer o contribuir al cáncer que se originó. Estas células desdiferenciadas pueden autorrenovarse y proliferar, por lo que si llegan a adquirir una característica de “malignidad”, o sea, si se vuelven cancerosas, se van a diferenciar en células malignas. Por eso se maneja la hipótesis de que las llamadas recidivas, cuando vuelve la enfermedad después de un tratamiento o una operación, pueden estar dadas por la permanencia de células madre tumorales. Es un tema complejo al que resulta de interés estudiar desde las vías de señalización, porque son las que participan en el funcionamiento de esas células madre.

Trabajo con ratones en el laboratorio, junto a la doctora Carolina Cristina.

—Llegamos a esa frase, tal vez la más difícil del título. ¿Qué son las “vías de señalización”?
Se llaman así a las cascadas de proteínas, uno de los componentes de las células. Una de sus funciones es la de recibir señales del exterior de las células y amplificarlas en el interior. Si la señal "le dice" a la célula, “el ambiente es favorable, podés crecer”, entonces la célula toma ese mensaje y lo va pasando entre sus proteínas hasta que promueven una modificación que da como resultado su proliferación. A veces pasa algo que rompe la regulación natural. Va todo bien pero una proteína mutó y no recibe la señal de frenar, entonces crece. Yo estudio la vía denominada Wnt/b-Catenina. También están los receptores NOTCH, que es otra señal que se estudia en el laboratorio y es parte de las tesis de mis compañeras. Hay múltiples vías y los efectos son diferentes: que la célula crezca, que se reproduzca, que muera, que se generen nuevos vasos sanguíneos, etcétera. Nos gustaría responder a preguntas tales como: si efectivamente inhibimos la señalización, ¿colaboramos con el tratamiento?; ¿es más efectiva la droga cuando reducimos la actividad de las vías de señalización?

—En tu caso, ¿cómo sigue la carrera luego de obtener el doctorado?
Publicar nuestros trabajos de investigación, que es la manera con la que podemos comunicar nuestros hallazgos. Tenemos que cerrar los experimentos que hubo que aplazar, y en mi caso esos resultados pueden servir para completar una instancia posdoctoral. Tanto la Universidad como el CONICET nos brindan becas para realizar esa etapa de la investigación. Además durante un posdoctorado tenemos la oportunidad de prepararnos para lo que constituye, más adelante, la carrera de investigador científico.

Junto a la directora del CIBA, investigadoras y becarias en el Congreso Multidisciplinario de la UNNOBA.

Investigar en tiempos de pandemia

Como fue narrado en una nota anterior en El Universitario, Gianina forma parte del grupo de becarias y becarios que se doctoraron durante la pandemia y que se sumaron al trabajo cotidiano de detección de COVID-19. “Nadie imaginaba esto, así que fuimos viviéndolo. El laboratorio se cerró en marzo (de 2020) y quedamos aislados en casa. Todo lo que se podía guardar y dejar en espera hasta otro momento, se guardó, por ejemplo tejidos, cultivos, células, todo se congelaba para ser retomado en otro momento”.

“Sabíamos cómo manejar un virus, pero esto era diferente”, recuerda. ¿Por qué? “Después del cierre del laboratorio, desde el Ministerio observaron que el CIBA tenía los equipos y recursos necesarios para el diagnóstico. Preguntaron quién estaba dispuesto... ¡y fuimos corriendo! No estábamos acostumbrados a no ir al laboratorio. Además teníamos la oportunidad de hacer algo muy aplicado y formar parte de este desafío que era mundial. Personalmente me dije ‘voy a aportar mi pequeño granito de arena’ con los diagnósticos, aunque todavía no sabíamos cómo”.

Subsidio Fundación Bunge & Born para especialización en oncología en Bélgica.

Gianina cuenta que se iniciaron con “entrenamientos online”, por ejemplo, “para saber cómo ponerse y sacarse la protección correctamente, cómo moverse dentro del laboratorio, cómo preparar el edificio en zonas; aprendimos a separarnos en grupos para no cruzarnos, y desde abril de 2020 que estamos de lunes a lunes aportando con nuestra labor”. Y agrega: “Lo asumimos con mucha responsabilidad también, no nos podíamos contagiar ni visitando a nuestros seres queridos, porque si se enfermaba uno, bajábamos un grupo de trabajo entero en el CIBA”.

El desafío de la pandemia sumaba también la tarea de continuar con el dictado de las clases universitarias, aunque esta vez de forma online. Gianina trabaja en “Introducción a la Biología” y en “Química biológica”, materias que se cursan en los primeros años de Agronomía, Alimentos y Genética. “No me imaginaba dando clases, pero me encanta, siento que me complementa mucho. Hay algo que tiene la investigación básica, lo que hacemos en nuestro laboratorio, y es que no ves un resultado tangible. Nuestros resultados son publicaciones de trabajos científicos, por lo tanto, es difícil ver el aporte. Mediante la docencia me complemento, porque me ayuda a seguir pensando en lo que hago y a su vez brindarlo en las aulas”, finaliza, y se desconecta de la entrevista para ir rápido, de vuelta, rumbo al laboratorio.

 

 


Diseño: Laura Caturla


La pregunta por el “botón rojo”

Por Marcelo Maggio

Hay una idea que late, cual amenaza vedada, en el año económico argentino: el botón rojo. Pero, ¿qué significa esa metáfora? ¿Se puede simplemente “parar” la economía? Al parecer el capitalismo y el botón rojo se llevarían mal, muy mal.

El filósofo Martin Heidegger decía que la esencia de la técnica moderna reside en no reposar jamás, esto es, estar siempre dispuesta a transformar la naturaleza. No hay noche ni día, como en los ciclos de la naturaleza, sólo hay producción. Por eso mismo, quizás, el malestar con el botón rojo no sea únicamente político, o económico, sino que estaría en una profundidad mayor. Y, por eso, también, cuando las sociedades tienen que redireccionar su producción para enfrentar una guerra no aparecen tantos malestares ni resistencias. Si se trata de detener la maquinaria para reposar, cubrir con velos, esperar o cuidar, ¿qué sucede, qué se opina, quién está de acuerdo? ¿Puede deternerse la economía, hay una entidad que pueda detentar el famoso 'botón rojo'? ¿O es sólo una metáfora fallida de sanitaristas bajo los efluvios de la cloroquina?

Carlos Alberto Salguero es doctor en Economía y docente de la UNNOBA, entre otras universidades. Enseña Microeconomía y Macroeconomía desde 2016 en carreras de grado, y dirige un curso de posgrado sobre “Comercio y finanzas internacionales”. Este profesor universitario no comparte "el mito del botón rojo" que todo lo paralizaría porque "tiene una subyacencia necesaria: el planificador central”.

“Pareciera que no puede haber decisiones económicas en las que no guarde un rol preponderante el Estado, y eso no necesariamente debe ser así”, plantea. Salguero también se remonta a la teoría económica para abordar el tema: “Existen dos tradiciones mutuamente opuestas en relación a quién asigna mejor los recursos, ¿el Estado o el mercado? Es un debate que en el ámbito académico está abierto. Mi opinión particular, fundada en la ortodoxia microeconómica que establece que los controles provocan una perdida irrecuperable de eficiencia, es que resulta más saludable que se respeten las libertades individuales, que cada persona tenga la posibilidad de brindar todo su potencial sin ningún tipo de restricciones. No creo que sea necesario que un tercero, ajeno a los derechos de propiedad que cada uno detenta, tenga que venir a decir qué hacer o qué no hacer. Hay evidencia en el mundo que los países más ricos son los que tienden a tener Estados menos intervencionistas”.

Globalización, cantaban "Los Piojos" en el 2000, un año antes de que todo vuele por los aires en el país. “Ahí va Scottie Pippen/en medio de la puna/no te hagai problema darlin/slippin en la cuna”. Pero hoy ya se habla poco de la globalización, post Muro de Berlín y en el medio de una revolución de las telecomunicaciones, aunque… ¡apareció la pandemia global, y ya no resulta tan simpática la globalización! La aceleración mundial también trae la enfermedad.

Resulta evidente, y lo resultó desde el siglo XX para quienes querían desarrollar su utopía en un solo país, que la interdependencia de las economías es inevitable. Asumir la interdependencia quiere decir que no podemos hacer todo de modo local. Pero, y acá otro nudo, ¿qué está pasando con la economía global pandémica? ¿Cómo impacta en producción, comercio, finanzas? ¿Y los “bloques regionales” tan celebrados hacia fines del siglo XX y cada vez más golpeados y sin futuro aparente van a servir para salir del "shock" pandémico?

“Resulta claro que la globalización se ha dado en unas áreas más que en otras —reflexiona Salguero—. Hoy, por ejemplo, hay un acceso a la información disponible a lo largo del mundo gracias a las telecomunicaciones. Cualquier persona puede tener una videollamada en tiempo real con alguien que está del otro lado del planeta, cosa que antes no pasaba. Sin embargo, la apertura de los países está siendo relativizada. Hay grupos como la Unión Europea, por ejemplo, que no dejan de ser un bloque defensivo. En tal caso esta globalización tiene más de declamación que de correlato real en economía, y no guarda relación con la migración de las personas”, destaca Salguero al hacer un paralelo entre telecomunicaciones y migraciones.

Según informa el Banco Mundial, este año el repliegue global viene arrojando datos como los siguientes: 9,3% de baja en la demanda mundial de petróleo (para lo que va de 2020); caídas del 20% en servicios (con pico en el 30%); derrumbe del precio de commodities (energía, metales y agricultura), con excepción del oro. Muchos han visto en este escenario una necesidad de repliegue a lo local. ¿Se podría dar una reconfiguración de la teoría de las ventajas comparativas? Esto es, a partir de la necesidad de acceder a bienes que antes eran fáciles de conseguir y ahora se dificultan, ¿es viable en el presente volver a dar impulso a algo parecido a lo que otrora fue la sustitución de importaciones, por ejemplo?

Para responder, Salguero retoma el planteo inicial: “En la pregunta hay un pensamiento establecido, cosa que es razonable, porque la verdad siempre es personal. En la ventaja comparativa, desde la perspectiva del mercado internacional, hay restricciones que suponen que el comercio internacional, y el mundo, son como una torta predeterminada en la que la puja de las partes trata de sacar el tajo más grande. Y esto no debe verse así, sino que el comercio genera ventajas inexploradas y no debe enfocarse desde esa perspectiva de juego en el que lo que ‘uno gana el otro lo pierde’. Debería verse como un juego donde 'todos ganan', porque todos van a sacar el mayor provecho haciendo aquello que, en términos relativos, saben hacer mejor. No tenemos que sesgar a la persona con quien intercambiamos extramuros de Argentina como si fuera un rival al que hay que vencer, sino ver el beneficio mutuo. Sería un error muy grave proscribir el intercambio o restringir las posibilidades de las personas a un área determinada”.

El comercio internacional, "debería verse como un juego donde 'todos ganan', porque todos van a sacar el mayor provecho haciendo aquello que, en términos relativos, saben hacer mejor".

—Ese podría ser un escenario también, pero hay críticas. ¿Podemos repasarlas? Por ejemplo desde el movimiento “no global”, nacido en Seattle en 1999 en respuesta a una reunión de la Organización Mundial del Comercio, se cuestionaba el problema de las asimetrías entre países, la falta de reglas parejas, y sobre todo el impacto sobre el trabajo y los derechos laborales, incluso llegando al trabajo esclavo en países donde la informalidad no puede ser controlada, por caso Argentina también. Desde 1999 para acá, ¿hubo cambios en el comercio o se asume que la no regulación es el único, o el mejor camino posible?

—Las asimetrías necesariamente se dan porque las personas contratan otras personas que no son iguales. Nadie se contrataría a sí mismo. Cuando se establecen equipos de trabajo se consideran las distintas habilidades que cada uno de los integrantes tiene para tener un incremento del trabajo conjunto. Las empresas son un conjunto de activos con riesgo y pasivo, cuentan con la presunción de que van a ganar en caso de conseguir el favor de los consumidores, y eso es eventual, porque lo único que tienen asegurado y en concreto son los costos que enfrentan, entre ellos, las tasas de salario de las personas que contratan. El rol del asalariado no es el mismo que el del dueño de la empresa, por cuanto el asalariado vende su fuerza laboral. El titular de la empresa puede tener ganancias sirviendo correctamente al mercado o, eventualmente, podría quedar desprotegido y perder sus activos si su presunción hipotética del mercado no se cumple. Las decisiones siempre se toman en un marco de incertidumbre, y se corroboran empíricamente (ex post) si fueron acertadas. En cuanto a la cuestión moral de las condiciones de trabajo esclavo, que también hemos visto en Argentina, es algo que tiene que ver con las condiciones de pobreza extrema a las que determinadas personas en el mundo están expuestas. Cuanto más ricos son los países, la distribución del ingreso tiende a ser menos desigual. Estas cosas pasan cuando hay una necesidad extrema de personas que, bajo determinados regímenes, no pueden subvertir esa condición de pobreza tan lamentable y que es repudiable desde todo punto de vista.

—Pero una cosa es pensar que es repudiable y otra sería pensar que es necesaria la regulación, por ejemplo si asumimos que el capital “tiende” a ir a los lugares a donde menos costo de producción va a tener, ya sea local, regional o internacionalmente. ¿No es el Estado el único que puede decir “¡hasta aquí!”? Incluso podría ser peor, porque además de la informalidad o la esclavitud también hay dumping  (vender un producto por debajo de su precio normal, para eliminar a las empresas competidoras y apoderarse del mercado), cierre de fábricas locales y desocupación.

—No debe confundirse el comercio con la lesión de derechos. Precisamente, donde opera una ilegalidad es donde la Justicia debe actuar de oficio. Desde la Asamblea del año 1813, afortunadamente, la esclavitud ha sido abolida en nuestro país. En el comercio, sin embargo, desde que el mundo es mundo, el negocio es comprar barato y vender caro. Países como China, que hasta hace 70 años eran economías de subsistencia agrícola, gracias a los flujos de capital se han transformado, y hoy ese país es quizás la economía más preponderante del mundo, con las inequidades y condiciones de pobreza que persisten, inclusive con restricciones como la tasa de natalidad. Lo cierto es que la condición de vida de los habitantes del gigante asiático ha mejorado. Me parece que la solución va más allá de las restricciones: el ser humano viene de la pobreza extrema, pero sólo en los últimos años y gracias al acontecimiento económico más importante de la humanidad, la Revolución Industrial, ha empezado a superar esos acontecimientos. Cada año en el mundo, aunque este año va a ser particular, hay una menor cantidad de pobres. Y la tendencia global es a la disminución de la pobreza.

"El ser humano viene de la pobreza extrema, pero sólo en los últimos años y gracias al acontecimiento económico más importante de la humanidad, la Revolución Industrial, ha empezado a superar esos acontecimientos".

—En el curso de posgrado que usted dicta aparecen dos palabras: comercio y finanzas. Sin embargo muchas veces, y le hablo solo desde la “agenda de noticias”, las finanzas aparecen como una zona oscura, de dudoso proceder, asociada a la especulación o a lo “volátil”. Las bolsas que se desploman “mágicamente” son noticia, el dólar que “se dispara”, sin actores, los tenedores de bonos “sin rostro” o los capitales golondrina que generan incertidumbre. ¿Cuál es el rol de las finanzas en la economía global? ¿Es simplemente el “lado oscuro” del capitalismo como rezan las noticias cotidianas?

—Creo que eso sucede porque principalmente hay un desconocimiento cabal del mundo financiero y porque el comercio resulta más tangible. La gente está acostumbrada a hacer intercambios de bienes pero no tanto de transacciones financieras. Los particulares, los bancos y las empresas pueden poseer activos de su país o activos de otros países. De hecho, los particulares poseen casi exclusivamente activos de su propio país y, dicho sea de paso, en Argentina tenemos un mercado de valores que es despreciable en términos absolutos comparado con otras economías del mundo. Las finanzas lo que hacen es canalizar y transferir los flujos de ahorro. El problema de nuestro país es, precisamente, la falta de ahorro. Las personas, generalmente, estamos restringidas a llevar a cabo nuestra cartera en inversiones de opciones locales, en especial en bancos comerciales y no así en el mercado de valores, aunque con la revolución de las telecomunicaciones esto está comenzando a cambiar. No obstante, sigue siendo un terreno más afín a los agentes globales diversificar sus inversiones entre los mercados transnacionales. Los inversores internacionales generan una relación entre los mercados de activos del interior y del extranjero, y sus actuaciones tienen efectos fundamentales en la determinación de la renta, los tipos de cambio y de la capacidad de la política monetaria de un país para afectar a los tipos de interés. Para financiar la compra de activos durables, las empresas y particulares acuden a los bancos. Pero en el mundo, esos mismos actores se financian a través de la bolsa de valores y de los instrumentos financieros que surgen de allí. Quizás el desconocimiento de los instrumentos financieros es lo que genera, en algunos sectores de Argentina, los prejuicios sobre cómo operan los mercados.

Objetivismo económico: "Se ha perdido la posibilidad de ver a la persona como un ser de carne y hueso que está sujeto a diversas contingencias, entre ellas, levantarse un día con el pié izquierdo, estar enfermo, o todo lo que nos pasa a las personas en el devenir de la vida cotidiana”.

Trabajo y pandemia

La pandemia también nos devuelve a las preguntas fundamentales. “Cuál es la razón por la cual algunas personas dedicamos nuestra vida a esta disciplina que se ha dado en llamar Economía?”, se pregunta Salguero. “El problema esencial de la Economía tiene que ver con la escasez, si con solo pensarlo pudiéramos acceder a los bienes necesarios para mantener la vida, no habría razón para intentar resolver estas cuestiones. La pandemia lo que ha hecho es golpear en el núcleo central del paradigma de la escasez. Ha hecho que lo escaso se vuelva más escaso. Debemos redoblar los esfuerzos para intentar resolver los problemas que resultan, ni más ni menos, del trade off o solución de compromiso entre las 'necesidades infinitas y los recursos que son limitados y escasos', y esto incluye aún a las personas más ricas del mundo, sea por el motivo que fuere”.

Y acto siguiente nos recuerda: “Originariamente, la ciencia se denominaba Economía Política y desde la revolución marginalista, es decir desde 1870, se ha perdido el cincuenta por ciento del nombre. Es decir, desde Alfred Marshall hasta acá hablamos de Economía a secas”. Este cambio no ha resultado menor ni baladí: “El objetivismo, producto del uso de la matemática en la teoría de la utilidad marginal —añade Salguero— ha hecho que se vea al ser humano como un autómata apto para formalismos matemáticos, pero se ha perdido la posibilidad de ver a la persona como un ser de carne y hueso que está sujeto a diversas contingencias, entre ellas, levantarse un día con el pié izquierdo, estar enfermo, o todo lo que nos pasa a las personas en el devenir de la vida cotidiana”.

La tradición teórica a la que Salguero refiere responde a una fundamentación liberal clásica, y lo que se conoce como la revolución marginalista en 1870 tuvo tres corrientes: William Jevons en Inglaterra, León Walras, en Escuela de Lausana y Carl Menger, en la Escuela de Viena. “La intervención de Marshall dio lugar al conocido 'enfoque neoclásico', aunque el prefijo ‘neo’ es un término abierto, y refiere a cualquier significado que quiera dársele”.

Análisis de la realidad: "Como decía un economista y sociólogo norteamericano, Mancur Olson, los datos nos permiten mostrar todo aquello que queramos, solo bastará ver hasta dónde seamos capaces de torturarlos".

—En la pérdida de la palabra “política” en el nombre de la disciplina, ¿se ha perdido eficacia también? ¿Sería posible pensar una recuperación de ese nombre original y de esa práctica?

—En el presente, no. La mayoría de las escuelas de pensamiento adhieren al objetivismo. Es más, hay grupos con gran influencia que consideran que la Economía no es una ciencia social sino una ciencia dura, y cada vez más se desvelan tratando de matematizarla, incrementando su relación con los algoritmos matemáticos, más que tratar de llevarla a ese escenario inicial que la ha planteado como una ciencia social. La econometría, por ejemplo, una disciplina de la medición económica de los datos, busca argumentar o corroborar a través de la evidencia empírica. Como decía un economista y sociólogo norteamericano, Mancur Olson, los datos nos permiten mostrar todo aquello que queramos, solo bastará ver hasta dónde seamos capaces de torturarlos.

—En este borramiento de lo social hay quienes aprovechan para reflotar las hipótesis de un mundo sin empleo, a caballo del automatismo, o de una sociedad en crisis, es decir por diversos motivos se podría llegar a esa conclusión.

—No podemos pensar en una economía que sea prescindente del trabajo. Todo lo que las personas hemos logrado como mejora en nuestra calidad de vida lo hemos conseguido con trabajo, que es el ingrediente insustituible para incrementar la mejora de las condiciones de vida. No hay nada que pueda hacerse sin trabajo. Es falso el argumento que dice que un robot puede reemplazar el trabajo humano. La tecnología puede potenciar el trabajo humano, pero no reemplazarlo, porque nada puede existir sin trabajo humano. Lo que hace la tecnología, sí, es incrementar la productividad. Tomemos como ejemplo un productor rural: en determinado país necesitará una cantidad de horas, en otro le será suficiente con menos tiempo para producir mucho más, dada la manera en que se potencia su trabajo gracias al uso de la tecnología. Y eso hace que ese país sea más rico. La riqueza no está en el dinero, sino en la tasa de capitalización de esa economía que soporta el trabajo humano. Hay economistas que dicen que el dinero es la savia que lleva los nutrientes. El dinero es simplemente un medio para realizar intercambios. Lo que en realidad nos va a dar un mejor nivel de vida es el acceso a mayor cantidad de bienes y servicios, parte de esos bienes se usan para consumir y parte se ahorran.

 

"Es falso el argumento que dice que un robot puede reemplazar el trabajo humano. La tecnología puede potenciar el trabajo humano, pero no reemplazarlo, porque nada puede existir sin trabajo humano".

—¿Puede suceder que se potencie la productividad pero al mismo tiempo se altere la naturaleza del trabajo humano por el impacto de la maquinaria? Algo así es lo que está en la tesis sobre la composición orgánica del capital.

—Ese es el argumento sobre el que subyace la plusvalía de Marx. Este autor, no solo partía de una concepción defectuosa de la economía, sino que sostenía que ésta, siempre referida a lo material, determinaba las características espirituales del hombre. Pero el empresario debe pagar el salario de mercado para cada tipo de trabajo, independientemente de su estado patrimonial y de sus deseos personales. La cuantía del capital determinará, en última instancia, los ingresos y salarios reales. El aumento del capital genera, entre otras cosas, que las tareas marginales desaparezcan del mercado aprovechándose el trabajo en tareas consideradas más necesarias. La evidencia, en ese sentido, ha sido contundente.


Diseño: Laura Caturla


Aula virtual, un espacio para la continuidad

Por Marcelo Maggio

Como si se tratara de una verdadera gesta, y vivenciando hechos dignos de ser recordados para las generaciones que vendrán, docentes y alumnos se esfuerzan en continuar la labor de enseñanza y aprendizaje. El escenario de la virtualidad total requiere de compromiso, comunicación y empatía, valores sin los cuales el hecho educativo no podría seguir manifestándose.

“Cuando vino la pandemia pudimos dar el salto rápidamente a la virtualidad, porque ya venía la universidad encaminada así, aunque lo habíamos intentado y no le podíamos encontrar la vuelta”. Quien reconoce esa situación es el docente Claudio Giansiracusa, de las asignaturas “Introducción a la ingeniería” y “Mantenimiento industrial”. Contento por los resultados obtenidos en un desafiante primer cuatrimestre, completa su idea: “Nos costaba entrar a la virtualidad, usar la plataforma, cargar la información de la cursada, un trabajo muy grande al que quizás no le veíamos los resultados. Entonces seguíamos con el proceso tradicional de lo presencial, aunque teníamos toda la estructura virtual armada y lista para usar en la Universidad”.

Como fue narrado varias veces desde El Universitario, apenas se dispusieron las medidas de confinamiento en marzo de 2020, a causa de la pandemia, se pudo migrar todo el modelo presencial de la Universidad a uno enteramente virtual, incluso en lo administrativo. Además de crear todas las aulas virtuales necesarias, de inmediato se puso a disposición de los docentes una oferta de capacitación.

Pero el camino de la educación presencial tiene una impronta tan fuerte que para muchos implicó un salto, un “animarse a más”. María José Torres, docente de “Toxicología de los Alimentos”, tiene un balance positivo de lo vivido en el primer cuatrimestre, pero reconoce que “la mayoría de los docentes estábamos acostumbrados a las clases presenciales porque de ese modo nos formamos”. Sin embargo, reivindica que se fueron “adaptando” a la nueva metodología, en parte gracias “al apoyo del área de Educación Digital de la Universidad”. “En lo personal —afirma Torres—, tenía curiosidad e interés por la enseñanza virtual y había comenzado a realizar algunos cursos, pero no me había animado a incluirla en mis clases. Con la pandemia, de una semana para la otra ya estábamos dictando clases a través de la plataforma de la Universidad”.

La experiencia en los equipos docentes es colectiva, y muchos encontraron el coraje en lo grupal cuando se trataba de enfrentar las dificultades. De alguna manera se sigue así el espíritu de la era digital y de las “inteligencias colectivas”, como plantea el filósofo de la virtualidad Pierre Lévy. Este sentido es especialmente el que destaca Verónica Inthamoussou, docente de “Contabilidad I”: “Para nuestro equipo de trabajo fue una experiencia buena, nos acompañamos entre los docentes que integramos la materia y tuvimos un empuje en investigar cómo poder llevar las clases de la mejor manera. Como grupo siempre estuvimos en las clases al menos dos docentes, y respetamos los horarios de la presencialidad en los cuales se inscribieron nuestros alumnos, además de grabarlas para quienes no podían asistir”.

El aula virtual y sus circunstancias

Lanzados de lleno al mundo digital, los docentes fueron encontrando dificultades y potencialidades desde la práctica misma. Por ejemplo Verónica Inthamoussou retoma los problemas relacionados con lo que se conoce como brecha digital, esto es, las carencias en el acceso tanto a dispositivos como a conectividad: “Me encontré con que me faltaban dispositivos en mi casa. Estaba con una computadora y una tablet para toda una familia que necesitaba estar conectada. Aunque lo pude solucionar, creo que es un factor muy importante a considerar, porque hay tareas de una cursada universitaria que no podés resolver mediante un teléfono”. En ese sentido, desde la Secretaría Académica de la UNNOBA se hizo seguimiento de estas problemáticas y se brindó la posibilidad de conexión con el Programa de Becas de Conectividad y dispositivos tecnológicos, y con el cual se entregaron computadoras y beneficios económicos para la contratación de servicios de internet/datos. A nivel nacional la respuesta a la brecha digital se inició, también, mediante la declaración de internet como un “servicio público” o la apertura de créditos para la compra de equipo informático para docentes a través del Banco de la Nación Argentina. Distintas formas de enfrentar la mentada brecha digital.

Pero, como señalan los especialistas en tecnología educativa, la dimensión tecnológica es sólo una de las que se debe tener en cuenta al momento de pensar la educación a distancia o virtual. La otra es la pedagógica. Por eso, desde el área de Educación Digital, se dictaron capacitaciones desde el primer cuatrimestre, como por ejemplo los talleres de “Diseño de cursos virtuales”, de utilización de herramientas como “Talleres”, “Cuestionarios, “Lecciones, “Foros”, “Tareas”, además de un taller sobre los “Procesos de Evaluación en ambientes virtuales”, dictado por docentes externos. Ese proceso, que sigue en el segundo cuatrimestre, incorporó el dictado de “microcharlas” de apoyo a docentes sobre temas puntuales, como el armado de grupos, grabar clases o el ajuste en el diseño del aula.

Claudio Giansiracusa se remonta al inicio del año y cuenta que “el primer desafío fue la reorganización de los contenidos, porque si antes éramos ordenados ahora teníamos que serlo más, prever muchas cosas, tener los materiales cargados con tiempo, pensando siempre en el alumno”. María José Torres también destaca el trabajo que se requiere para “adaptar los contenidos y muchas de las actividades a la virtualidad”. “Llevó un tiempo amigarse con la plataforma y los medios digitales, sobre todo para poder emplearse en la readecuación de las asignaturas”.

Verónica Inthamoussou destaca que alcanzaron a tratar todos los temas del programa gracias al compromiso de todas las partes. Del lado docente rescata la voluntad de incorporar clases extra, por ejemplo, o de utilizar una cuenta en Instagram para la materia, un recurso heterodoxo, pero que “permitió tener comunicación instantánea para consultar todo tipo de cosas: después de cada clase el Instagram estallaba a preguntas, con las dudas que quedaron para retomar y volver a explicar”.

En una materia de primer año ves el desconcierto, y en la virtualidad el desconcierto era mayor aún”, recuerda Claudio Giansiracusa. “Parecía que estábamos muy alejados, entonces algo que se potenció mucho fueron los diferentes canales de comunicación”. Todos los docentes destacaron la necesidad de estar comunicados por más tiempo y por diversas vías.

Docentes y alumnos se fueron familiarizando paulatinamente con los diferentes canales formales de comunicación de la Plataforma de Educación Digital, como los foros, la mensajería interna o los correos. Giansiracusa comenta que, no obstante, tuvieron una actitud flexible frente a las necesidades de los estudiantes que recién estaban iniciando su recorrido universitario: “Eran alumnos de primer año y se notaba que necesitaban contención, entonces les permitimos que nos manden correos electrónicos directamente o usen otras modalidades más directas al prinicipio”. El ingeniero, responsable de una materia introductoria, señala que “lo más importante para la contención de los alumnos es estar informados y tener pautas claras”.

María José Torres, desde el campo de las ciencias biológicas, coincide con esta experiencia, con la dificultad de avanzar en un tipo de comunicación formalizada por los entornos virtuales institucionales: “Con los estudiantes nos mantuvimos en permanente contacto a través de la plataforma, pero nos faltó mayor interacción grupal a través de los foros para aprovechar esta herramienta, pero creo que fue por inexperiencia de ambos lados. Es de rescatar la buena predisposición que presentaron los alumnos, para ellos también fue un gran cambio el pasaje de la presencialidad a la virtualidad”.

Es singular el esfuerzo realizado y los resultados. Por ejemplo, los docentes coinciden en hacer un buen balance, en haber alcanzado a dar todos los temas y en el rendimiento de la medición más fría de aprobación y ausentismo. “Estuvimos muy cerca de los números que se dan en la presencialidad”, coinciden.

Sin embargo, una circunstancia no menor, sobre todo para quienes ingresan a una carrera, es el conjunto de relaciones interpersonales que se tejen y que conforman un todo de la vida universitaria. Para Inthamoussou no se trataba solamente de mejorar la comunicación o los contenidos: la falta de presencialidad impactaba en aspectos básicos para transitar la vida académica, “como desconocer cuestiones administrativas básicas para cursar”. “Ante la falta de ese contacto que brinda la presencialidad, fuimos los docentes quienes establecimos ese nexo que necesitaban algunos de nuestros estudiantes”, rememora la docente de contabilidad.

Mantener el vínculo

Beatriz Checchia es docente en la UNNOBA de una asignatura transversal a todas las carreras, “Aspectos Sociales e Institucionales de la Universidad”. Checchia, además, dirige la Especialización en Docencia Universitaria y está doctorada en Calidad y Evaluación de Programas e Instituciones. Su mirada acerca de condiciones de cursada tan especiales en este primer cuatrimestre se ve enriquecida por esta múltiple formación de Checchia, como docente, evaluadora institucional y formadora de docentes.

Checchia es categórica con una afirmación inicial: “La docencia ha demostrado una rápida capacidad de adaptación”. Pero en segundo término también reconoce que “todos los debates que se venían teniendo acerca de la virtualidad se vieron impactados por esta situación tan incierta”. “Una cosa es la educación virtual en tiempos de pandemia y otra es la educación virtual que veníamos concibiendo”, enfatizó.

Desde su asignatura, además, cuenta que se encontró con “muchos recursos y plataformas para explorar, formas para garantizar la continuidad y maneras de mantener la interacción, que es el gran desafío”. Pero deja en claro que esa diversidad de la técnica no lo es todo para hacer frente a la adversidad. Siempre es necesaria la mirada “vincular” del docente.

Si en la presencialidad esta cátedra fomentaba la interacción y el diálogo, ahora mediatizada por una plataforma, y con las dificultades de la conectividad y las herramientas digitales, había que encarar la tarea de otro modo: “Encontramos que necesitábamos una forma distinta de abordar el diálogo y generar también otros modos de apropiación del conocimiento. En esto creo que todos apelamos a nuestra capacidad adaptativa y a nuestros aprendizajes previos, y por sobre todo, vi que todos apelamos a esta necesidad de priorizar el vínculo con el alumno y de conocer cómo estaban atravesando esta situación tan desafiante”.

“Nuestra responsabilidad como docentes —destaca Checchia— es pensar con qué recursos vamos a diseñar la materia para que el alumno la pueda seguir y sentir la confianza para interactuar. ¿Qué materiales y qué tiempos son los mejores para planificar? Esto es algo que la educación virtual trabaja hace mucho tiempo, pero este desplazamiento abrupto de la presencialidad, en el marco de la pandemia, requiere una reflexión muy profunda”.

En este sentido la docente recupera las palabras y experiencias de sus colegas: “Quizás antes de la pandemia cuando se hablaba de lo virtual se decía 'hay que capacitarse mucho, es difícil, etcétera', pero de pronto lo tuvimos que hacer porque necesitábamos garantizar la enseñanza, y no sólo eso: teníamos que cuidar al ingresante y evitar los abandonos”.

Una de las grandes preguntas que quedan a partir de esta experiencia de aislamiento social es ¿qué quedará, o cómo quedará configurada, la presencialidad? Si retomamos uno de los ejes que plantea la docente Inthamoussou, hay toda una dimensión social, de construcción de la personalidad como profesional, que se va dando en un intercambio con las demás personas, en todos los espacios que genera la universidad. En este sentido Checchia manifiesta: “Por supuesto que poder tener un contacto no mediatizado por un dispositivo es el gran tema para todos. Para los docentes, por ejemplo, no tener la mirada de todos nuestros alumnos, nos lleva a comparar cómo hubiera sido esa clase en el cara a cara. Sin duda que hay beneficios de la presencialidad que son indiscutidos, pero también vamos encontrando los beneficios de la virtualidad a medida que la trabajamos. Un gran punto que tenemos en agenda es cómo garantizar la interacción para la socialización, para que quienes transitan su formación profesional no pierdan ese aprendizaje integral. Pero es algo que se da en todos los niveles educativos: siempre hay algo que tiene que ver con el encuentro con el otro”. Aunque la duda persiste: “¿El encuentro mediado? Creo que sigue siendo la gran incógnita”.

Sostener los ideales

La virtualidad, y los problemas de la brecha digital, son un desafío político para la universidad pública argentina, que se propone como, inclusiva y de calidad. ¿En estas condiciones se pueden garantizar estos ideales?

“La situación empuja a repensar todo, pero sin abandonar la masividad con calidad —sostiene Checchia—; siempre pensar en la oportunidad que brinda la universidad por su compromiso con la sociedad, por eso hay que buscar las mejores estrategias para acompañar los desafíos del país”.

Además la universidad pública, como toda institución del sistema educativo, tiene requisitos, reglas, que a veces parecen ir de bruces con los aprendizajes ubicuos, no formales, en línea. Mientras avanza esta virtualidad de aislamiento obligatorio, mientras se acompaña y se involucra en esa ola virtual que todo lo empuja, en paralelo, la universidad debe ir repensando también esa dimensión pedagógica y estratégica.

“Hay dos cuestiones que son clave para avanzar —indica Checchia—: la flexibilidad curricular y la innovación. Si bien hay estándares e indicadores que son una base para la garantía, lo que tenemos que trabajar desde la universidad es esa tensión entre garantía de calidad y flexibilidad de la innovación”. Esto se logra de muchas maneras, por ejemplo, mediante la escucha atenta: “Para que los planes de estudio beneficien a la sociedad y la universidad no quede aislada resulta esencial la escucha del graduado, la escucha a los espacios de autoevaluación, a las comisiones de seguimiento, y no perder nunca el horizonte de lo que se pretende alcanzar”.


Diseño: Laura Caturla